martes, 5 de junio de 2012

Portaceli










Enclavado al pie de la Calderona, rodeado de la verde foresta del pinar, y franqueado su acceso mediante puerta de arco de medio punto fielmente custodiada a ambos lados por uniformes olivares, se encuentra el hospital Dr. Moliner, más conocido por muchas personas con el nombre de Portaceli.
  
En mi memoria, este nombre siempre lo asocié a sanatorio de posguerra, lugar de reposo al que acudían las almas tísicas en busca de aire puro, cuchara colmada y manos entregadas que les proporcionaran un mínimo de esperanza, bien para aferrarse a la tenue luz de la vida, bien para dejarse sorprender por el abrazo de una muerte persistentemente atractiva.
  
Hoy los tiempos han cambiado pero, en esencia, el hospital sigue entregado a los mismos menesteres. Ahora se trata de un Centro para enfermos crónicos, con unidad de Cuidados Paliativos, denominación ésta que, parece ser, sustituye a la de “enfermos terminales” y que es, fonéticamente, menos drástica. Cuenta con un equipo de profesionales de una capacidad humana extraordinaria. En mi caso particular, guardo un grato recuerdo de Pilar, una de las auxiliares cuyo trato con el paciente no termina donde la última cucharada de comida suministrada por ella misma, o con el último cambio de pañal, sino que se prolonga hasta el saber hacer de payaso si la ocasión lo requiere, o a prestar su oído para ser acariciado por los versos del pintor de la cuatrocientos cinco.
  
El patio del hospital es un edén en medio de ese páramo desolado que supone la antesala de la muerte. Cuando llega la tarde, por su jardín pasea sus últimos sueños Carolina, acomodada en la silla de ruedas por su cuidadora. Carolina es muy joven; apenas dieciocho o veinte años, y posee un cuerpo de jilguero y una frágil voz de ruiseñor con la que se dirige a todo aquel con quien se cruza, suplicándole un cigarrillo. Su juventud desahuciada se pasea mezclada con otras almas postradas como ella en silla de ruedas, y que ocultan los vacíos capilares de su cabeza bajo la suavidad y el colorido de la seda del pañuelo con el que se manifiesta la enfermedad que respiran. Aun así, algunas de estas mujeres sonríen. Se muestran satisfechas porque quienes empujan sus sillas son miembros de su familia; hijos, maridos o parientes y amigas que acuden a menudo al hospital para compartir con ellas sus últimas tertulias de sobremesa, y para recordarles que un día tuvieron una vida plena extramuros de este postrer hogar.

También hay quien no halla más compañía que la de su propia soledad. Recuerdo al chico de color que proyectaba su mirada vacía hacia el suelo. Mantenía siempre una mano sobre la otra y nadie empujaba su silla situada frente a la puerta de arco de medio punto, pero era, en cierto modo, un paciente privilegiado porque él podía bajar a la hora del paseo y contemplar a las ardillas correteando por tierra para, a continuación, subir ágilmente por los troncos de los árboles hasta llegar a su cima.
  
No así el pintor con corazón de poeta. No; él no… Él se conformaba con el espectáculo que le ofrecían las palomas deslizándose orgullosas por la barandilla de la terraza. A veces, la familiaridad con el ambiente les permitía caminar sobre sus diminutas patas, y con sus gráciles y cortos pasos, balanceándose con el vaivén de sus cabezas hacia delante y hacia atrás, se arrimaban a los cristales del gran ventanal de la habitación. Era entonces cuando el poeta se asomaba a sus ojos de niño y cruzaba su mirada con la de la paloma; así, en completo silencio, intercambiaban por unos instantes sus pensamientos, de los cuales jamás nadie conocerá ni el más mínimo detalle.
  
Podría contar que, al otro lado de la habitación, Juan ocupaba la otra cama, ésta alejada del ventanal y próxima a la puerta que da directamente al pasillo de la cuarta planta del hospital. Juan no solo no bajaba al patio, sino que, además, no podía ver a las palomas. Él solamente contemplaba su propio dolor que se había instalado en su cuerpo como si de una doble piel se tratara. Nunca recibía visitas; si acaso, un hombre que vino a afeitarlo una vez y que se marchó en cuanto hubo terminado la tarea. Después me enteré de que era su  hijo.

