martes, 25 de octubre de 2016

A cuento de la poesía




En este paréntesis abierto entre la escritura y el próximo acontecimiento -que espero con alegría- me estoy dedicando a leer textos antiguos.

Aunque lo leído no tiene nada que ver con la poesía, sí me ha venido a la mente algo de lo que comentamos en la última cita poética en la que estuve como invitada. Si no me equivoco, surgió por parte de uno de los asistentes la referencia a la profundidad de muchos poemas, profundidad que nos impide en no pocos casos, llegar a comprenderlos. Extremadamente profundos «o enrevesados» hasta el punto de perderme intentando hallar su significado, yo me conformaba con las palabras que un día me dijera una persona querida: La poesía no hay que entenderla, sino sentirla.

Hasta hace unos cuantos años estuve convencida de que nunca podría aficionarme a este género porque no entraba en mis capacidades el entenderlo. «Qué bueno debe de ser este poema porque no entiendo nada.» dije en más de una ocasión. Tal era mi ignorancia que creí no llegar nunca a leer y disfrutar a los más grandes autores. Sus textos poéticos se me antojaban  adivinanzas, y cuando intentaba escribir yo algún poema ateniéndome al ritmo y la medida, me parecía algo similar a un entretenimiento de sopa de letras o cualquier otro crucigrama. No le encontraba el arte y la belleza por ningún sitio. Los sudokus me entretenían mucho más.

Aún hoy me mantengo en la ignorancia, pero ya no me avergüenzo. Al contrario, ser consciente de ella me sirve para crecer. No me conformo con sentir, también quiero saber el porqué, y si me identifico o no con el poema, con el texto o con la idea de mi interlocutor, sea poeta, pintor, periodista, diseñador o político. No me sirven todas las ideas como no me sirve todo el paño con que se confecciona mi abrigo.

Hoy he leído un ensayo, de esos antiguos. Un ensayo sobre la elocuencia, en el que he subrayado algunas líneas porque me ha llevado a pensar en aquello de:  «Esto debe de ser muy bueno porque no entiendo nada». El autor, en un momento de su discurso viene a decir algo así como que es de una gran torpeza hablar de manera que te entiendan pocos y te admiren muchos, y esos muchos sean ignorantes e idiotas.

Me ratifico en lo que comento al principio de estas líneas: Lo leído en este ensayo nada tiene que ver con la poesía. No obstante no dejo de pensar en ella y asumo las palabras del autor que sí aplico, a día de hoy, a mi modo de verla y hasta de escribirla, cuando me atrevo a ello: Hay que dar a la oración una hermosura natural y no afectada armonía.
El ensayo finaliza con estas palabras que considero bastante interesantes:

Con mucha atención leí
Muy de propósito pensé,
Diligentemente escribí.
 
LAUS DEO
1727

 
 
 
Ilustración: B. Estal
Texto al que hace referencia esta entrada:
Oración que exhorta a seguir la verdadera idea de la elocuencia española - Gregorio Mayans y Siscar (1699-1781) - de la Antología TEXTOS LITERARIOS MODERNOS (SIGLOS XVIII Y XIX) de Margarita Almela Boix.

 

lunes, 3 de octubre de 2016

Pensándote







Estoy aquí en la sala, sola.
Escucho mi música
y escribo: -Ya se desnuda el otoño...-
y miro al silencio a los ojos.

Es una sala grande
vacía y sorda
que espera tu nombre.

La observo largo rato
 
                        y te pienso.


Fotografía: PMB Riodeva (Teruel)


lunes, 19 de septiembre de 2016

Niña invisible



 
 
 



Ya llevo un rato delante del teclado, dispuesta a comenzar un comentario sobre esta lectura. Me resulta difícil, muy difícil. Y eso que subrayé muchas líneas y tomé notas mientras leí de un tirón el libro, ayer por la tarde. Para ser más exacta, he de confesar que los dos primeros capítulos los leí mientras esperaba mi turno para que la autora me lo firmara, allí mismo, en el aula del Casal Jove de Puerto de Sagunto, donde se llevó a cabo la presentación.

Estaba muy interesada sobre lo que Melisa López contaba en lo que me parece una autobiografía novelada. A veces es preciso recurrir a este método para poder sacar a la superficie todos los demonios que llevamos enquistados en las entrañas.

