jueves, 10 de mayo de 2012

El Pato Doctorado





Capítulo I









Érase una vez un pato que vivía en la ciudad. Su cuerpo vestía de blanco y se ufanaba muy serio de haber estudiado carrera. Cada mañana al despertarse, sacaba brillo a su pico. «¡Qué guapo estoy!», se decía, y se dirigía al despacho donde su título, enmarcado en madera noble, presidía la pared rodeado de otros patos doctorados. Allí, frente a su gran obra meditaba unos instantes y, tras cuadrarse ante ella, marchaba hacia su trabajo.

‒Ahí va el pato doctorado ‒decían todos al verle; pero el pato, orgulloso en sus andares, fingía que nada oía

‒Un doctorado que es mudo, de poco vale en su mundo –murmuraban las voces vecinas, pero él, más erguido todavía, desfilaba hacia el mercado.

En una ocasión, el pato sintió ganas de cambiar. Se puso ante su gran cuadro donde su nombre y su cara mostraban su doctorado, y acariciándose el pico pensó que valía la pena vivir entre aquellos dioses que le inspiraron la Ciencia.

Así pues, salió a la calle y habló primero a la garza.

‒Acude junto a la fuente y ve diciéndole a todos que el pato chulo va a hablar. Yo he de hacer unas gestiones y no tardaré en llegar.

La garza batió sus alas pasmada.

‒¡Al fin el pato va a hablar!‒ y salió en busca del gallo a darle la novedad. Éste se quedó alelado sin poder cacarear, y al final, tras la sorpresa, corrió la voz en el corral.

Los cerdos se revolcaban en el lodo matinal, y todos quedaron mudos al ver a la garza llegar con la noticia de que el pato estaba dispuesto a hablar.

‒¿Estará enfermo? ‒se preguntó la vaca.

‒¿Se irá a morir? ‒dijo la mula.

‒¿Qué nos tendrá que decir...?

Mientras tanto, el pato se hallaba en la biblioteca, y entre libros y periódicos metía y sacaba el pico. De vez en cuando sus ojos se paraban en un punto y echaba mano a la pluma para escribir unas citas.

Pasó un tiempo muy liado, y al final se puso a andar con las patas enculadas hacia atrás.

«Debo enderezar mi espalda y andar como los racionales, con dos piernas y no patas. He de relajar mis alas, hacia abajo y hacia el frente, como si tuviera brazos; y he de conseguir mis manos con los plumones más diestros. He de lograr que mi cuerpo se parezca al de los dioses, y he de modelar mi voz para que emita sonidos que tengan mayor valor».

En esto estaba pensando cuando, en la plaza mayor, el alboroto llenaba de voces cada rincón. El caballo relinchaba y la vaca lo acallaba mugiendo en tono feroz. Los cerdos enloquecían por el tumulto revuelto, y los gatos y los perros daban en el Do Mayor.

El pato, al escuchar las voces, pensó que era la ocasión de ver a las autoridades y a la banda y su trombón.

–Ya me siento preparado para vestir pantalón. Sólo me falta corbata y... ¡Hala, dirigirme a la afición.




El sol estaba ya alto cuando el pato hizo su entrada en la plaza, rodeado por la banda y acompañado por la blanca yegua alcaldesa y el viejo búho maestro. El alboroto dio paso de inmediato a un ligero murmullo de admiración por unos, de sorpresa por otros y de un leve temor por otro grupo reducido.

Los animales abrieron paso a la autoridad y la banda de música aún se dejó oír por unos minutos con su escandaloso chim-chim-pum, al tiempo que el ciudadano privilegiado caminaba majestuosamente erguido, con las patas enculadas y cubiertas con las perneras de unos pequeños pantalones negros. Las alas, de alguna extraña manera, asomaban por las mangas de una no menos diminuta chaqueta del mismo color que los pantalones. Pero lo que más admiración causó en los presentes, fue, sin lugar a dudas, aquella magnífica corbata de rayas azules y blancas.

‒¡Parece un ser racional! ‒dijeron algunas voces perplejas.

