lunes, 28 de enero de 2013

La cena





 

Eran las dos y veinte de la madrugada y el ardor de estómago producido por un exceso de grasa en la cena me mantenía en vela. El único sonido que se escuchaba en la habitación era el de los ronquidos ‒más bien rugidos‒ emitidos por mi querido esposo que, a mi lado, dormía profundamente, lo que me hizo reflexionar sobre los pocos hombres que conozco que padezcan insomnio o estreñimiento.
 
En mi desvelo, un montón de ideas se paseaban por mi mente mezclándose desordenadamente cuando, de pronto, me encontré contemplando a Andrés que salía de la piscina con un escueto bañador y unos músculos extraordinarios provocando en la mirada de Magda, que se hallaba bajo el porche de la casa, una expresión de húmeda culpabilidad.
 
Al entrar en la casa el joven hizo un guiño a su amiga que no pasó desapercibido para el resto de las mujeres que se encontraban en la terraza, las cuales se pasarían el resto de la tarde pendientes de quien ahora se debatía entre el deseo y la culpa.
 
En el interior los hombres escuchaban atentamente a su anfitrión, quien los ponía al corriente de sus últimas operaciones bursátiles, y cuando vieron entrar a Andrés, un silencio repentino se acomodó durante un breve instante entre ellos. Todavía faltaba un rato para la cena y Pepe, una vez reanudada la conversación, explicaba a sus invitados la mejor forma de invertir sus ahorros con el menor riesgo posible. Por su parte, Jesús se mostraba poco atraído por los consejos de su amigo, pues si bien era conocida la buena gestión de éste para los negocios, no menos conocida era también la procedencia del dinero con que los llevaba a cabo.
 
No; Jesús había dejado de prestar atención a las actividades empresariales de Pepe y su interés se mantenía ahora en la presencia nuevamente de Andrés que salía de la cocina con una cerveza en la mano, y que había cambiado su atuendo mojado por unos vaqueros y una camiseta con unos dibujos demasiado heavis a juicio de los presentes.
 
Llegado el momento de la cena, cada comensal ocupó su puesto en la mesa, y al igual que en años anteriores, las mujeres a un lado y los hombres a otro. No había ninguna norma para que se sentaran en este orden, pero ellas se veían en pocas ocasiones y siempre tenían muchas cosas de las que hablar. No así los hombres, pues ellos solían coincidir en las reuniones que llevaban a cabo cada vez con más asiduidad.
 
La cena resultó exquisita y los vinos y licores con que fue acompañada contaron con el beneplácito de los presentes. El entorno era inmejorable; la casa de Pepe, una mansión magnífica; el comedor, donde se encontraban, había sido decorado con un gusto extraordinario en el que las obras de arte de los maestros de antaño cohabitaban en perfecta armonía con los muebles y esculturas de artistas contemporáneos. Como música de fondo, una banda sonora de Mark Knopfler sustituía a los clásicos, relajando un poco los ánimos de quienes ya empezaban a apreciar los efectos del alcohol y de otras sustancias, cuyo consumo el anfitrión no solía permitir en su casa pero que, en aquella ocasión tan especial, no tuvo inconveniente en permitir.
 
Hubo momentos de gran tensión cuando Jesús le recriminó a Pedro su hipocresía unos días antes al votar en el Congreso; y a punto estuvieron de llegar a las manos cuando Raúl mencionó delante de todos cómo, por culpa de Magda, Jesús estaba siendo objeto de las parodias más denigrantes en todos los medios.
 
Llegados a este punto, las mujeres hicieron causa común con Magda quien, en un mal contenido arrebato de furia, le lanzó el hielo de la cubitera a Raúl en la entrepierna, tras lo cual, todas salieron de la casa marchándose a tomar la última copa fuera de la finca.
 
Hacía ya rato que Jesús guardaba silencio. Pepe entraba y salía del comedor dando órdenes a los criados para que se retiraran a sus habitaciones, y Andrés observaba desde su camiseta heavi y sus vaqueros ceñidos, cómo el resto de los hombres se enzarzaba en una absurda discusión. Era la primera vez que acudía a esa cena y lo estaba pasando en grande. Había sido invitado por Jesús, quien sentía por él un interés especial; interés compartido por Magda y del que el propio Andrés esperaba beneficiarse.
 
Ahora, Pepe abría de nuevo una botella del mejor Cava; "una joya", según decía, de las muchas que atesoraba en su bodega y, para suavizar la tensión, el propio Jesús con su copa en alto reunió en torno a él a sus amigos, e invitándoles a compartir el último brindis, posó sonriente en medio de ellos para quedar bien encuadrado en la fotografía que, con su teléfono móvil de última generación, le estaba realizando Andrés que, de esta forma, quedaría fuera de esta historia para siempre.
 
 
Yo, entretanto, y bajo los efectos del Álmax que me había tomado a las dos y veinte de la madrugada y que había calmado mi ardor de estómago, entraba de lleno en el mejor de los sueños, sin saber a ciencia cierta a qué demonios me recordaba esta historia, de la que no sabía si en realidad había sucedido o, si por el contrario, era ya producto de la actividad de mi cerebro que se encontraba durmiendo por fin. De todos modos, esta foto que observaba me recordaba a otra más antigua, de eso estaba completamente segura.
 
 
 
 
De: Cuentos del Puerto
Ilustración: Blas Estal.
 
 

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