viernes, 16 de septiembre de 2022

La Casa (II)

 




Deseo salir al patio, sentarme en su suelo sucio. Desde que he llegado solo me he aferrado a la vida de la sala grande y del balcón. A veces también me acerco hasta la alcoba para verla dormir. Con discreción, para verla amar y ser amada.

Es en el balcón donde ella observa la vida en la calle. Ese balcón desde el que, según la hora del día, se asoma a ver llegar el sol por encima de una playa que no llega a divisar porque la ocultan los edificios costeros, o a verlo ocultarse en la lejanía, entre las líneas que forman los contornos de las montañas azuladas de la sierra.

El patio está hoy desangelado. Arriba, un pequeño trocito de cielo, como el que Marcos Ana ve durante los largos años de presidio. Es un trocito pequeño, en lo alto. La finca de al lado hace pared medianera con esta casa virgen y es muy alta. Le saca cuatro pisos de diferencia. Por eso nunca entre el sol en el patio. Por eso tampoco entra el aire. Por eso es un patio triste.

Ella compra plantas con flores y las coloca alrededor. Las flores duran apenas unos días. Cuando se mustian caen y ya no brotan otras nuevas. Se hacen plantas grandes, frondosas, pero sin flores. Otras veces, cuando las compra, las lleva al balcón, pero allí el sol siempre tiene prisa, se aposenta solo unos minutos en un ángulo del suelo, como para saludarla a ella y a las plantas, y se retira a seguir su ruta por otros balcones, otros patios y otras terrazas donde sí abundan las macetas con flores.

Aún permanecen algunas de esas macetas. Aún está la tierra en su interior. Tierra sucia, tierra vieja. Con raíces secas también viejas. Tal vez la lluvia se apiada de ellas y las acaricia durante unos días para olvidarlas después en los periodos más áridos. La casa del último piso tiene los cristales rotos en una de sus ventanas, y en otra la persiana está torcida, como si por dentro se le hubiera roto la correa que la sujetaba. Los hilos de los tendederos me observan desde el aburrimiento, grises e inútiles.

No estoy solo. Algo me observa desde un rincón, desde debajo del techado sobrepuesto, en el lateral próximo a la cocina. Cuando me acerco sale corriendo a esconderse. No me doy cuenta de hacia dónde va porque algo, muy cerca del lugar desde el que me observaba el pequeño roedor, llama mi atención.

Se le ha debido de caer a ella cuando ha salido al patio a por la botella de butano vacía. El camión que las reparte avisa desde la esquina con repetidos toques de claxon para que las vecinas que necesiten recambio se apresuren si no quieren que el butanero pase de largo.

Al coger la bombona vacía se ha desprendido de su muñeca la pulsera. Ella no se ha dado cuenta. Lleva prisa. Hay un mueble muy viejo con herramientas de su padre. La pulsera ha ido a parar detrás del mueble. Nunca lo va a saber. Esta noche, cuando se quite el reloj se dará cuenta de que no lleva la pulsera. La va a buscar por toda la casa, durante toda la semana. Hasta por los sitios más inverosímiles. Finalmente, se convencerá a si misma de que la ha perdido en la calle.

Se hicieron obras en el interior de la casa. Ya no hubo más armario de herramientas del padre. Tampoco botellas de gas butano. Tal vez, uno de los albañiles tropezó con la pulsera y no la vio cuando dejó caer encima los sacos de yeso. Quizá alguna fuerza extraña sabía de mi presencia futura aquí en el patio. Acaso debía encontrarla para ponerla a salvo de la ruina.

Ella va a recordar esta pérdida en muchos momentos de su vida. Guarda un gran valor sentimental, y aunque la madre le regale una idéntica ya no va a ser lo mismo. Y yo… yo me debato entre tomar la pulsera del suelo y guardarla muy adentro de mí, o no alterar el ritmo de la decrepitud y dejar que permanezca por más tiempo en este patio, habitado por una rata curiosa y unas cuantas plantas con tierra vieja que esperan las caricias de una lluvia que no acaba de llegar.


