jueves, 1 de diciembre de 2016

Aún otoño



He transcendido más allá
de mí.
El otoño aún vibra
y corre tras las hojas perdidas.
La luz se vuelve oscuridad
sobre los perfiles
de las lomas...

Ya aguarda la noche.



-De: Poemas del desarraigo-
-Imagen: Blas Estal-

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Noviembre



 
 
 


Hoy arranqué una hoja,
otra vez,
me gustó su sonido
al desprenderse,
su voz distinta,
su color
negro sobre blanco,
me dijo algo cuando pereció
arrastrada junto a los números
impares desprovistos de nombres
—no había nombres para poder llamarte—


Hoy la vida florece
tras la última hoja
y yo tomo asiento
junto a la piedra gris
bañada por el sol manso
de noviembre

 
Ya te espero,
              con la palabra dispuesta…
 
 
De: Poemas de puertas adentro
Imagen: LEH

 

 

martes, 25 de octubre de 2016

A cuento de la poesía




En este paréntesis abierto entre la escritura y el próximo acontecimiento -que espero con alegría- me estoy dedicando a leer textos antiguos.

Aunque lo leído no tiene nada que ver con la poesía, sí me ha venido a la mente algo de lo que comentamos en la última cita poética en la que estuve como invitada. Si no me equivoco, surgió por parte de uno de los asistentes la referencia a la profundidad de muchos poemas, profundidad que nos impide en no pocos casos, llegar a comprenderlos. Extremadamente profundos «o enrevesados» hasta el punto de perderme intentando hallar su significado, yo me conformaba con las palabras que un día me dijera una persona querida: La poesía no hay que entenderla, sino sentirla.

Hasta hace unos cuantos años estuve convencida de que nunca podría aficionarme a este género porque no entraba en mis capacidades el entenderlo. «Qué bueno debe de ser este poema porque no entiendo nada.» dije en más de una ocasión. Tal era mi ignorancia que creí no llegar nunca a leer y disfrutar a los más grandes autores. Sus textos poéticos se me antojaban  adivinanzas, y cuando intentaba escribir yo algún poema ateniéndome al ritmo y la medida, me parecía algo similar a un entretenimiento de sopa de letras o cualquier otro crucigrama. No le encontraba el arte y la belleza por ningún sitio. Los sudokus me entretenían mucho más.

Aún hoy me mantengo en la ignorancia, pero ya no me avergüenzo. Al contrario, ser consciente de ella me sirve para crecer. No me conformo con sentir, también quiero saber el porqué, y si me identifico o no con el poema, con el texto o con la idea de mi interlocutor, sea poeta, pintor, periodista, diseñador o político. No me sirven todas las ideas como no me sirve todo el paño con que se confecciona mi abrigo.

Hoy he leído un ensayo, de esos antiguos. Un ensayo sobre la elocuencia, en el que he subrayado algunas líneas porque me ha llevado a pensar en aquello de:  «Esto debe de ser muy bueno porque no entiendo nada». El autor, en un momento de su discurso viene a decir algo así como que es de una gran torpeza hablar de manera que te entiendan pocos y te admiren muchos, y esos muchos sean ignorantes e idiotas.

Me ratifico en lo que comento al principio de estas líneas: Lo leído en este ensayo nada tiene que ver con la poesía. No obstante no dejo de pensar en ella y asumo las palabras del autor que sí aplico, a día de hoy, a mi modo de verla y hasta de escribirla, cuando me atrevo a ello: Hay que dar a la oración una hermosura natural y no afectada armonía.
El ensayo finaliza con estas palabras que considero bastante interesantes:

Con mucha atención leí
Muy de propósito pensé,
Diligentemente escribí.
 
LAUS DEO
1727

 
 
 
Ilustración: B. Estal
Texto al que hace referencia esta entrada:
Oración que exhorta a seguir la verdadera idea de la elocuencia española - Gregorio Mayans y Siscar (1699-1781) - de la Antología TEXTOS LITERARIOS MODERNOS (SIGLOS XVIII Y XIX) de Margarita Almela Boix.