Para mí fue una sorpresa escuchar, previamente a la lectura, parte de lo que más tarde he leído. Ha sido a través de las dos entrevistas que la autora ha concedido, una de ellas para un periódico local. Sorpresa desagradable, he de reconocer. De ahí mi interés en la adquisición de NIÑA INVISIBLE. Hubiera comprado igualmente el libro si no conociera el tema y no hubiera escuchado las entrevistas, ya que Melisa es hija de una amiga, pero quizá no hubiera ido a la presentación a saludarla personalmente.

Mi intención al sentarme a comentar la obra, no era otra que la de contar que la misma trata sobre el maltrato solapado. Ése que no deja señales en el cuerpo, pero que te va anulando poquito a poco, día a día, a pequeñas dosis, sin que nadie del entorno se percate; esa especie de micro violencias que se viven a diario en el interior de no pocos hogares. Muchas mujeres de mi generación las hemos visto, vivido, sentido y padecido. Tal vez no en nuestra propia casa, pero sí en la del vecino.

Debería contar cómo viven esta violencia los niños en la casa: […] Un golpe. Salgo de mis pensamientos. Otra vez no, por favor. Otra vez no.[…]; el aislamiento al que se ve sometida la protagonista Nia; la falta de empatía de su madre hacia ella y cómo justifica lo que no tiene justificación; el modo en que la niña cierra los ojos y busca una nube en la que perderse, para no escuchar los exabruptos del padre, para no oír, una vez llegado el silencio, la reconciliación en la alcoba al otro lado del pasillo.

Entre otras cosas, sería bueno que os dijera que la novela está escrita en un lenguaje adecuado a los niños que cursan la ESO; que Melisa asiste a los institutos a dar charlas sobre este tipo de violencia solapada. Puede —y piensa que es su deber— impartir sus conocimientos sobre el tema a otros niños y niñas, ya que, además de haber sido testigo directo y receptora de esta violencia, es Postgraduada en Género y Políticas de Igualdad por la Universidad de Valencia.  Tampoco me atrevo a calificar la obra como de juvenil, pues a medida que se avanza en la lectura se avanza también hacia la reflexión adulta; a pensar en cómo es posible haber llegado hasta aquí, aceptando lo inaceptable, simplemente por el hecho de verlo todos los días a nuestro alrededor; cómo somos tan necios que llegamos a «cotidianizar» (me permito aquí verbalizar al sustantivo) estos ejercicios de violencia que no dejan moratones en la piel. ¿Es acaso delito que mamá se divierta en una fiesta del barrio mientras papá ha ido con sus amigos a ver el fútbol? A mamá no le gusta cocinar porque llega a casa cansada después de su jornada de trabajo, por eso a veces la cena no está todo lo buena que él quisiera. ¿Es eso motivo para que tire el plato contra el suelo y la increpe con insultos? No, no lo es. Pero como lo hace muchas veces se ha convertido en algo habitual que ya ni nos molesta. O sí nos molesta pero nos lo callamos para que la bronca no vaya a más. En estas ocasiones el golpe no va a la piel, por eso nunca se ve. Ni siquiera la persona que lo recibe es consciente de que está siendo golpeada.

Podría extenderme mucho sobre lo leído y anotado. Pero sigo con la sensación de que no estoy sola mientras escribo. Esa misma sensación la tenía mientras leí la obra, relajada en la tranquilidad de mi casa. Una casa en la que no se estrellan los platos contra el suelo. Y comencé a sentirme culpable. ¿Dónde estábamos las amigas de la madre de Nia mientras en su casa se estrellaba ese plato contra el suelo? ¿En qué momento se separaron nuestras vidas? ¿Por qué cuando volvieron a encontrarse no hubo confidencias?

Yo conocí a Carmen, la madre de Nía, en la adolescencia. Ella tenía entonces catorce años y yo quince. Teníamos muchas afinidades y conectamos enseguida. Íbamos juntas cuando lo conoció a él.  Yo veía en ella a «una joven guerrera». Tenía un carácter fuerte, y cuando se enamoró de su chico se enfrentó a cuantos se opusieron a esa relación. «Era muy joven para tener novio». Pero ella ya había tomado su decisión. Había terminado el colegio y empezó por correspondencia algo relacionado con la Administración. Así podía compaginarlo con alguna jornada en el almacén de cítricos. Tardó poco en dejar esos estudios. Trabajar era la prioridad. Seguía su relación casi a escondidas. Sus amigas no nos metimos tampoco entonces. Lo veíamos normal.