LA CASA -Fragmento-

Lestal. Fotografía LEH


lunes, 27 de junio de 2022

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ANA HERNANDORENA GONZÁLEZ

Ed. Caligrama – 2021

 

Esta es la segunda novela publicada de Ana Hernandorena González. En ella nos muestra de alguna manera el choque entre dos modelos opuestos de vida de dos profesionales. Por un lado, el aislamiento en el laboratorio y el descanso a pie de playa, en la madrugada, cuando más y mejor se siente el vínculo con el mar. Por el otro, el mundo del fútbol de élite, el ajetreo del estadio y la popularidad.

La historia transcurre entre la discreción de la empresa familiar de la que Elena es un pilar fundamental y la ostentación de esa otra que rodea al mundo del deporte en general y al del fútbol en particular.

La calma y el sosiego del que Elena disfruta entregada a su trabajo y sus ejercicios de natación en la playa, se ven bruscamente alterados con la llegada de Jaime. De nuevo, o quizá por vez primera, el amor entra en su vida, pero lo hace enredado en una espiral donde el miedo, la felicidad, la desconfianza hacia el mundo desconocido del otro y hacia ella misma, la incertidumbre, el acoso y la envidia, ponen a prueba su capacidad para salir indemne de cuanto le sobreviene. Sus logros profesionales y el apoyo de Jaime y de la familia y amigos de ambos, son las armas de que se sirve para conseguirlo.



No suelo leer historias de amor, y esta lo es, aunque contada de forma que va más allá del sentimiento amoroso de los dos protagonistas. Nos habla de mundos opuestos que no tienen nada que ver con aquellos otros opuestos de criadas y señores. Aquí se nos habla también del mundo empresarial, de tecnología fotovoltaica y del mal llamado periodismo en los medios, dirigido a las audiencias de la prensa rosa y a la manipulación. 

Y sí… en medio de todo eso, una historia de amor con su dosis de suspense y final feliz. Una historia que engancha y que seduce desde sus primeras páginas y de la que he disfrutado en mis tardes de este anticipado verano en mi terraza, a la fresca. Otra de mis lecturas recomendadas.


miércoles, 15 de junio de 2022

BEATRICE -La herida del pintor-


 


Cuando Celso bajó al patio con los demás reclusos lucía un sol inmaculado, y el cielo estaba carente de nubes, pero para él iba a ser un día borrascoso como ningún otro en su vida, porque iba a conocer por primera vez algo que nunca hubiese deseado experimentar: aquel iba a ser el día más negro, el más triste y penoso de su vida, uno de esos días que se desean desterrar de la mente y que, sin embargo, están ahí, torturándonos constantemente y recordándonos algo que querríamos olvidar. […]

Así arranca BEATRICE -La herida del pintor-, última novela de José Manuel Pedrós y publicada, como las anteriores, por Olélibros.

El arte; la prisión tras una falsa denuncia de violación; el pensamiento mismo que se debate entre la reflexión y el odio; el miedo; de nuevo la pintura, ahora como una tabla de salvación, un aliciente para él mismo y para los compañeros de la galería a los que enseña diversas técnicas de dibujo, y a los que va retratando marcando cada rasgo de esos rostros, cada uno con su propia historia afuera, más allá de los muros de la cárcel…Y también el amor que se ha colado entre los muros del penal. Un amor silenciado que, aun disimulado como «interés profesional», no a todos pasa desapercibido. Y entre los colores, los carboncillos, los pinceles y las cartulinas, la magia y la leyenda, la superstición o quién sabe qué. Pero nada hay en esa leyenda en los posos del café que el compañero le vaticina que perturbe su felicidad sabiéndose pronto libre.

Tras los informes que posibilitan su libertad condicional, llega la ansiada libertad. En la reconciliación con su pasado, previo a la entrada en prisión y, de nuevo en el arte, encuentra ahora una mayor fuerza. La contemplación de la luna y su influjo sobre las personas; la reflexión acerca de los retratos realizados a los reclusos, aquellos rostros y el paralelismo con los realizados en su día por el Greco, aquel que saliera en busca de las facciones más desarraigadas y miserables para plasmarlas en sus lienzos… Y libre para amar y ser amado. Ya no hay por qué ocultar el amor, no hay que reprimirlo, sino vivirlo intensamente.