 

lunes, 3 de octubre de 2016

Pensándote







Estoy aquí en la sala, sola.
Escucho mi música
y escribo: -Ya se desnuda el otoño...-
y miro al silencio a los ojos.

Es una sala grande
vacía y sorda
que espera tu nombre.

La observo largo rato
 
                        y te pienso.


Fotografía: PMB Riodeva (Teruel)


lunes, 19 de septiembre de 2016

Niña invisible



 
 
 



Ya llevo un rato delante del teclado, dispuesta a comenzar un comentario sobre esta lectura. Me resulta difícil, muy difícil. Y eso que subrayé muchas líneas y tomé notas mientras leí de un tirón el libro, ayer por la tarde. Para ser más exacta, he de confesar que los dos primeros capítulos los leí mientras esperaba mi turno para que la autora me lo firmara, allí mismo, en el aula del Casal Jove de Puerto de Sagunto, donde se llevó a cabo la presentación.

Estaba muy interesada sobre lo que Melisa López contaba en lo que me parece una autobiografía novelada. A veces es preciso recurrir a este método para poder sacar a la superficie todos los demonios que llevamos enquistados en las entrañas.

Para mí fue una sorpresa escuchar, previamente a la lectura, parte de lo que más tarde he leído. Ha sido a través de las dos entrevistas que la autora ha concedido, una de ellas para un periódico local. Sorpresa desagradable, he de reconocer. De ahí mi interés en la adquisición de NIÑA INVISIBLE. Hubiera comprado igualmente el libro si no conociera el tema y no hubiera escuchado las entrevistas, ya que Melisa es hija de una amiga, pero quizá no hubiera ido a la presentación a saludarla personalmente.

Mi intención al sentarme a comentar la obra, no era otra que la de contar que la misma trata sobre el maltrato solapado. Ése que no deja señales en el cuerpo, pero que te va anulando poquito a poco, día a día, a pequeñas dosis, sin que nadie del entorno se percate; esa especie de micro violencias que se viven a diario en el interior de no pocos hogares. Muchas mujeres de mi generación las hemos visto, vivido, sentido y padecido. Tal vez no en nuestra propia casa, pero sí en la del vecino.

Debería contar cómo viven esta violencia los niños en la casa: […] Un golpe. Salgo de mis pensamientos. Otra vez no, por favor. Otra vez no.[…]; el aislamiento al que se ve sometida la protagonista Nia; la falta de empatía de su madre hacia ella y cómo justifica lo que no tiene justificación; el modo en que la niña cierra los ojos y busca una nube en la que perderse, para no escuchar los exabruptos del padre, para no oír, una vez llegado el silencio, la reconciliación en la alcoba al otro lado del pasillo.

Entre otras cosas, sería bueno que os dijera que la novela está escrita en un lenguaje adecuado a los niños que cursan la ESO; que Melisa asiste a los institutos a dar charlas sobre este tipo de violencia solapada. Puede —y piensa que es su deber— impartir sus conocimientos sobre el tema a otros niños y niñas, ya que, además de haber sido testigo directo y receptora de esta violencia, es Postgraduada en Género y Políticas de Igualdad por la Universidad de Valencia.  Tampoco me atrevo a calificar la obra como de juvenil, pues a medida que se avanza en la lectura se avanza también hacia la reflexión adulta; a pensar en cómo es posible haber llegado hasta aquí, aceptando lo inaceptable, simplemente por el hecho de verlo todos los días a nuestro alrededor; cómo somos tan necios que llegamos a «cotidianizar» (me permito aquí verbalizar al sustantivo) estos ejercicios de violencia que no dejan moratones en la piel. ¿Es acaso delito que mamá se divierta en una fiesta del barrio mientras papá ha ido con sus amigos a ver el fútbol? A mamá no le gusta cocinar porque llega a casa cansada después de su jornada de trabajo, por eso a veces la cena no está todo lo buena que él quisiera. ¿Es eso motivo para que tire el plato contra el suelo y la increpe con insultos? No, no lo es. Pero como lo hace muchas veces se ha convertido en algo habitual que ya ni nos molesta. O sí nos molesta pero nos lo callamos para que la bronca no vaya a más. En estas ocasiones el golpe no va a la piel, por eso nunca se ve. Ni siquiera la persona que lo recibe es consciente de que está siendo golpeada.

