lunes, 23 de mayo de 2016

El VIEJO FARO



Faro de Canet d'en Berenguer


Olvidado del mar permanezco oculto a la mirada del navegante. Privando de libertad al sonido de mi respiración, indisciplinada a estas horas de la tarde.
Nada, al otro lado del espigón, debe advertir del abandono de estos ojos sombríos. Nada, en el exterior de este mundo que a mí se me antoja extraño, debe coincidir en la mañana con la luz primera. Tan solo el aire, generoso, habrá de expandir este rezagado aliento que adivino tras las últimas luces proyectadas —con parpadeo impreciso— sobre el ocaso, viejo terrible que navega usurpando sueños con rumbo desconocido hacia otra costa, hacia otro cielo y otro faro.
Quizá la noche me salga al encuentro y me regale una luna nueva. Una luna que ilumine el camino del marino actual; que emita la claridad suficiente y la distancia precisa; que, sabedora del duelo en las tardes de borrasca, lo devuelva al lecho sin heridas en el pecho y sin dolor en las entrañas.
Mientras tanto, seguiré agazapado tras este parque de asfalto, olvidado de la mar y emérita la mirada, rodeado de neón y silenciado, como el susurro del delta.

 

Fotografía: Luis López algaba -Faro de Canet d'en Berenguer

viernes, 13 de mayo de 2016

Dime, Mar...





Dime, Mar,
¿me estás echando de menos?
Dime que ansías mi presencia de sal
frente a tu orilla,
que extrañas mis huellas
sobre la arena de tu playa
al llegar la luz primera.

Dime, Mar,
si, estando tan cerca,
me sientes tan lejos
como yo te siento,
si te elevas sobre la última ola
para posar tu mirada azul
sobre la inhóspita loma.

Dime, querido Mar,
que esperarás mi abrazo
cuando el cielo se vista de gris
y mi cuerpo sea lluvia
que baila su último sueño.

Dime, Mar...


Imagen: LEH

jueves, 12 de mayo de 2016

La carta



 
 
Cuando finalizó, el sol estaba ya alto. Se había levantado al amanecer y dedicó gran parte de la mañana a descargar sus inquietudes sobre unos folios amarillentos ya por el tiempo.

Comprobó que su caligrafía se perdía en trazos desiguales, torcidos e ilegibles. Cambió su bolígrafo de gel por otro, pero éste no tenía el grosor deseado y se le hacía incómodo mantenerlo entre los dedos. «La pluma» recordó, y se dirigió al cajón donde guardaba sus tesoros. Allí se reencontró con un viejo plumier de madera. «De dos pisos», se dijo a sí misma adivinando una sonrisa en su rostro. Al abrirlo, un aire cargado de diversas emociones se escapó de aquella superficie de color caoba y la envolvió, como el aura envuelve los cuerpos de los místicos.

Bajo aquellas sensaciones de olor a infancia, a madre y a hijos sentados frente al televisor dibujando sus primeras letras, empezó a escribir. Cuando terminó, separó uno de los folios. Lo dobló cuidadosamente, como se doblaban las cartas de amor, lo introdujo en el único sobre que encontró en casa y se vistió para ir a echarlo al buzón. Cuando llegó, comprobó que no llevaba el sello.

 

Finalista en el segundo certamen de microrrelatos «EL BALLET DE LAS PALABRAS»
Imagen: Ismahell.

lunes, 9 de mayo de 2016

Lluvia en la calle



lluvia de Eduard Gordeev.


Llueve a estas horas en la calle
y mis pies resbalan en el lodo de tu puerta
que no abres a mi palabra que te llama.
Mientras tanto yo elevo mi rostro a las nubes
y les canto mi noche
que anhela arrullar tu sueño.


De espaldas a mi cuerpo empapado
hay una acera desierta que grita mi nombre
y la ignoro
como ignoro los peligros del abismo que es tu boca.
Ese abismo por el que quiero deslizarme y descender
hasta lo más profundo de tu memoria.


Llueve a estas horas en la calle
y mis palabras se desvanecen con la lluvia
que me habla de tu indiferencia y me despacha
de tu puerta
         inaccesible
                       e incierta.
 
 
 
De: MOMENTOS EN GRIS
Imagen: EDUARD GORDEEV

 

domingo, 24 de abril de 2016

Paseo hasta la casa del escritor



 
 