Cuando la comitiva llegó junto a la fuente, la garza empujó una caja grande a modo de tarima para que el pato se subiera a dar desde lo alto su discurso. La banda dejó de tocar y la alcaldesa tomó la palabra.

–Nuestro Ilustre vecino ha de comunicarnos algo importante ‒y dio la palabra al protagonista que se acarició el pico y recorrió con la vista a todos los presentes. Un halo de orgullosa satisfacción iluminó su rostro que por unos momentos pareció ascender a la gloria. Por fin pronunció la primera palabra que salió disparada hacia la multitud como si de la voz de un dios se tratara.

‒Silencio ‒pidió; y tras obtenerlo prosiguió‒. He de despedirme hoy de vosotros. Es una decisión que tomé anoche tras un largo periodo de reflexión. Siempre os habéis burlado de mí por mi silencio y siempre di la espalda a vuestras burlas. La razón de mi silencio no obedece sino a la respuesta a vuestra ignorancia, a vuestros escandalosos ruidos. De poco sirve hablar a aquellos que no saben escuchar, y el sonido de mi voz culta se hubiese desperdiciado aplastado por vuestros relinchos, balidos, bramidos... Parto hacia la ciudad de la razón.

‒¡Eso no puede ser! ¡Es imposible!... ‒se oyeron algunas voces alarmadas.

‒Os he pedido silencio –insistió, y el público ante las indicaciones de la alcaldesa guardó silencio y el pato continuó hablando.

‒No es imposible. Los racionales descubrieron el universo y yo me dispongo a ir a su ciudad para aprender de su racionalidad y transmitírosla a vosotros que así seréis menos necios. Cada día anotaré mis experiencias y cuando sea sabio regresaré. Entonces ya no seré un doctor mudo porque podré comunicarme con vuestra razón, ya que os habréis despojado de vuestra ignorancia.

Las palabras del pato llegaban arrastradas por el aire hasta el río, donde fueron oídas por la mula que giraba lentamente en su noria. –¡Iluso...! –gritó, y todos se sorprendieron de la potente voz con que la mula se dirigió al pato. Fue la única que no dio importancia al acontecimiento que se desarrollaba.

‒¿No vas a ir a la plaza? ‒le había preguntado la garza.

–Nací para la noria –respondió‒; giro y giro todo el tiempo y nada me espera al final. Mi caminar es muy lento pero he de seguir caminando, dando vueltas y más vueltas hasta lograr reventar. Dile a ese pato orgulloso que de nada sirve hablar; nació de un huevo y es pato, y a más no puede llegar.

–Si tú lo dices... –respondió la garza.

Desde la plaza se ignoró la voz de la mula y la atención volvió a proyectarse hacia el pato doctorado, que un poco contrariado por el desdén recibido se despidió del auditorio

­Me voy doctor pero volveré sabio y todos seremos más felices porque habremos sido instruidos. Incluso la mula cabezota se desprenderá de la prisión que es su noria.

Y tras ser despedido con honores por las autoridades y con fuertes ovaciones del público, emprendió su camino hacia la ciudad de la razón. Como en su camino debía pasar por el río, se dirigió con paso orgulloso hacia la noria para despedirse de la mula.

 –Cuando vuelva, te arrancarás tú misma tu yugo y buscarás tu camino recto, sin giros ni recovecos.

La mula levantó la vista del suelo, con su mirada resignada, vieja, cansadamente como su caminar, y se despidió advirtiéndole:

‒Nunca lo conseguirás.

‒Sí. Sí lo haré. –respondió el doctorado dándole la espalda mientras seguía la senda que le llevaba hacia los dioses de la razón.

‒No; no lo harás, porque tu orgullo te ciega y no te das cuenta de que no son dioses sino humanos, y en su racionalidad esconden la más grande de las crueldades. –acabó diciendo la mula que seguía girando en la noria. Pero el pato ya no le oía. Iba en busca de su sueño, andando sobre su culo, metido en su traje negro y picoteando, jugando, las rayas de su corbata.




Continuará…


  De: Cuentos del Puerto
Ilustración: Lamber

2 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Está por capítulos. A la derecha del blog puedes localizarlos por orden.
      Por desgracia, es un tema que no es nuevo.

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