Podría extenderme mucho sobre lo leído y anotado. Pero sigo con la sensación de que no estoy sola mientras escribo. Esa misma sensación la tenía mientras leí la obra, relajada en la tranquilidad de mi casa. Una casa en la que no se estrellan los platos contra el suelo. Y comencé a sentirme culpable. ¿Dónde estábamos las amigas de la madre de Nia mientras en su casa se estrellaba ese plato contra el suelo? ¿En qué momento se separaron nuestras vidas? ¿Por qué cuando volvieron a encontrarse no hubo confidencias?

Yo conocí a Carmen, la madre de Nía, en la adolescencia. Ella tenía entonces catorce años y yo quince. Teníamos muchas afinidades y conectamos enseguida. Íbamos juntas cuando lo conoció a él.  Yo veía en ella a «una joven guerrera». Tenía un carácter fuerte, y cuando se enamoró de su chico se enfrentó a cuantos se opusieron a esa relación. «Era muy joven para tener novio». Pero ella ya había tomado su decisión. Había terminado el colegio y empezó por correspondencia algo relacionado con la Administración. Así podía compaginarlo con alguna jornada en el almacén de cítricos. Tardó poco en dejar esos estudios. Trabajar era la prioridad. Seguía su relación casi a escondidas. Sus amigas no nos metimos tampoco entonces. Lo veíamos normal.

Ambas fuimos creciendo y tomando caminos distintos. Nos veíamos de vez en cuando pero no solíamos ya salir juntas con nuestras respectivas parejas. Sin embargo, nuestros encuentros, aunque esporádicos, nos resultaban muy amenos. Recordábamos cosas que habíamos hecho juntas, nuestros discos de vinilo, nuestras lecturas, nuestros primeros pitillos y salidas a la discoteca de un municipio cercano. En estos encuentros su risa seguía siendo la misma de entonces; es que ella no sonreía sino que reía, y lo hacía con la voz fuerte, sin nada de disimulo.

Se casaron antes que yo. Asistí con mi novio a su boda. Un poco más tarde fueron ellos los testigos de la nuestra. A veces, cuando yo ya no trabajaba fuera de casa, iba a verla con mi bebé. Pero ella sí que trabajaba fuera y, por tanto, no era cuestión de ir a enredarla con mis visitas. Tenía que preparar la comida para el día siguiente y hacer las tareas que yo solía hacer durante el resto del día mientras ella iba a coser a un taller.

Las visitas se interrumpieron, pero la amistad siempre estuvo ahí, como a la espera de un tiempo más oportuno. Y ese tiempo llegó inesperadamente, cuando ya tenían su negocio de hostelería, frente a la antigua ubicación de la Escuela de Adultos. Allí tomábamos el almuerzo las compañeras de mi grupo y cuando podía se sentaba con nosotras. Era una más del grupo en vez de la camarera que nos servía los cafés. Allí la acompañamos en su dolor por la pérdida de su querida hermana, la tía de Nía. Todas lloramos con ella.

Recuperamos el contacto, pero la relación nunca fue igual a la de nuestra juventud. No podía ser, pero algún día volveríamos a tener tiempo para salir juntas, sin los maridos, como dos amigas que se comunican a la perfección. Ella y yo, yo y ella…

Y casi lo logramos. Carmen —Mari Carmen para mí—, cambió de trabajo: Ahora tenían una empresa de servicios, creo que algo relacionado con el encofrado de las construcciones. Yo ahora tenía mucho tiempo libre y había comenzado a escribir. La visitaba en su oficina unos minutos cuando pasaba por la puerta, y la avisé cuando cambié de casa y de municipio. Le expliqué cómo llegar y vino una tarde. Tomamos café y me habló de sus proyectos fuera de España. La vi un poco rara, como nerviosa. Me contó algunos problemas personales, pero ninguno relacionado con su marido. La crisis había llegado y empezaba a cebarse con los más débiles. Cuando se marchó quedamos en que vendrían un día a cenar a casa. Se fue riendo, como se iba siempre. A los pocos meses era ella quien me acompañaba en el dolor por la pérdida de mi querido hermano, a quien conocía y estimaba. Sabía que yo necesitaba salir de casa y organizó a otras amigas para que fuéramos a comer. Yo tenía la escena de la muerte muy presente, pero durante la comida no pensé en su rostro. Comimos en un chino y acabamos tomando el café en otro lugar. Fue una tarde muy bonita. Hablamos muchísimo sobre muchas cosas, pero no de nuestros maridos ni de nuestros hijos. No, no hablamos de chicos, ni de crisis. Volvíamos a ser las amigas de siempre. Habíamos recuperado, por fin, la relación. Nos veríamos más veces. Aprovecharíamos cada vez que viniera la amiga Reme de Zaragoza. Dejamos pendiente la próxima cita.

