viernes, 22 de junio de 2012

Tu fragua y mi yunque







Ahí está tu fragua,
-no la de Vulcano-
la tuya, la mía…
y también está tu yunque,
el mío…

Junto al fuego rojo que moldea la vida
los caldereros refrescan la blanca tela del lienzo
-no los caldereros de Velázquez-
los tuyos, los míos...

Presentes también los golpes del martillo dando forma
a los contornos que trazan tus minas…

Y ahí está tu silencio,
que perdido tras profunda reflexión
permanece en el interior de tu Fragua y de mi Yunque,
desde afuera…
entre el marco y la tela atrapado.
entre el arte y la materia,
entre la muerte
y la vida.


Del poemario: Al pie de la Calderona "Poemas para una ausencia"
Oleo de Blas: La fragua de Vulcano con autoretrato.

domingo, 17 de junio de 2012

Colonia - Uruguay



Las ventanas
cerradas tras las rejas de hierro...
El auto pretérito,
aquel que no conoció del airbag más que la magia.
El asfalto ausente...

El recuerdo constante en la muralla
sostenida por el calendario de sus días...



Y el mar,
convertido en plata bajo el sol difuso...



... haciendo un guiño a la calle desierta y empedrada...



... a la ruina que un día albergó experiencias de amores y dramas,
de risas y llantos.






Y de nuevo el mar
plateado en el ocaso,
sereno como una mirada anciana
abraza con sus susurros las primeras casas.






Y ese mismo mar
combinando el aroma argentífero de sus aguas
con los colores dorados al alba





El Mar...


... Dorado y en calma.





Reportaje fotográfico de Débora Tráchter en Colonia (Uruguay)
Eran los días en que intercambiábamos imágenes y versos.
Los días del principio de nuestra amistad, abonada con el arte, la poesía y una ausencia.

miércoles, 13 de junio de 2012

Los gatos de Santa Felicitas - Sinopsis






Los gatos de Santa Felicitas te brinda un paseo por la ciudad de Buenos Aires de finales de los setenta, periodo de un alto nivel conflictivo que, velado por la cortina de humo que supuso la celebración del mundial de fútbol, no llegó a pasar desapercibido para el resto de países que veían desfilar a las madres y abuelas de Plaza de Mayo ante la Casa Rosada.
En contraposición con la dictadura argentina del momento, una recién estrenada democracia se abría paso a este lado del gran mar propiciando un clima de apertura, tanto en la  libertad de expresión como en las artes y en las costumbres de la ciudadanía española.
La magia de una iglesia se confabulará con las circunstancias dando como resultado la unión de estas dos tierras, tan distanciadas geográficamente como cercanas en el sentir de quienes dan vida a las páginas de Los gatos de Santa Felicitas.



Los gatos de Santa Felicitas
Ilustración de portada: Débora Tráchter
Diseño de portada: Ismael Murria

martes, 12 de junio de 2012

El niño minero












En el espejo del agua
veo su rostro reflejado:
ojos de carbón pintados,
boca para el pan sellada
y el sol, para sus huesos incierto...

En las entrañas del suelo
tiene su escuela y su Credo,
y en sus manos, más pequeñas
que el mineral que va lamiendo,
en vez de lápiz y libreta,
sus uñas como única herramienta.

Para él no se hizo la siesta
y si su espalda se dobla
no es por llevar la Cultura
sobre la espalda y a cuestas,
que es por soportar la carga
de la mina en la carreta.

¡Qué dolor para el Poeta
si viera a este niño minero
que, aun sin arado y sin yunta,
parece su Niño Yuntero!








Del poemario: Espontáneos, en el día internacional contra el trabajo infantil.
Ilustración: B. Estal






                                             

martes, 5 de junio de 2012

Portaceli










Enclavado al pie de la Calderona, rodeado de la verde foresta del pinar, y franqueado su acceso mediante puerta de arco de medio punto fielmente custodiada a ambos lados por uniformes olivares, se encuentra el hospital Dr. Moliner, más conocido por muchas personas con el nombre de Portaceli.
  