Su incorporación a su trabajo en los museos, el gran éxito en la que es su primera muestra en la galería de Arte, en paz con el mundo y consigo mismo. Nada hay de lo que arrepentirse. Ahora todo está bien y las perspectivas ante un futuro placentero de la mano de su musa y amante colman de felicidad a Celso.

 

***

 

Aún hoy no sabría decir si BEATRICCE es una historia de amor y desamor, una ventana abierta al mundo penitenciario por la que vislumbrar el sistema intramuros y ese círculo casi familiar que se genera entre algunos grupos de reclusos, o si es en realidad una historia en la que el arte todo lo domina: el amor, el odio y el rencor, la paz y el sosiego.

Mi conclusión tras finalizar la lectura y asistir al desenlace de la historia es que se trata de una mezcla de todas esas cosas. Una historia muy bien hilvanada y perfectamente rematada para la que han sido indispensables, desde luego, muchas horas de trabajo y de búsqueda de información.

 


martes, 7 de junio de 2022

AZUL -El diario de Sara-

 







Mi lectura de la última semana ha estado dedicada a AZUL –el diario de Sara-, de Jaime López Fernández. Lo primero que leí de él fue su poesía, Amantes Periféricos, un poemario que me gustó por lo novedoso, por lo valiente…, y es que, a veces, hay que ser valiente para escribir lo que uno quiere y como quiere.

Y valiente ha sido, igualmente, embarcarse en este proyecto «de color azul» en el que el autor se ha despojado de su piel de hombre para enfundarse la de una adolescente, y narrarlo en primera persona, algo que no suele resultar del todo fácil y que ha llevado a buen término con excelente resultado.

 

Jaime López narra de forma clara y bien ligada, desde esa piel adolescente recién llegada de su país de origen, la incertidumbre, los primeros pasos hasta el nuevo instituto, las primeras miradas de la nueva y hacia la nueva. No es sencillo comenzar una nueva etapa cuando se deja tanto atrás, y menos cuando lo que se deja en esa etapa es la infancia y pubertad, y se comienza la que quizá es la más importante en el desarrollo de una persona, «la adolescencia» que nos prepara para los adultos que seremos antes de darnos cuenta.

Todo es nuevo en los azules de Sara, y cada detalle, por nimio que sea, lo va anotando en su diario.

Bastarán tan solo unos meses, los correspondientes al primer trimestre del curso, para que esas tonalidades azules en las que vive sus días oscilen en una gran variedad de matices que la lleven desde lo más alto al más oscuro de los abismos: El valor de la amistad, la seducción, los celos, el escándalo, la bravuconería machista, el miedo, el rechazo y el aislamiento…

Todo suma y se confunde, y todo obliga a abandonar o a erigirse en la más fuerte. Es cuestión de saber elegir. Y Sara elige.

 

Esta es una historia que, si bien es ficticia, parece ser bastante habitual, aunque no transcienda más allá del entorno del instituto y de las familias vinculadas a ella. Quizá es por eso por lo que el autor ha decidido contarla, a modo de advertencia. Por su condición de profesor de instituto conoce bien el escenario, el léxico empleado por el alumnado y aquellos elementos de los que se sirven los jóvenes de hoy en sus ratos de ocio y sociabilidad. Así mismo ha cuidado los detalles narrativos, las metáforas y citas a las que la protagonista recurre en su diario para ofrecer a sus páginas un mayor conocimiento de cuanto siente y sobre lo que reflexiona: La alusión a la gacela asustada que huye de su depredador o la comparación entre una heroína sin poder y una chica sin autoestima…

 

He de decir que este «diario de Sara» me ha enganchado mucho, y como la redacción está muy de mi gusto —guiones de diálogo, letra en formato diferente para no perderse entre lo que se cuenta y en lo que se reflexiona, buena sintaxis…— me ha resultado una lectura muy cómoda a la vez que muy interesante y recomendable; tanto para adolescentes como para padres y profesores. Y como llega el verano, nada mejor que incluirla como lectura de vacaciones, a pie de playa, piscina o arboleda.

Gracias, Jaime López Fernández, por esta aportación que considero muy valiosa.

