martes, 16 de diciembre de 2014

Por la playa en invierno



 

Desde la acera camino sin prisas y sin rumbo fijo alguno. El día amaneció lluvioso, como a mí me gusta. No hace frío y el abrigo de lana resulta incómodo. A lo lejos se observan las nubes deslizándose montaña abajo, donde las primeras casas despiden ya sus humos por las chimeneas. Es una visión húmeda y gris que se entremezcla con el verde de los jardines y que me recuerda que pronto acabará el año en curso. Otro más. Con sus alforjas cargadas de experiencias, con sueños cumplidos y sueños rotos.

He decidido vestirme con chándal, jersey grueso y zapatillas de deporte, y tras dejar atrás el paisaje rural, me he dirigido hacia el mar. Ahora lo observo precioso. Los azules han desaparecido del paisaje y un velo gris cubre el horizonte y se funde con las aguas lejanas. Por la orilla de la playa una mujer joven pasea y recoge lo que se me antojan piedrecitas pulidas arrastradas por las olas durante la última noche. Su perro la sigue de cerca y a veces apresura sus pasos para detenerse un poco más adelante y esperarla con mirada inquisitiva. La veo dirigirse al espigón, donde unos hombres discuten acalorados, posiblemente por el resultado del partido de la noche anterior. Mientras, a lo lejos, un carguero se dirige hacia el puerto comercial, ajeno a la discusión y a las escenas que se desarrollan en la costa. Yo disfruto de mi  camino por el paseo marítimo que me brinda la tranquilidad de un entorno solitario. Apenas dos reducidos grupos de señoras se cruzan conmigo. Caminan deprisa, como sofocadas, y gesticulan cuando hablan. No me saludan, pero no es por falta de educación sino porque van a lo suyo, y lo suyo es caminar, deprisa, y marcando un ritmo; aconsejadas tal vez por su médico de familia como terapia contra el colesterol, o quizá por propia iniciativa, esperando con ello desprenderse de algunos centímetros de más en la cintura o caderas.

Yo no las sigo, simplemente las contemplo y me imagino cómo serán sus vidas; qué harán tras la caminata. Una de ellas parece bastante mayor pero camina con elegancia y no gesticula; solo atiende a las otras. Ya casi no las oigo, han alcanzado el final del paseo y dirigen sus pasos hacia el vial internúcleos. Tal vez vivan por las Quinientas viviendas, o en los alrededores del Centro de Especialidades.

Cuando tomo asiento en uno de los bancos, junto al seto de adelfas, y siento la humedad de la piedra, me doy cuenta de que ha comenzado a caer una finísima lluvia, por lo que decido alejarme por un tiempo del paseo paralelo a la playa y cobijarme en uno de los bares de enfrente. Allí entablo conversación con un señor que toma su segundo cortado de la mañana. Es bastante mayor, y me cuenta que, tras llevar a su nieto al colegio, le gusta entrar a desayunar de nuevo, antes de ir a la panadería a comprar el pan que dejará en casa de su hija. «Ella trabaja por las mañanas», me dice. Yo asiento y me acomodo mientras el camarero me sirve un café calentito. Me pregunto cómo será la hija del hombre, si la conoceré, aunque solo sea de vista, y de paso elucubro sobre las tareas en las que el hombre se entretendrá una vez que la haya ayudado y recogido al niño a la salida del colegio.

Mientras me cuenta cómo transcurría su vida allá en el pueblo, me lo imagino en esa era, en la parte trasera de su casa, que ahora dibuja con la mirada perdida. Me habla de la nieve que no añora en absoluto porque, para las personas que tienen que convivir con ella en los duros meses del invierno, allá en la sierra, no constituye ninguna diversión, sino una herida más en el cuerpo.

La lluvia arrecia y empiezo a lamentar no haber cogido ropa de más abrigo; el anorak se quedó colgado de la percha, junto al paraguas grande, el negro de papá, el que nunca se rompe aunque haga mucho viento, ese paraguas pasado de moda que ocupa su lugar privilegiado en el viejo paragüero, al lado de la, igualmente vieja, percha; reliquias de un pasado de las que, rotundamente, me niego a desprenderme.

El señor se pone nervioso a medida que la lluvia cae con más fuerza. Sus manos tiemblan torpemente mientras deja la taza de su cortado sobre la barra del bar. Le pregunto si se encuentra mal pero no me responde. Algo se ha movido en su interior, muy adentro de sí mismo, cuando me hablaba del invierno allá en su pueblo de Teruel, y yo me doy cuenta de pronto de que es muy mayor para tener nietos en edad escolar.

«¿Cuántos años tiene su hija?» le pregunto ahora con cautela. Me responde con evasivas y advierto que sus ojos se han humedecido. Entonces pienso si, en realidad, hay una hija y un nieto en el colegio. Deseo tomarle las manos y ofrecerle un poco de calor, pero no me atrevo a importunarlo. El camarero me avisa de que todo está bien; el hombre viene habitualmente, y el niño es su bisnieto. Hija no hay desde hace unos meses. Abuelo y nieta viven juntos y cuidan del pequeño. Cada uno a su manera.

La tristeza me embarga por momentos y decido pagar mi consumición y la de mi compañero de barra. Deseo marcharme de nuevo frente al mar y no pensar en ausencias. Entonces una chica entra sacudiéndose el agua del cabello y cerrando su paraguas negro, antiguo, de abuelo.

Tras darnos los buenos días, se dirige al anciano con una enorme sonrisa dibujada en su cara «¡Cómo llueve abuelo! Hoy no hay trabajo, tampoco podremos pasear por la orilla del mar como a ti te gusta, pero haremos migas para comer y después jugaremos al dominó» Con un gran abrazo y un sonoro beso en la mejilla del abuelo, la chica aplaca mi pena e ilumina la mirada del viejo.

Cuando me alejo de ellos dejándoles su espacio de intimidad, observo por la ventana que la lluvia va amainando y decido salir a la calle. Al final de mi paseo el autobús me espera para llevarme de regreso a casa, adonde ansío llegar cuanto antes para cobijarme en los brazos de mi gente y de mis recuerdos. Cuando llego a la cancela de mi puerta me doy cuenta de que tengo los pies mojados y las manos heladas. El invierno ha llegado de nuevo.

 
Fotografía: Ismael M.
 

3 comentarios:

  1. Amparo Pérez Mengod20 de junio de 2017, 14:38

    ¡Qué bonita narrativa! Me ha llegado a emocionar y me he sentido por un momento, la protagonista, en femenino de tu publicación y sí me hubiera gustado que me tomaran las manos y me ofrecieran un poco de calor.¡¡¡Qué lindo!!!

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    1. Gracias, Amparo.
      La playa en invierno nos habla con otra voz.

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