En mi memoria, este nombre siempre lo asocié a sanatorio de posguerra, lugar de reposo al que acudían las almas tísicas en busca de aire puro, cuchara colmada y manos entregadas que les proporcionaran un mínimo de esperanza, bien para aferrarse a la tenue luz de la vida, bien para dejarse sorprender por el abrazo de una muerte persistentemente atractiva.
  
Hoy los tiempos han cambiado pero, en esencia, el hospital sigue entregado a los mismos menesteres. Ahora se trata de un Centro para enfermos crónicos, con unidad de Cuidados Paliativos, denominación ésta que, parece ser, sustituye a la de “enfermos terminales” y que es, fonéticamente, menos drástica. Cuenta con un equipo de profesionales de una capacidad humana extraordinaria. En mi caso particular, guardo un grato recuerdo de Pilar, una de las auxiliares cuyo trato con el paciente no termina donde la última cucharada de comida suministrada por ella misma, o con el último cambio de pañal, sino que se prolonga hasta el saber hacer de payaso si la ocasión lo requiere, o a prestar su oído para ser acariciado por los versos del pintor de la cuatrocientos cinco.
  
El patio del hospital es un edén en medio de ese páramo desolado que supone la antesala de la muerte. Cuando llega la tarde, por su jardín pasea sus últimos sueños Carolina, acomodada en la silla de ruedas por su cuidadora. Carolina es muy joven; apenas dieciocho o veinte años, y posee un cuerpo de jilguero y una frágil voz de ruiseñor con la que se dirige a todo aquel con quien se cruza, suplicándole un cigarrillo. Su juventud desahuciada se pasea mezclada con otras almas postradas como ella en silla de ruedas, y que ocultan los vacíos capilares de su cabeza bajo la suavidad y el colorido de la seda del pañuelo con el que se manifiesta la enfermedad que respiran. Aun así, algunas de estas mujeres sonríen. Se muestran satisfechas porque quienes empujan sus sillas son miembros de su familia; hijos, maridos o parientes y amigas que acuden a menudo al hospital para compartir con ellas sus últimas tertulias de sobremesa, y para recordarles que un día tuvieron una vida plena extramuros de este postrer hogar.

También hay quien no halla más compañía que la de su propia soledad. Recuerdo al chico de color que proyectaba su mirada vacía hacia el suelo. Mantenía siempre una mano sobre la otra y nadie empujaba su silla situada frente a la puerta de arco de medio punto, pero era, en cierto modo, un paciente privilegiado porque él podía bajar a la hora del paseo y contemplar a las ardillas correteando por tierra para, a continuación, subir ágilmente por los troncos de los árboles hasta llegar a su cima.
  
No así el pintor con corazón de poeta. No; él no… Él se conformaba con el espectáculo que le ofrecían las palomas deslizándose orgullosas por la barandilla de la terraza. A veces, la familiaridad con el ambiente les permitía caminar sobre sus diminutas patas, y con sus gráciles y cortos pasos, balanceándose con el vaivén de sus cabezas hacia delante y hacia atrás, se arrimaban a los cristales del gran ventanal de la habitación. Era entonces cuando el poeta se asomaba a sus ojos de niño y cruzaba su mirada con la de la paloma; así, en completo silencio, intercambiaban por unos instantes sus pensamientos, de los cuales jamás nadie conocerá ni el más mínimo detalle.
  
Podría contar que, al otro lado de la habitación, Juan ocupaba la otra cama, ésta alejada del ventanal y próxima a la puerta que da directamente al pasillo de la cuarta planta del hospital. Juan no solo no bajaba al patio, sino que, además, no podía ver a las palomas. Él solamente contemplaba su propio dolor que se había instalado en su cuerpo como si de una doble piel se tratara. Nunca recibía visitas; si acaso, un hombre que vino a afeitarlo una vez y que se marchó en cuanto hubo terminado la tarea. Después me enteré de que era su  hijo.