Era noviembre, quizá Reme vino en Navidad, pero no nos llamamos. Tal vez por eso, por ser Navidad, todas teníamos trabajo añadido. Había que organizar las fiestas con la familia, disimular las penas por los ausentes, vivir, aunque fuera por unos días, sin pensar en los estragos de la crisis ni en ese plato estrellado contra el suelo… Mejor dejar para la primavera nuestra próxima comida, nuestro próximo café.

No pudo ser… Y yo me sentí culpable mientras leía NIÑA INVISIBLE. Y me siento culpable ahora, cuando siento su risa tan cercana, mientras intento, sin conseguirlo, reseñar este pequeño volumen.

 
Imagen: Portada de:
NIÑA INVISIBLE - Melisa López -
Ed. SLOPER (2016)

jueves, 15 de septiembre de 2016

El resplandor

 
 




De repente una luz se abrió paso entre las nubes
el trueno brotó del cielo
y eclipsó el sueño de los vivos

Las gotas de lluvia salpicaron los cristales
cuando con voz de niño
le salió al encuentro en mitad de la noche

Ella se aferró a su mano
-que pensó cercana-
         
y evocó un recuerdo...
 
 
De: POEMAS DEL DESARRAIGO
Ilustración: Blas Estal

miércoles, 7 de septiembre de 2016

El equipo.






Es noche oscura. El grupo no duerme. Yo los imagino frotándose las manos para sentirlas menos entumecidas en el interior de los guantes. No fuman. Tampoco comen mientras están de guardia. La luna hace rato que se perdió tras la amalgama de nubes. Ni una sola luminosidad sobre las aguas que, ahora, dejan escapar sonidos subversivos.
Ellos son la luz que se desliza sobre el horizonte, sobre los caladeros y sobre sus propios rostros. Sus linternas de largo alcance avanzan el resplandor hacia el fondo de la noche, como lo hace la lumbre al final de una oscura calle.
Alguien del grupo ha divisado algo a lo lejos: un objeto flota al antojo del oleaje que a cada instante se hace más intenso. Da la voz de alarma a sus compañeros y todos acuden sin demora a la primera fase del rescate.
Desde las últimas horas de la tarde anterior permanecían a la espera, con todo el material localizado y a mano,  señalizado… Apresuradamente completan sus vestimentas. No hablan, se comunican y dan las órdenes mediante gestos y miradas. Todos saben lo que tienen que hacer, hay que actuar deprisa. 
El foco de la luz se detiene en un punto sobre la superficie indicando a los hombres el lugar exacto. Son hombres fuertes, de complexión atlética, preparados para tareas de salvamento en situaciones duras y difíciles, pero no para ser testigos del drama y sus consecuencias.

Su misión es desoír los gritos de socorro, los gemidos de angustia. Tampoco han de prestar atención a los rostros. Sus objetivos están en el agua y en los bordes de la embarcación… Deben actuar con rapidez. Una vez en tierra firme ya tendrán ocasión de mirar directamente a los ojos y valorar los desperfectos de estos seres humanos arrebatados al mar, obra inacabada y rechazada de un dios perezoso; de cualquier dios de cualquier color y raza, del que existe y del que no.
El equipo ha actuado de nuevo durante la última noche. Ahora están exhaustos, no por la labor realizada, sino por la impotencia ante estas almas, padres, madres e hijos invisibles a las miradas de los dioses en medio de un mar profundo y oscuro.

Imagen: Blas Estal.