miércoles, 4 de diciembre de 2019

Uba como la lluvia





Uba ya ha cerrado las páginas de cuanto libro seleccionó cuando escuchaba caer la lluvia sobre el asfalto. Me invita a un café mientras estira su cuerpo desperezándose tras las horas de lectura. Yo le respondo que me apetece mucho su compañía y ese café calentito, pero que habrá que esperar a otro momento más oportuno.

«Anda, por favor, serán solo unos minutos. La lluvia se aleja y ya no seré la misma cuando el cielo vuelva a cubrirse de azules.», insiste. Yo me acerco hasta la ventana y compruebo que, efectivamente, ya se aprecian claros en el cielo, aunque todavía no se distinguen los azules.

«No puedo, lo siento —le respondo—. Ya hace rato que entró la mañana y hay tareas pendientes». Resignada, me deja sus notas y se aleja.

Ella es lluvia que llega en la madrugada y se marcha cuando los claros se abren dando paso a la mañana. Siempre se despide con la mirada triste de quién no sabe cuándo o si volverá. «Quizá con una nueva borrasca. Ahora la llaman Dana», dice ya desde la calle.

Sobre la mesa, junto a los libros y una taza de café intacta, sus notas y un verso suelto:

«En esta mañana de lluvia mansa, mis notas y un verso a la deriva…
Qué palabra es la que me habita y me seduce
Cuál de todas mis ausencias es la que a estas horas me dirige
En qué lugar dejé olvidado aquel dolor viejo que ya no viste mi cuerpo
Qué nuevo verso se muestra ante mí desnudo en este camino que pasó de ser incierto a expandirse en lo certero»

Se ha ido aferrada a la última nube, porque ella es lluvia, y es un quizá, un acaso y un tal vez. Yo seguiré esperándola en cada madrugada, con sus libros sobre la mesa, con sus notas y un café.


De: Las notas de Uba.
Fotografía, C/Quart -Valencia-



domingo, 1 de diciembre de 2019

Palabras para Julio







Una vez más me visto de noviembre, con esa luz especial de este mes de color gris que a veces me obsequia con un sol espléndido. Y este año lo espero, además, con ansiedad por ese regalo que me trae: esa nueva vida que ya se acerca…

En las redes sociales Leonard Cohen nos hace un guiño con su voz subtitulada

La luz no tardará en llegar y, mientras tanto, noviembre se vuelve aciago en esta tarde de sábado. Yo creí que me traería solo vida… La voz ausente de Leonard Cohen sigue llenando las redes. Los poetas lamentan, lloran su despedida, comparten sus canciones. Yo busco su voz acompañada de imágenes y subtítulos: «El amor mismo se fue…», leo y escucho.

Mis pensamientos divagan: 
Noviembre gris, a veces con la calidez tardía de un sol perezoso.
Yo te espero noviembre con la vida nueva entre los ocres llegando a mi encuentro.

Te ansío, pero una ráfaga de viento helado se introduce como una intrusa por toda mi casa, obligándome a cerrar puertas y ventanas.

Hoy es sábado, y este sábado se torna triste, con esa clase de tristeza que nos envuelve cuando el otoño se lleva algo a destiempo.

Hace solo unas horas, dos besos sonoros en mitad de su rostro silencioso a la espera de un adiós definitivo.

Quise acompañar esos, mis dos besos, con un gran abrazo, de esos muy apretaditos.

No pudo ser. Su cuerpo, tendido, arropado bajo las mantas, lo impidió.

No fue él quien rechazó mi abrazo sino la mordaza del cuerpo ya sin fuerzas. No podía mover ni los párpados. ¿Acaso me oía? Me hubiera gustado tanto que percibiera mi presencia y mi voz…

Al fin solo pudo ser eso: dos besos desde el cariño más profundo, llegados con el tiempo justo antes de la partida.

Con eso me quedo, eso me guardo. Pero también conservo el recuerdo de otros noviembres lejanos. Tan lejanos como el lugar por el que ahora, desde hace apenas dos horas, transita.

Nos quedó un café pendiente y una charla en torno al viejo patio con suelo de cemento y carbureros colgados en sus desniveladas paredes encaladas.

