domingo, 22 de julio de 2012

¡Querido Puerto, quién te ha visto y quién te ve!



Alto Horno

Me he despertado temprano y, como en los últimos sábados, con resaca presupuestaria. En vez de levantarme a preparar el desayuno o poner la tele, me he quedado en la cama, quietecita y pensando… Y mis pensamientos me han hecho retroceder unos cuantos años. He recordado cuando, en compañía de unos amigos, allá por el año 1998, nos pasábamos por las promotoras interesándonos por los pisos en construcción. En mis planes no entraba cambiar de vivienda, pero en los de mis amigos, sí.

Ya entonces yo era muy negada para comprender según qué cosas. Por eso, cuando mi amigo pedía toda clase de detalles referentes a la financiación, mi atención se detenía reflexiva en el preciso instante en que la cuestión giraba en torno a: “¿Y el garaje también entra en el precio del piso?” Yo daba por hecho que sí, puesto que la entonces nada despreciable cifra de 14 millones de las antiguas pesetas por un piso de 60 metros cuadrados bien podía incluir el habitáculo del vehículo. Pero no… Ahí en ese momento era cuando el señor de traje y corbata o la señorita de piel bronceada (casi siempre íbamos en verano) nos indicaban aquello de: “Ese millón va en B”.

Llegaba sin duda una época de vacas gordas, influenciada quizá por el buen hacer del gobierno de Aznar. También me viene a la memoria otra frase dirigida a mí por algún familiar: “Antes estaba todo parado y ahora el Puerto de Sagunto se mueve. No hay más que ver la cantidad de edificios nuevos que se están haciendo. Y todo gracias a Aznar”.

Efectivamente, así era. Gracias a Aznar, aquí en mi localidad porteña, en primera línea de playa y al igual que en otras localidades de la comarca, no podías dirigir la vista al mar ni a las montañas de las dos sierras vecinas sin que la arrogancia de las grúas entorpecieran tan bella visión. El municipio fue abriéndose paso por todo su perímetro de una manera sorprendente a la vez que temeraria. Se edificaba mucho y alto, pero también en pequeñas porciones de pastillas de terreno y en la modalidad de adosados. Todo se vendía y, al mismo tiempo, las edificaciones antiguas iban pasando a manos de las familias inmigrantes que tomaban posiciones en nuestra actual sociedad (colegios, centros de salud, asociaciones de credos varios…) Cualquier persona podía acudir a su banco y que este le facilitara los millones para la compra del piso, y si encima le caías bien, hasta los del nuevo coche y el crucero.

Yo seguía sorprendida y, como siempre, cuestionándome cuanto observaba a mi alrededor porque me daba en la nariz que en algún sitio estaba la trampa.

Por todas partes veía a los jóvenes (algunos de ellos conocidos míos) conduciendo satisfechos y felices sus vehículos de alta gama. Poco a poco mi pueblo se había ido convirtiendo en algo parecido a Beverly Hills: chicos apuestos conduciendo magníficos coches acompañados de chicas monísimas con pechos de silicona. A su vez, contemplaba a antiguos amigos, albañiles de profesión, que de la noche a la mañana  habían pasado a denominarse “constructores”. Otros habían ascendido en el transporte, y ya no transportaban patatas en una furgoneta, sino que se quedaban en su despacho mientras sus empleados hacían las rutas comerciales, tanto en este como a otros países, a bordo de grandes trailers. Otros amigos compraban una casa cuya construcción aún tardaría en ponerse en marcha; la compraban en un despacho inmobiliario, bueno no, lo que compraban era “un papel” en el que se detallaba la ubicación, los materiales empleados en ella, fotocopia del plano, etc., y por ese papel dejaban un dinero de señal. Después, estos amigos “decidían” que no les gustaba ya la ubicación de la futura casa, ni tampoco el resto de los detalles que figuraban en el papel comprado. Entonces, vendían ese “papel” a otro persona; pero no se lo vendían por el  mismo importe pagado por ellos, sino que triplicaban su valor (el del papel, no el de la casa). Y estos amigos compradores de casas en papel, nunca se decidían a esperar que las hicieran y previa formalización de escritura irse a vivir a ellas. ¡No, qué va…! Estos seguían comprando casas en papel y vendiéndolas antes de que hubiera que formalizar la compra de la misma cuando estaba próximo el comienzo de su construcción. El dinero obtenido por estos “pases de reserva” por supuesto nunca figuraba en declaración de renta alguna. Y de esta forma también pillaron su bocado negro los vendedores de coches, agencias de viajes y demás opciones para aquel que tuviera dinero en efectivo para gastarlo en aquello que no era de primera necesidad.

