martes, 11 de noviembre de 2014

Hogar y café con versos.



Es martes y es noviembre, y es también el primero de los días fríos en el interior de la casa. El tacto sobre el teclado es igualmente frío, y se hace indispensable una pausa para una taza de café calentito. Llegó el tiempo del recogimiento, de la observación desde dentro y hacia dentro. El calendario anda ligero de meses y la poesía se acomoda junto a la mantita del sofá.
Con estas letras que transcribo a continuación (con alguna modificación) y que escribí hace ya algún tiempo para la revista «Acantilados de Papel» sobre Ningún lugar de Vicente Velasco Montoya, me dispongo a saborear ese café y unos cuantos versos:

Hay que tachar versos/llenar las papeleras para una hoguera…

La pausa en el trabajo me llama y, como los deberes ya los tengo hechos, el estante donde reposan los versos reclama mi presencia y mimo. Ahí, tímidamente, casi rozando el soporte lateral, como evadiéndose del lugar correspondiente junto al resto de versos con sello murciano, Ningún lugar me chista y me hace una seña para que fije en ella mi atención en esta jornada de martes. Y yo, obedezco dócilmente porque, ya de entrada, la referencia a la propia sangre me augura momentos de cercanía, de arropamiento…

Se trata de una pequeña y a la vez gran obra. Dividida en tres capítulos, Vicente Velasco comienza el poema en el Lugar donde no cabe el naufragio, y nos acerca a la mirada el camino del desierto dibujado en blanco; nos seduce desde la huida misma del poema, partiendo quizás, leyéndose la mano/analfabeta de estrellas, hacia La luz que no cesa.

Ningún lugar llegó un día a mi buzón por una de esas «causalidades» que van tejiendo el día a día en mi vida. Decidí que me tomaría mi tiempo para leerlo porque sabía que se trataba de un poemario que merecía la hora justa y el lugar oportuno para saborear cada verso con más  deleite. Escogí para su lectura varias tardes de la primavera pasada, cuando el aroma de las huertas y jardines vecinos se instala por mi terraza. Mi decisión fue de lo más acertada y además me sentí encantada de contar con la dedicatoria personal del autor en el interior de la obra. Hoy, cuando ya los azahares se han erigido en frutos, me deleito de nuevo con la lectura de Ningún Lugar y me detengo en el preciso momento donde el poeta retrata sus manos:

Aquí, estático ante todos los dioses,
he reescrito mi imagen
sin espejos, sin destellos,
sin pedazos de nada.

Me he encontrado con mis manos,
de cerca, sus dedos,
sus innumerables senderos
e inagotables registros de vida.

He alcanzado a leer mi rostro
y todas sus voces y los verbos
donde pudiera habitar
la definición donde perezco hombre,
solo y único con sus propias manos,
la firma de mi existencia
la prolongación necesaria
ante esta huida que me pertenece.

Aquí me he despertado
decidido a abrazarme.
 
 
 
Ed. “Diputación Provincial de Jaén –Cultura y Deportes–Ayuntamiento de Baños de la Encina, 2012”


No hay comentarios:

Publicar un comentario