lunes, 15 de febrero de 2016

El bloqueo





Yo estaba visitando la casa de Raquel, hija de una antigua compañera. Era una casa muy bonita. Se prolongaba al final del pasillo. En aquella prolongación se encontraba el espacio que nadie ocupaba. Era un espacio de más, en el que había cuatro habitaciones preciosas, grandes, decoradas con gusto.

Raquel tenía dos hijos. Vivían bien, holgadamente. Ella ya no trabajaba fuera de casa y se sentía enojada todo el tiempo. Su madre iba a ayudarla para que no se viera sobrecargada con el trabajo que dan los niños. Mi amiga llegó cuando su hija me enseñaba la vivienda. El salón grande —donde comenzó todo—, la habitación del matrimonio, la de los niños, el aseo… Todas las estancias eran confortables, acogedoras. Cuando creí que ya me había mostrado toda la casa, me llevó a través del pasillo y vi aquellas cuatro habitaciones. Pensé que superaban en número a las necesidades de la familia. En aquel espacio, cuya existencia nadie podría imaginar a no ser que le fuera mostrado, eran tan grandes como las anteriores e igual de bonitas, amuebladas con la misma delicadeza. Pero yo las sentí más frías. No vi ventana alguna que permitiera el paso de la luz y el ruido de la calle. Sin embargo, estaban en uso. Las ocupaban varios niños. En una de ellas había un niño y una niña. Ella rubia, bonita y dulce. Él era moreno y tenía la mirada triste.

Recordé que Raquel era una persona muy generosa y que había acogido y adoptado como hijos a unos niños refugiados. Eso me satisfizo mucho. Los abracé e intenté jugar con ellos. La niña se mostró receptiva pero el niño no. El me miraba con recelo y no quería jugar. Era algo mayor que ella, tendría ocho o nueve años.

Seguí fijándome en los detalles. Dije algo acerca de la decoración de la última habitación infantil que vi, ocupada por otro niño pequeño que me miraba y sonreía pero que no hablaba. Del techo colgaban muchas lámparas, al modo en que lo hacen en las tiendas de iluminación. Las había de diversos modelos, casi no se veía la pared. Así se lo dije a ella, y me respondió que formaban parte de la decoración pero que solamente las de la primera línea producían luz. Cuando le dio al interruptor comprobé que así era. Solo aquéllas cumplían su cometido. Las otras estaban de más, sobraban; pero con su oscuridad aumentaban la luminosidad y el resplandor de las activadas.

Volvimos a la habitación donde estaban reunidos los niños adoptados. Raquel se tenía que ir. Yo también porque debía ir a trabajar, pero al consultar mi reloj vi que aún era pronto. Podía quedarme un rato más con ellos. Así, de alguna forma, la ayudaba. Me preguntaba cómo podía ella con tanto trabajo. De la noche a la mañana había pasado de tener dos hijos, a tener seis. Contaba con los recursos suficientes, vivían desahogadamente y había sitio de sobra en la casa. Además, su madre venía todos los días a ayudarla con la comida.

Cuando Raquel se marchó, su madre ya había llegado. Iba y venía por las habitaciones llevando y trayendo cosas. Yo permanecí un rato más con los niños extranjeros. El más mayor, que previamente se hubo mostrado receloso conmigo, ahora se acercó a mí y me habló con respeto pero con firmeza. «No salían a la calle para nada. Estaban bien atendidos, no les faltaba la comida, la higiene ni los juegos; tampoco pasaban frío, pero no veían a nadie ni nadie los veía a ellos.» Comprendí que estaban solos, aislados en aquella casa bonita en la que no faltaba de nada.

A mi amiga no la veía ahora por ninguna parte, quizá estuviera por la cocina o atendiendo a sus nietos biológicos. Un hombre bastante mayor, casi anciano, se había quedado ahora con los pequeños refugiados. Me miró con gesto de impotencia, tal vez de resignación, cuando el niño me habló de su aislamiento.

Decidí salir en busca de Raquel para que me dijera el porqué de aquella situación. La alcancé junto a la  puerta de la calle cuando se ponía el abrigo y salía precipitadamente. «Tenía muchas cosas que hacer. Con tantos niños en la casa las tareas se multiplicaban.» Lo dijo enfadada por la falta de trabajo remunerado.

A mí también me entraron las prisas. Tal vez no vi bien la hora cuando me quedé a jugar en la habitación de los niños. Se me había hecho tarde y debía estar ya en el trabajo. Busqué mi abrigo en uno de los armarios. Necesitaba uno más grueso porque decían que el frío y la lluvia habían llegado de golpe.

Ahora el tiempo transcurría velozmente y yo seguía sin encontrar esa prenda para el frío. Desistí y me aventuré a salir a la calle con la que había traído puesta. Al pasar por la cocina vi a mi amiga preparando la comida en la placa de inducción. Me despedí de sus nietos que se entretenían en la habitación de juegos. Los otros, los adoptados, habían quedado en las otras, en las más alejadas, donde la decoración era igual de bonita pero el ambiente familiar menos cálido. No obstante, algo había cambiado: yo los había conocido y ahora confiaban en mí.

Me apresuré por la calle. Debía contar a la gente lo que había de bonito en aquella casa grande: la generosidad de la hija de mi amiga y también la frialdad de aquellas estancias al final del pasillo.

Como tantas otras veces, no llegué al trabajo. Regresé a la casa. A pesar de llevar el abrigo fino no sentía el frío ni me mojaba la lluvia. Volví a la cocina donde la sartén seguía sobre la placa dorando la carne y las verduras. Mi amiga ya no estaba. Yo misma di vuelta a la comida y me dirigí a mirar cómo caía la lluvia sobre el suelo marrón del patio. Caía generosa pero no le presté atención. Desde el otro lado de la puerta de cristales el niño extranjero me miraba, empapado, llorando de emoción. «He visto la calle», me decía entre sollozos. En esos sollozos adiviné un poquito de gratitud, pero al verle tan empapado me preocupó su salud en las horas posteriores. Raquel ya volvía de la calle y se pondría furiosa conmigo. Además, se había quemado la comida en la sartén mientras yo me preocupaba por el niño.

Las horas volaron de repente y era tarde para todos. La lluvia había cesado, yo volvía a mi escritorio en una habitación confortable, en una casa que, aun siendo pequeña, se me iba quedando grande. Una casa en la que los cuartos de mis hijos no estaban fríos y vacíos porque yo no lo permitiría nunca. En mi ordenador, entre mis archivos, varios trabajos estaban pendientes, reclamando mi atención y mi tiempo. Uno de ellos, con su título en mayúsculas, se me mostraba más desafiante que el resto. Me retaba exigiéndome que no lo abandonara a su suerte. Se trataba del proyecto más ambicioso. El que se enfrentaba cada mañana a mi propio bloqueo ante el teclado. La historia que desde ese archivo me apremia constantemente para que la saque a la calle, a la luz.


Imagen: Blas Estal.

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