Sí, hoy es un sábado muy triste. A través de los auriculares escucho la voz subtitulada de otra despedida que poco me afecta.

Es un sábado de noviembre que me incita al poema, al verso triste de una nueva elegía.


Apuntes de un mes de noviembre que quedaron traspapelados por algún lugar

Fotografía: IME



miércoles, 27 de noviembre de 2019

Violencia






Durante esta semana se han realizado distintas actividades dirigidas a plantar batalla a la Violencia de Género. A pesar de los obstáculos encontrados en algunas ciudades españolas nada ha parado a las mujeres, nada las ha hecho callar, nada ni nadie las -nos- callará. 

Desde el grupo Tertulia Poética Puerto quisimos unir nuestras voces al grito de «Ni una menos». Lo hicimos como mejor sabemos hacerlo: a través de la poesía. Sacamos nuestra indignación a la calle, invitamos a las amigas a las lecturas, se proyectó poesía visual aportada por Analía, se escenificó un soliloquio, también de su autoría, que la amiga Ángela representó de forma magistral. Y, cómo no, se leyó la rabia y hasta la esperanza. Sí, esperanza por que llegue el día en que estos actos no sean necesarios. 

De Fragua y Yunque no ha querido quedarse al margen de estas actividades. Porque son actividades que denuncian la violencia, ya no solo la que se ejerce directamente contra las mujeres por ser eso, mujeres sin la fuerza bruta suficiente que les permita defenderse de sus asesinos, sino que para imprimirles más dolor, otra violencia, la llamada «vicaria» ha venido a sumarse a la ya sufrida. A esa violencia alude el poema que a continuación trascribo:


¿Hay dolor más grande que el de la muerte
que nos golpea a destiempo?
Sí…
Aquel que llega en pequeñas dosis
El que se instala por acumulación
y permanece en silencio

Esa clase de dolor precisa su neceser:
Mucha base de maquillaje,
el corrector de ojeras,
sombra oscura sobe los párpados,
colorete,
carmín para los labios
y… sobre todo,
gafas de sol muy grandes,
tan grandes que cubran hasta casi los pómulos.
Y no desembarazarse de ellas
aunque caiga una lluvia torrencial
y el sol se esconda a llorar el drama.

Pero aún hay otro peor:
Uno más grande, profundo e insoportable
que no te deja morir
que te mantiene atada a la vida sucia
ruin y cruel:
Es aquel en que tu asesino se divierte mientras te contempla
cuando lo ves descargar la hoja afilada
sobre la piel delicada
sensible
y amada
de los hijos que has parido.

Bien sabe el asesino que no habrá justicia
para su hazaña de macho.

Ahora te sabe vencida con ese dolor…
Un dolor más fuerte
que el dolor de tu propia muerte.




De: Las notas de Uba (En elaboración)
-El cartel es obra de «Mariachu», amiga y miembro del grupo Tertulia Poética Puerto-

lunes, 18 de noviembre de 2019

Ausencia




Como Carmen Martín Gaite,
yo también, un día,
           me soñé muerta.

Al despertar,
no me dolió tanto mi muerte
como la falta de comunicación con mi hijo
          constantemente a mi lado,
                   sin apenas presentirme.


domingo, 3 de noviembre de 2019

Un cigarrillo






Hoy he visitado el cementerio. Lo hago todos los años por estas fechas. Me sitúo frente a los nichos que custodian los huesos de aquellos que más me quisieron y quise: Mi padre y mi madre. Contemplo en silencio los nombres y las fechas tallados en la piedra, las fotos y las flores. En medio de ese silencio, en una calle que no dispone de cipreses grises, intento imaginar más allá de la losa. Me gustaría poder ver esas pequeñas calaveritas, los huesos del cuerpo que un día fue mi refugio…

Alguien escribía esta mañana que cuando nuestros seres queridos dejan de vivir «entre» nosotros pasan a vivir «en» nosotros. Así es. Llegamos a copiar sus gestos, a compartir muchas de sus ideas y con el paso de los años hasta acabamos viéndolos al observar nuestro propio reflejo en el espejo.