Juan murió una noche. Estaba solo y ya no se quejaba de dolor. A la mañana siguiente hicieron cambios en la habitación. A mi poeta lo cambiaron de sitio. Lo trasladaron a una habitación al otro lado del pasillo donde el paisaje que se observaba desde la terraza era diferente. Ahora, los olivares y la puerta de arco de medio punto habían dado paso a una magnífica vista de la sierra Calderona. El verde matizado de sus montañas más próximas se mezclaba con el azulado de aquellas otras más alejadas.
  
Yo siempre, de niña, veía las montañas azules en vez de verdes, y mi poeta que tan entendido era en colores, me decía que era porque me deleitaba contemplando desde mi balcón aquellas que estaban al fondo de mi horizonte, en la lejanía.  Ahora, ya en mi madurez, y siendo yo quien le tomaba a él la mano, y no al contrario, volvía a contemplarlas azules y así se lo indicaba, pero, a diferencia de aquellos días en los que ambos éramos niños, ya no me respondía. Se limitaba a asentir mediante un gesto de sus ojos. Apenas veía las montañas como tampoco veía a las palomas que acudían hasta la terraza para comerse las migas de pan que Isabel les echaba cuando salía a almorzar.
  
Isabel era la mujer de Pepe –Popeye, como le llamaba Pilar, la auxiliar de quien tan grato recuerdo conservo–. Pepe era un anciano de muy baja estatura, debido no sé si a los estragos del tiempo en sus desgastados huesos o a la postura adquirida, tanto tiempo encamada. Me llamaban la atención sus ojos de mirada extremadamente vivaz e inquisidora, tan diminutos como los de las palomas, y su semblante feliz; aburrido, pero atento y satisfecho. Su demencia le mantenía fuera de la realidad, aun así distinguía perfectamente a cada miembro de su familia. Era él quien ocupaba la cama arrimada al gran ventanal por el que se podía contemplar la vida, aunque no se molestara en hablar con las aves ni en analizar el matiz de los colores de las montañas.
  
Podría contar que, ahora, la cama próxima a la puerta que daba al pasillo de la planta, era la ocupada por mi poeta-pintor. Podría contar que, como Juan, estaba solo; y que como él, ya no sentía dolor;  podría contar que murió solo en mitad de la noche, y podría contar que hubo de nuevo cambios en una habitación de la cuarta planta del hospital de Portaceli en una mañana del mes de septiembre; sin embargo, y a pesar de la distancia que separaba la cama de mi poeta de la terraza y de la que la unía a la puerta, ni estuvo solo, ni careció de dolor, ni murió en mitad de la noche.
  
No; mi poeta-pintor tuvo su mano entre las mías durante las largas horas de travesía; su dolor escapaba a través de sus párpados cerrados, y para atravesar el umbral, esperó a que llegara el nuevo día; y se tomó el tiempo suficiente para que, llegada la hora de la despedida, pudieran situarse uno a uno, alrededor de su lecho, los seres más queridos de su atropellada existencia. Asimismo esperó a que se desprendiera la primera hoja otoñal en uno de aquellos árboles del patio; y esperó a que llegara la lluvia, suave al principio del adiós e impetuosa a mitad de su escapada.
  
Se fue con las primeras horas del otoño, pero nuestra última conversación me acompañaría todavía durante mucho tiempo: Espabílate que salgas pronto de aquí y te vengas ya para casa conmigo, que tenemos mucho que escribir… allí en mi terraza, tomando el sol…
  
Como respuesta, y de nuevo a través de sus ojos de niño, me indicó una inmensa ansiedad afirmativa, y así yo hoy, en solitario, reúno mi afición y mi aflicción en un solo concepto para ofrecerle un poco de aquella poesía que un día me entregara envuelta en papel dorado, en la certeza de que me hacía el mejor de los regalos.




Introducción del poemario: Al pie de la Calderona "Poemas para una ausencia"
Ilustración: Portada de "Al pie de la Calderona". Diseño: Ismael; con pinturas de Blas.



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