 
No hace mucho, en uno de esos paseos que a veces me permito acompañada de mis particulares dioses, caminé muy cerca del mar. Era una mañana de primavera, el Mediterráneo estaba precioso, con sus azules más elegantes difuminándose hasta la línea del horizonte. No hacía viento, pero la brisa se dejaba arrastrar por el perímetro lo justo para que los niños pudieran volar sus cometas.
Yo caminaba siguiendo los pasos de esos, mis dioses,  hacia la casa del escritor, una magnífica casa situada frente a ese mar que es también mi mar. Ya en el interior del inmueble, con una complicidad conocida ya desde hace mucho tiempo, ambas contemplábamos los efectos personales del novelista: sus gafas, pluma, petaca, cuaderno de notas… Pero en la casa había más cosas, eran sus muebles, o parte de ellos. Los elementos decorativos que los ocupaban se nos antojaban a las dos mujeres elementos de reciente adquisición, colocados entre los originales disimuladamente para hacerlos parecer igualmente viejos. Disfrutábamos con toda la información que la Casa Museo ponía a nuestro alcance; nos admirábamos de la capacidad del autor, de la cantidad de obra publicada e ignorada por nosotras. Nos dábamos cuenta y coincidíamos en nuestro criterio acerca del silencio en las aulas: unas veces por su condición de republicano y otras por la de la lengua empleada por su pluma.
No era en eso en lo único que coincidíamos… La conozco y la intuyo —a la mujer que es hoy—, desde hace casi veinte años. Siempre la he considerado una persona especial, la quiero por lo que es, y por lo que siente hacia ese otro ser especial. Ambos lo son. A veces contemplo su mirada en las instantáneas que guardo en mis archivos. Veo a través de ella, de esa mirada, la penetro y veo la tierra en su origen; adivino un halo que la transciende hasta el principio de los tiempos, y hasta más allá del instante presente… y del que está por llegar. Cuando camina es la vida que camina; cuando medita, es la razón que ocupa su materia que medita; cuando dirige la mirada hacia un punto indefinido, se embebe de lo mirado, y lo guarda para sí, aumentando el misterio que nos es negado a quienes la observamos en su contemplación… y entonces recuerdo las palabras pronunciadas, en un día ya lejano, por la voz adolescente que se abre al amor, al primero y más intenso: «¿Verdad que es guapa?» y recuerdo mi respuesta que en nada ha cambiado con el transcurrir del tiempo: «Lo es, vaya si lo es…, “y mucho más que eso”», pensé ya entonces.
El tiempo me dio la razón y ahora continúo caminando, observando sus pasos que, delante de los míos, caminan de la mano.

Y hago como que miro al mar…
 
 
Imagen: LEH - Interior de Casa Museo Blasco Ibañez

lunes, 11 de abril de 2016

Las calles que me caminan


 
 
Me caminan las calles sin nombre
mientras acecha la sombra en cualquiera de sus esquinas.
Se deslizan por encima de mi cuerpo
indiferentes al desgarro de mi piel morena.

Soy un ente pavimentado bajo un cielo
estrecho que se dibuja entre dos fachadas opuestas.
Salen de su letargo,
se desperezan tras la siesta del día festivo.

Susurran mientras me caminan
ajenas a cuanto callo
a cuanto grito
a cuanto ofendo y reprocho

Mis palabras no son de este mundo.
Ellas, las calles que me caminan,
hablan para mis oídos palabras muertas.

Qué más me da lo que digan...
Por no tener no tienen ni nombre
las calles que me caminan.


-De: Poemas del desarraigo- 4.16 LEH-
fotografía: Ismael Murria.

lunes, 4 de abril de 2016

Ajena primavera




Como un río que avanza lento me deslizo ante una nueva primavera. La niebla se fue disipando y las campanas que ayer tocaban a duelo ya hace algún tiempo que fueron enmudeciendo. Tan solo un eco lejano se deja oír de vez en cuando arrastrado por el viento. Los árboles del parque verdean tímidamente y los azahares de las huertas colindantes elevan sus aromas que impregnan el perímetro del pueblo.

Yo me asomo al día con nuevos ojos. Con mirada de ayer que desea alcanzar los viejos horizontes que ya adivino ajenos. No me reconozco en las calles que pisan mis pies cada día. Sus aceras estrechas y su asfalto mal repartido no reconocen tampoco a mis pasos. Soy una intrusa al pie de las colinas que nunca oyeron mi nombre; no pertenezco a su parroquia ni seré cubierta por la tierra de su Campo Santo.

Mi primer llanto no fue un llanto de tierra. Fue un llanto de fuego y de mar, con la fortaleza del hierro, con la maleabilidad que otorga la tibieza de la sangre. Con agua salada fui rociada en pila de piedra bajo un cielo gris cubierto de humo. A veces me he desgarrado por dentro y he salido en busca de las pequeñas cosas, de los detalles mínimos que dotan de vida a lo cotidiano. Así he rematado las costuras de mi piel herida y rota, mi piel morena.

Habito hoy un hogar extraño, silencioso. En él recibo una nueva primavera, rodeada de almas de diferente credo, de vocabulario impreciso, sin naves ni amarres en sus puertos.

Así convivo entre desconocidos que nada saben de mí, que nada sé de ellos… y así me pliego sobre mis propias alas al llegar la tarde, mientras la nueva primavera, perezosa, se acomoda sobre este escenario que en nada me concierne.
 
 
 
Fotografía: -IME- Amanecer desde casa