Cuando me he despedido de mis padres he paseado por alguna de las calles del viejo cementerio, hoy más florido que el resto del año. He visitado aquellos otros nichos donde reposan los restos de otros familiares y amigos. De alguna manera he querido decirles que tampoco a ellos los olvido. A otros los recuerdo desde casa, en las conversaciones de situaciones pasadas, en mis paseos por la memoria cuando la conduzco a otros días, de juventud, de infancia…  Son esos otros que volaron por encima de la sierra, o que caminaron bajo las olas convertidos en ceniza. Muy especialmente aquel que reposa bajo un algarrobo de porte majestuoso en un lugar privilegiado con vistas al mar.

EL conserje del cementerio ha dado la voz de cierre. Era la hora de volver a casa. En mi camino se ha cruzado una chica joven. La he visto cuando venía de frente: caminaba despacio, con ropa cómoda, demasiado cómoda he comprobado a medida que se acercaba. Su pantalón de chándal clarito le quedaba muy holgado. Todo en ella quedaba holgado. Menos su sonrisa dulce cuando se ha parado ante mí. Una joven guapa, limpia, de larga melena clara, mirada serena y voz casi infantil. Me pedía un cigarrillo. Por un momento me ha parecido ver y escuchar a otra joven, hace más de once años, a la entrada del hospital de Portaceli. Era la misma mirada, la misma fuerza en la voz, el mismo aspecto…

Las señales de los picos por sus brazos…

«Lo siento, bonica, no fumo». Sin abandonar su sonrisa ha seguido su camino. Yo me he venido abajo. «Tan bonica, tan dulce, tan joven… y tan falta ya de vida» He ahogado un sollozo durante todo el trayecto a casa.

Duele la garganta cuando reprimes el llanto que amenaza con escapar. ¡Me ha dolido tanto que hasta he lamentado no fumar!  Y mientras los coches adelantaban por la autovía camino de quién sabe a dónde, me preguntaba una y otra vez si la estarían esperando los padres para comer, si habrá pasado la noche fuera de casa y si habrá pasado frío; si acaso no ha querido asistir a un programa de desintoxicación, si quizá, si a lo mejor, si es que… 

Muchas preguntas que nunca nadie me va a responder y una expresión indignada que no he podido callar: ¡Se tenía que haber cortado las dos manos aquel que le proporcionó el primer pico!

Sigo triste, y sigo también recordando la similitud entre esta chica y la Carolina que, hace ya once años, acomodada en su silla de ruedas, me pidió un cigarrillo en el hospital de Portaceli en una apacible tarde de septiembre.


Fotografía: Lestal.





martes, 15 de octubre de 2019

Qué lejos quedas, Mar






Mientras dormía me ha crecido una música de fondo

Era la voz de mi madre que me apremiaba para que no llegara tarde a mi vida.

«No llegues tarde a tu vida» llegué a escribir yo a mi propia hija en un verso sin ritmo y sin medida.

Desde el otro lado de la ventana se aproxima el alba y el aire arrastra el olor a lluvia por el otro lado de las lomas

Ya casi se adivinan los perfiles de los tejados de las casas de enfrente

El sol no acude hoy  a la cita de cada amanecer y no podré ver cómo mi sombra se interpone entre lo que soy y aquello que, insistentemente, deseas mostrarme desde tu orilla.

               Qué lejos me quedas, Mar.



Fotografía LEH

lunes, 7 de octubre de 2019

En otras horas




En un suelo que es de tierra
tiene hincada la rodilla
jugando con un palito
y la colita cortada
de una cría de lagartija

La mujer del panadero
sueña con la pasarela.
Cuando cree tocar el cielo
cambia tierra por asfalto
y alpargatas por zapatos.

El hombre viejo la mira
desde el banco en que se encuentra
al borde del cementerio.
Están repicando a muerto.
por el dueño de la tienda

Todo el pueblo irá al entierro, 
hasta el perro del vecino
que ahora espera al otro lado
donde montañas de escombros
ocultan un sol incierto

Las azules jacarandas
que tapizan el arcén,
el niño y la lagartija,
el viejo y el panadero,
y su mujer con sus sueños,

la antigua tienda del barrio,
la oficina del notario,
la iglesia y el parvulario,
la libreta del fiado…
               ya son cosas del pasado.


Fotografía: LEH -Tramacastilla