Y así, mi Puerto y sus alrededores iban creciendo, creciendo, creciendo… Había muchas grúas, muchos buenos coches en manos de jóvenes y muchas chicas delgadas con pechos exuberantes; muchas inmobiliarias; también muchos inmigrantes que compraban sus pisos para, según ellos, vivir allí, pero que luego, de lo que se trataba, era de alquilar las habitaciones a otros inmigrantes y hacer así su propio negocio, convirtiendo sus hogares en posadas bajo la atenta mirada de los vecinos nativos que veían cómo se deterioraba su finca por falta de apoyo económico de los recién llegados.

No cabía duda de que en mi pueblo, antaño obrero y tenaz luchador por los derechos de los trabajadores, se movía mucho dinero. Dinero ajeno, puesto que eran los propios bancos los que lo facilitaban. No pedían más garantía (cuando la pedían) que el aval de tus padres o de algún familiar o amigo muy próximo a ti y que, por compromiso, no te mandaba a tomar por el saco. Claro que… nunca se iban a imaginar que esta operación podía ser una trampa encubierta del mismo banco para, con el tiempo, recuperar su dinero, tu adquisición (incluida las mejoras que le hubieras hecho) y de paso, el patrimonio de la persona que te avaló.

Todo se hizo sin malas intenciones. Se propició la recalificación de terrenos por parte de los ayuntamientos; y los constructores, la mayoría de las veces amigos de los consistorios, pudieron realizar sus maravillosas urbanizaciones. Se puso en marcha la captación de chavales en los institutos, los cuales fueron directamente a poner ladrillos bajo el mando de estos  constructores. Para poder asegurar la venta de las nuevas casas y pisos, los bancos se pusieron de acuerdo facilitando los millones. Los especuladores de terrenos y de inmuebles comenzaron a pasear con aspecto abuitrado por mi Puerto de Sagunto; cuando venían, compraban de una vez filas enteras de adosados en primera línea de playa (por supuesto, antes de que estuvieran terminados de construir), y cuando estaban acabados y algunos de ellos coquetamente amueblados, los ponían a la venta por tres veces el coste que ellos habían pagado por cada uno de los inmuebles. En unos pocos años, observábamos atónitos cómo el precio de la vivienda se multiplicaba escalofriantemente mientras los sueldos apenas notaban las subidas.

Al mismo tiempo que mi Puerto crecía, las avenidas se llenaban de cafeterías, restaurantes, inmobiliarias, oficinas bancarias, coches caros por el asfalto, siliconas y demás bótox. Y también al mismo tiempo, sin que la gente se fijara en ello, la industria iba decayendo. El Puerto de Sagunto ya no era el motor industrial de la comarca, sino el destino turístico de las gentes de  interior y de los inmigrantes que veían una ocasión propicia para optar a la sanidad y a los comedores escolares, a la vez que, bajo las históricas piedras de nuestro Sagunto medieval, respiraban nuevamente los aires de otros tiempos, en los que también ellos eran saguntinos.

Ahora, cuando aún sigo reflexionando y sin desayunar, me pregunto, en qué momento osciló el primero de los ladrillos que soportan la base de esta pirámide, y que hizo, primero, tambalearse al resto de ladrillos y, más tarde, derrumbarse unos sobre otros, masacrando en su caída a los de abajo, mientras los de más arriba, los ladrillos más gordos y menos apretados, soportan el golpe amortiguados por los primeros.  

Alguien me dirá, y de hecho me lo recuerda constantemente, que fue la marcha de Aznar y la llegada de Zapatero. Pero yo, que soy muy ignorante, tampoco soy tontica del todo y a veces me quedo sin desayunar reflexionando y cuestionándome lo que otros creen a pies juntillas. A mí el argumento de que fue Zapatero ya no me sirve. Busquen ustedes otro a ver si me convencen.

Hoy muchos constructores de mi Puerto se niegan a reconocer que su profesión era la de albañil. Quizá se debe a que su dinero “B” se les está acabando y por eso arremeten contra aquel que supuestamente ha propiciado su declive. Pero señores, la avaricia, a veces, es mala consejera, y no necesita de agentes externos para echarlo todo por tierra.

Lo peor de todo es que los españoles no escarmentamos. Nos roban delante de nuestras narices y siempre nos queda el consuelo de decir aquello de: “Por lo menos son los míos quienes me roban y no los otros” (palabras literales de un votante en la Comunidad Valenciana).


Fotografía: Ismael. Alto Horno rehabilitado




4 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Gracias, Débora.
      A ver cuándo tienes un respiro y subes cosas a tu blog, que yo sé que tienes muy bonitas por ahí guardadas.

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  2. Así es amiga!,
    Yo que como sabes soy de andar, no me podía creer lo que veía construir y mi pregunta siempre era la misma ¿de donde?, pues ya salio........ de la burbuja que alguien se invento para crear trabajo, y cual patata caliente se han ido pasando y por obra y gracia del bipartidismo, pues le ha tocado... al que le ha tocado.

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    1. Pues sí, Yolanda. Y hay quien está a la espera de la próxima burbuja.

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