 


martes, 24 de mayo de 2022

La Selva de Irati

 



Diecisiete de mayo. Dicen que es san Pascual quienes todavía celebran la onomástica. y nosotros, que ya no la celebramos, salimos de viaje a las ocho de la mañana. ¿A dónde? Aún no lo sé. Es un viaje sorpresa. No me ha querido decir a dónde vamos. «Ya lo verás cuando lleguemos», me dice.

Yo intuyo que es a la comunidad vecina, Teruel. Allí hay un lugar que no hemos visitado y que desde hace algún tiempo venimos mirando. Lugar con encanto, con río, valles y montañas. Aunque por un lado prefiero no saberlo casi estoy convencida: «Es ahí. Estoy segura», pienso, sin decirle nada para no romper la sorpresa que lleva preparando desde hace un par de semanas. 

Sí, mejor cerrar los ojos y no abrirlos hasta llegar al destino. Pero, ¿cómo cerrar los ojos cuando vamos circulando por la autovía Mudéjar, y cuando ya hemos pasado de largo la ciudad de Teruel, y lo que yo supongo es el desvío que debemos coger para ir hacia ese lugar que, según mi intuición, nos está esperando para recorrerlo con botas de montaña y cámara en mano?

Paramos a almorzar en Calamocha, pero solo tomamos un café porque no tenemos hambre. «Deberíamos comer algo porque llegaremos tarde y a donde vamos no nos sirven la comida, solo la cena, y allí no hay ningún sitio al que poder ir a comprar». Yo abro mucho los ojos y, por más que lo intento, no consigo hacerme una idea de hacia dónde vamos. Sigo sin preguntar y él me mira y sonríe.

Está pendiente del GPS del coche y chasquea la lengua. Algo falla y necesita mi móvil para buscar el trayecto en el Google Maps. No podré hacer fotos a través de la ventanilla y me fastidia. Entonces sonríe y me dice mirándome de soslayo: SELVA DE IRATI. ALLÍ VAMOS.

Casi doy un brinco en mi asiento de copiloto. «¡No! —le respondo incrédula— ¡No me lo puedo creer!»

Ya íbamos por el puerto Paniza y empecé a hacerme a la idea. «La Selva de Irati» todavía resonaba como un eco en mis oídos. La conocía por los muchos documentales que he visto sobre el lugar, y él sabía de mi deseo por conocerla, pero no entraba en mis planes hacerlo así, de esta manera tan sorpresiva. 

Así, sorprendida y muy, pero que muy contenta, saludé desde lejos a las cúpulas del Pilar cuando bordeamos Zaragoza para ir en busca de aquellas carreteras por las que íbamos a transitar. Nada de autopistas. No teníamos prisa. Carreteras nacionales, atravesando pueblos, con las amapolas abriéndonos paso desde los arcenes; rebaños de ovejas interrumpiendo nuestra marcha; nidos de cigüeñas firmemente custodiados por sus madres sobre las torres de tensión de la luz, ajenas al disparo de la cámara de fotos de mi iPad; parques fotovoltaicos y enormes molinos eólicos girando sus aspas sobre los montículos cercanos a las carreteras, pero lo suficientemente alejados de los pueblos que los albergaban… Y ya, casi al final del trayecto, los municipios navarros con nombres casi impronunciables para mí, con sus casitas blancas de tejados marrones y ventanas abuhardilladas de madera, y con sus carreteras lleeeenas de curvas.

 

Como imaginaba, llegamos a un lugar lleno de magia. A las puertas mismas de la entrada al bosque, «la fábrica de armas», con más de doscientos años de historia entre sus ruinas, y en la actualidad declarada Bien de Interés Cultural, fue el primer lugar que visitamos nada más instalarnos en el hostal Mendilatz, —hostal que recomendamos por su buen servicio y ubicación y al que nos gustaría volver en la próxima otoñada—.