Juan murió una noche. Estaba solo y ya no se quejaba de dolor. A la mañana siguiente hicieron cambios en la habitación. A mi poeta lo cambiaron de sitio. Lo trasladaron a una habitación al otro lado del pasillo donde el paisaje que se observaba desde la terraza era diferente. Ahora, los olivares y la puerta de arco de medio punto habían dado paso a una magnífica vista de la sierra Calderona. El verde matizado de sus montañas más próximas se mezclaba con el azulado de aquellas otras más alejadas.
  
Yo siempre, de niña, veía las montañas azules en vez de verdes, y mi poeta que tan entendido era en colores, me decía que era porque me deleitaba contemplando desde mi balcón aquellas que estaban al fondo de mi horizonte, en la lejanía.  Ahora, ya en mi madurez, y siendo yo quien le tomaba a él la mano, y no al contrario, volvía a contemplarlas azules y así se lo indicaba, pero, a diferencia de aquellos días en los que ambos éramos niños, ya no me respondía. Se limitaba a asentir mediante un gesto de sus ojos. Apenas veía las montañas como tampoco veía a las palomas que acudían hasta la terraza para comerse las migas de pan que Isabel les echaba cuando salía a almorzar.
  
Isabel era la mujer de Pepe –Popeye, como le llamaba Pilar, la auxiliar de quien tan grato recuerdo conservo–. Pepe era un anciano de muy baja estatura, debido no sé si a los estragos del tiempo en sus desgastados huesos o a la postura adquirida, tanto tiempo encamada. Me llamaban la atención sus ojos de mirada extremadamente vivaz e inquisidora, tan diminutos como los de las palomas, y su semblante feliz; aburrido, pero atento y satisfecho. Su demencia le mantenía fuera de la realidad, aun así distinguía perfectamente a cada miembro de su familia. Era él quien ocupaba la cama arrimada al gran ventanal por el que se podía contemplar la vida, aunque no se molestara en hablar con las aves ni en analizar el matiz de los colores de las montañas.
  
Podría contar que, ahora, la cama próxima a la puerta que daba al pasillo de la planta, era la ocupada por mi poeta-pintor. Podría contar que, como Juan, estaba solo; y que como él, ya no sentía dolor;  podría contar que murió solo en mitad de la noche, y podría contar que hubo de nuevo cambios en una habitación de la cuarta planta del hospital de Portaceli en una mañana del mes de septiembre; sin embargo, y a pesar de la distancia que separaba la cama de mi poeta de la terraza y de la que la unía a la puerta, ni estuvo solo, ni careció de dolor, ni murió en mitad de la noche.
  
No; mi poeta-pintor tuvo su mano entre las mías durante las largas horas de travesía; su dolor escapaba a través de sus párpados cerrados, y para atravesar el umbral, esperó a que llegara el nuevo día; y se tomó el tiempo suficiente para que, llegada la hora de la despedida, pudieran situarse uno a uno, alrededor de su lecho, los seres más queridos de su atropellada existencia. Asimismo esperó a que se desprendiera la primera hoja otoñal en uno de aquellos árboles del patio; y esperó a que llegara la lluvia, suave al principio del adiós e impetuosa a mitad de su escapada.
  
Se fue con las primeras horas del otoño, pero nuestra última conversación me acompañaría todavía durante mucho tiempo: Espabílate que salgas pronto de aquí y te vengas ya para casa conmigo, que tenemos mucho que escribir… allí en mi terraza, tomando el sol…
  
Como respuesta, y de nuevo a través de sus ojos de niño, me indicó una inmensa ansiedad afirmativa, y así yo hoy, en solitario, reúno mi afición y mi aflicción en un solo concepto para ofrecerle un poco de aquella poesía que un día me entregara envuelta en papel dorado, en la certeza de que me hacía el mejor de los regalos.




Introducción del poemario: Al pie de la Calderona "Poemas para una ausencia"
Ilustración: Portada de "Al pie de la Calderona". Diseño: Ismael; con pinturas de Blas.



jueves, 31 de mayo de 2012

Desde lo más abajo







Esclava de la tierra que piso y me alimenta
me aferro al lodo tras la lluvia.
Mientras tanto, tú danzas en tus cielos
creyendo poseer la eternidad de aquel
que nos subyuga.
  Mas, aquí en mi suelo
no existe el llanto.
Las miserias se almacenan en las despensas
y con el hambre se mata al hambre
cada día en nuestras mesas.