Fotos del lugar, de sus ruinas, de las florecillas que se asoman desde el interior de las grietas de las piedras viejas, y de aquellas otras a ras del suelo, diminutas, perfectas en su simetría; del ganado pastando en las colinas enfrente de donde nos encontrábamos… Rebaños de ovejas, vacas y caballos en su hábitat natural, tranquilos, ajenos a las condiciones de las macrogranjas, al aire libre, hasta que la escasa luz dificultara el regreso a la cabaña, a la granja o al redil. Por más que busqué con la mirada no vi pastor ni perro alguno junto a los animales. Tampoco cableado eléctrico sobre aquellas praderas verdes en que descansaban.

Nosotros también íbamos necesitando ya un descanso. El trayecto desde casa y, en mi caso, también la excitación por el no saber primero adónde iba y por saberlo después, lo merecían. Cena sosegada en el comedor del hostal y copa en la terraza y a dormir, que a la mañana siguiente nos esperaba nuestra ruta por el interior de la selva.

 

 

Tendría que describir detallada y minuciosamente cada sensación: Expectación, asombro, maravilla y, a ratos, temor por la estrechez de la carretera, sus curvas y los precipicios a un lado o al otro.

Dejamos atrás un aparcamiento, y otro más, hasta llegar a un tercero donde nos detuvimos. Ahí estaba la Selva de Irati dándonos la bienvenida. Uno de mis deseos desde hacía mucho tiempo ahora hecho realidad. Nunca se encontraba el momento, y el momento había llegado.

El suelo me atraía, lo caminaba despacio, placenteramente, mirando en todas direcciones, hacia atrás, hacia delante, hacia abajo buscando las aguas del Irati a través de la espesa vegetación; hacia el cielo, de un azul y una luminosidad distintos a los de mi tierra junto al Mediterráneo; un cielo distinto, pero igualmente bello.

Todo lo quería acaparar con la vista; todo quería escucharlo en aquel trinar del pajarillo que se elevaba con un eco envolviendo todo el entorno, y al que se sumaba la voz del río que escapaba mansamente de la presa que lo amordazaba privándolo de libertad.

Él me precede en el camino, como siempre. Es un camino cómodo, limpio. Vamos por una ruta circular que me seduce. El suelo, los colores, las voces de la naturaleza, sus aromas a ramas y flores cuyos nombres desconozco.

Y la magia. Esa magia que adivinaba y que ahora siento con la misma fuerza que cuando me adentro en lo que yo llamo «mi sendero de las hadas», en la Calderona, junto a mi casa. Ha aparecido de pronto ante nosotros. Es un espacio amplio a un lado del sendero, escoltado por una inmensa arboleda de troncos altos, rectos, firmes, y hasta diría que arrogantes. El suelo cubierto de hojas desprendidas no permite ver el color de la tierra; es mullido, como el que cubre la hojarasca del otoño.

De repente me doy cuenta de que el canto del ave ya no nos acompaña. Tampoco se oye el sonido de las aguas del río. Ahora todo es silencio, un silencio extraño en un lugar fantástico. Hasta la luz que se filtra por entre las ramas de los árboles es extraña y yo me siento enormemente pequeña, vulnerable, como observada por algo que no sé qué es y que me maravilla a la vez que me intimida. Soy una intrusa en este espacio que no me pertenece y al que no pertenezco. La luz, las hojitas del suelo, la soberbia arboleda que, como un ejército en la vanguardia, parece defender su plaza, y el silencio… sobre todo ese silencio en medio de un entorno natural tan lleno de vida de diferentes especies. ¿Por qué aquí?

Nos empapamos de cuanto vemos y de aquello que no oímos. Hacemos fotos y video y nos dirigimos de nuevo al sendero. Allí han aparecido, en cuanto nos hemos alejado del círculo mágico en el corazón de la selva, el canto del pajarillo y el sonido del agua.

Comenzamos el regreso por el lado opuesto por el que hemos iniciado el recorrido de la ruta. Me siento ligera y feliz. Contemplo de nuevo la presa, pero ahora no me duele, sé que más abajo nos espera el cauce del río, sereno, suave, ofreciéndonos asiento donde comer nuestro bocadillo que acompañaremos con un buen vino, en bota, como nos gusta tomarlo en nuestras rutas.