Cada amanecer, cada primavera
brotan nuevos dioses que vienen a mostrarnos
suaves sendas postreras.
Y con la tarde se marchan tras la decepción
de otras almas...
portando robustas cadenas con las que amarrar las mentes
de aquellos que sólo sueñan.



 Y permanezco en mi mar
sentada tras las dunas que ocultan
mis verdades.
Con ellas me arropo de la brisa
que me trae lejanas voces
de otros cielos...
de otros silencios,
de otras altivas cumbres cubiertas de gloria

No quiero escuchar sus risas
ni quiero observar sus danzas allá en lo alto,
tan sólo quiero tocar la arena
y acariciar con mis dedos su tacto.

Tan sólo quiero sentir
mis pies en la tierra
descalzos…




Del poemario: Desde lo más abajo
Ilustración: Blas, Anacoreta



domingo, 27 de mayo de 2012

EL PATO DOCTORADO. Cap. Final





CAPÍTULO FINAL



Al escuchar las palabras del búho el pato sintió ganas de gritar, pero no pudo articular las palabras. Era espectador de aquellos momentos mas no podía intervenir en ellos porque para hacerlo tendría que ser como uno de aquellos animales, y hacía mucho tiempo que ya no lo era. Comenzó a sentir el peso de la impotencia y su consciencia inició el descenso hacia un abismo oscuro. Algo oprimía sus alas y le impedía abrir los ojos.
Durmió durante días y cuando despertó, reconoció el rostro de uno de los doctores de El Bostezo que, vistiendo su bata blanca, le preguntó cómo se encontraba. El pato miró a su alrededor y comprobó que se hallaba en una habitación del hospital. Recordó vagamente fragmentos de sus últimos momentos, previos al sueño en el cual volaba, y tan sólo pudo recordar que se había excedido en su dosis de droga.
De pronto se sobresaltó al darse cuenta de que su salud andaba muy mal y de que estaba a merced de los compañeros que él tanto conocía; aquellos que ejercían la Medicina entre bostezos. Se sintió indefenso ante ellos y se resignó a esperar el final.
Poco a poco, una sensación muy extraña se fue apoderando de él. Era un dolor inmenso en alguna parte de su cuerpo, pero no podría responder en qué parte de aquel cuerpo estaba situado. Entonces recordó las historias que sobre el alma le contaba un anciano en la antigua clínica, alma que el pato por ser un animal irracional no creía poseer. Sin embargo, ahora sabía que se había equivocado todo el tiempo. Debió de tenerla siempre, pero solamente ahora que le dolía, se percataba de ella.
Y así, con aquel fuerte dolor en el alma, el Pato Doctorado expiró en la fría sala de un hospital rodeado de sus colegas abostezados, aquellos a quienes como a él mismo, la bata blanca les quedaba grande. Comprendió que durante su sueño, poco habrían hecho por devolverle a la vida, pues por la falta de práctica ya no sabían cómo hacerlo y, víctima de aquel sistema racional capaz de volver necios a los cerebros más sabios, se despidió de aquel mundo que tanto hubo admirado.

D. Estal.
Enero de 1999.




A Bárbara, quien, en el transcurso de veinte horas, fue diagnosticada de lumbago y medicada con nolotil por tres facultativos diferentes, dos de atención primaria y uno de la residencia sanitaria, muriendo de madrugada en la puerta de urgencias de dicha residencia, a la que fue llevada por insistencia de su propio marido, que no por iniciativa de los médicos de guardia del ambulatorio del municipio.
Han pasado más de 13 años, y su expediente continúa estancado en uno de los juzgados de la ciudad, debido, sin duda, al exceso de trabajo acumulado por la falta de personal.
Conocida de todos es la lentitud con la que a veces trabaja la justicia, y también la forma en la que esta se administra. De ello tenemos ejemplos más que suficientes, sobre todo en los últimos tiempos.
Nadie dijo nunca: “Lo siento”.