El pajarillo, cuya especie e imagen ignoro, continúa siguiéndonos sin dejarse ver. Podría decir que es el mismo desde que pusimos los pies en el sendero al comenzar la marcha.  Así será hasta que, alrededor de las cinco de la tarde, nos despidamos del parque y cojamos de nuevo el coche en dirección al hostal, donde echaré un vistazo a las más de trescientas fotos y vídeos que hemos hecho, mientras dejo volar mi imaginación e intento visualizar los trasgos y las hadas del bosque que acabamos de dejar atrás.



Fotografía: P.Murria - En el corazón de la selva de Irati.


viernes, 13 de mayo de 2022

Regreso a la casa

 

 


He vuelto a la casa. El portal tan oscuro como siempre; el primer tramo de escalera de la finca; la puerta aquella, desde hace tiempo tapiada por dentro. La casa vecina en la primera planta, en silencio; el foco de la luz amarillento, «PRIMER PISO».

Al introducir la llave en la cerradura ha sido como dar un salto en el tiempo. La casa me ha recibido como si estuviera llena de vida. Ahí en la cocina, sobre uno de los armarios, el radiocasete peleando por una parcela de espacio entre la bolsa de tela del pan, el frutero, un libro y una pequeña caja «pongotodo» colmada de objetos varios.

Ella está ahí. Canturrea la música que reproduce la casete: Por ella fue la luz y el tormento… Todavía no sabe que un día aborrecerá al intérprete por sus declaraciones, pero también por no poder aborrecer al mismo tiempo esas canciones.

Aún lleva el cabello largo y oscuro. Canta y friega los platos con semblante serio. Se sabe la letra de la canción y el modo mecánico en que ha de administrar el Mistol en el Scotch Brite y de frotar el cazo por dentro para que no quede resto de leche adherida en sus paredes. Ignoro qué estará pensando. Es capaz de realizar varias tareas a la vez mientras en su cabeza ordena cuáles y cómo van a ser las siguientes.

Termina el «Por ella» de Soto casi al mismo tiempo que el friegue de los platos, pero ella sigue cantando y a ratos hasta sonríe. El reloj de cocina le avisa. Es la hora. Se desprende del delantal, para el radiocasete y va hasta el aseo para soltarse la pinza de la melena y peinarse. Sin apenas mirarse en el espejo se pone colorete, cubre ojeras bajo y sobre los párpados y pinta los labios. Con agilidad y decisión cambia de calzado y toma su bolso y su chaqueta.

La veo salir apresurada. Casi son las doce. La campana del colegio avisará en unos minutos de la hora de salida.

Ahora la casa se queda en silencio. Yo recorro cada habitación y respiro las presencias que aún permanecen atrapadas, tras las capas de pintura que con el tiempo las han ido cubriendo…


jueves, 28 de abril de 2022

Escribiendo en la cocina

 




Me estoy acostumbrando tanto a escribir con pluma que ya no concibo hacerlo con bolígrafo. Se está convirtiendo en una adicción, tanto como hacerlo en la mesa de la cocina, lo que me lleva a recordar los primeros textos: «primera novela y primeros poemas». Han pasado muchos años, aunque me parezca que fue hace tan solo unas semanas. Era a principio de los noventa y ahora contemplo la imagen como si me transportara en un viaje en el tiempo: la mesa de la cocina, el bloc de notas y el otro más grande tamaño A-4, varios bolis, tipex, la cajetilla de Fortuna, el cafetito y… la máquina de escribir con tecla correctora. A mi espalda, igual que ahora, la comida cociendo a fuego lento, el olor a especias —hoy a laurel—…

Todo cambia y todo permanece, como los aromas de las especias y las notas de un viejo adagio. Tal vez es que el círculo comienza a cerrarse. ¿Aquella primera novela, cuya protagonista escribía su historia aislada del “mundanal ruido”, junto a uno de los picos de la Calderona, presagiaba el traslado, casi veinte años más tarde, a este municipio a pie de sierra en el que ahora escribo desde mi ordenador?

Quizá Alba, como Uba, son dos intrusas que permanecen en mi subconsciente al coger la pluma japonesa o los antiguos bolígrafos de marca superior con los que, con tanta disciplina, comencé las primeras líneas hace ya unos cuantos años, acomodada en la mesa de la cocina.

Quién sabe…