Ambas fuimos creciendo y tomando caminos distintos. Nos veíamos de vez en cuando pero no solíamos ya salir juntas con nuestras respectivas parejas. Sin embargo, nuestros encuentros, aunque esporádicos, nos resultaban muy amenos. Recordábamos cosas que habíamos hecho juntas, nuestros discos de vinilo, nuestras lecturas, nuestros primeros pitillos y salidas a la discoteca de un municipio cercano. En estos encuentros su risa seguía siendo la misma de entonces; es que ella no sonreía sino que reía, y lo hacía con la voz fuerte, sin nada de disimulo.

Se casaron antes que yo. Asistí con mi novio a su boda. Un poco más tarde fueron ellos los testigos de la nuestra. A veces, cuando yo ya no trabajaba fuera de casa, iba a verla con mi bebé. Pero ella sí que trabajaba fuera y, por tanto, no era cuestión de ir a enredarla con mis visitas. Tenía que preparar la comida para el día siguiente y hacer las tareas que yo solía hacer durante el resto del día mientras ella iba a coser a un taller.

Las visitas se interrumpieron, pero la amistad siempre estuvo ahí, como a la espera de un tiempo más oportuno. Y ese tiempo llegó inesperadamente, cuando ya tenían su negocio de hostelería, frente a la antigua ubicación de la Escuela de Adultos. Allí tomábamos el almuerzo las compañeras de mi grupo y cuando podía se sentaba con nosotras. Era una más del grupo en vez de la camarera que nos servía los cafés. Allí la acompañamos en su dolor por la pérdida de su querida hermana, la tía de Nía. Todas lloramos con ella.

Recuperamos el contacto, pero la relación nunca fue igual a la de nuestra juventud. No podía ser, pero algún día volveríamos a tener tiempo para salir juntas, sin los maridos, como dos amigas que se comunican a la perfección. Ella y yo, yo y ella…

Y casi lo logramos. Carmen —Mari Carmen para mí—, cambió de trabajo: Ahora tenían una empresa de servicios, creo que algo relacionado con el encofrado de las construcciones. Yo ahora tenía mucho tiempo libre y había comenzado a escribir. La visitaba en su oficina unos minutos cuando pasaba por la puerta, y la avisé cuando cambié de casa y de municipio. Le expliqué cómo llegar y vino una tarde. Tomamos café y me habló de sus proyectos fuera de España. La vi un poco rara, como nerviosa. Me contó algunos problemas personales, pero ninguno relacionado con su marido. La crisis había llegado y empezaba a cebarse con los más débiles. Cuando se marchó quedamos en que vendrían un día a cenar a casa. Se fue riendo, como se iba siempre. A los pocos meses era ella quien me acompañaba en el dolor por la pérdida de mi querido hermano, a quien conocía y estimaba. Sabía que yo necesitaba salir de casa y organizó a otras amigas para que fuéramos a comer. Yo tenía la escena de la muerte muy presente, pero durante la comida no pensé en su rostro. Comimos en un chino y acabamos tomando el café en otro lugar. Fue una tarde muy bonita. Hablamos muchísimo sobre muchas cosas, pero no de nuestros maridos ni de nuestros hijos. No, no hablamos de chicos, ni de crisis. Volvíamos a ser las amigas de siempre. Habíamos recuperado, por fin, la relación. Nos veríamos más veces. Aprovecharíamos cada vez que viniera la amiga Reme de Zaragoza. Dejamos pendiente la próxima cita.

Era noviembre, quizá Reme vino en Navidad, pero no nos llamamos. Tal vez por eso, por ser Navidad, todas teníamos trabajo añadido. Había que organizar las fiestas con la familia, disimular las penas por los ausentes, vivir, aunque fuera por unos días, sin pensar en los estragos de la crisis ni en ese plato estrellado contra el suelo… Mejor dejar para la primavera nuestra próxima comida, nuestro próximo café.

No pudo ser… Y yo me sentí culpable mientras leía NIÑA INVISIBLE. Y me siento culpable ahora, cuando siento su risa tan cercana, mientras intento, sin conseguirlo, reseñar este pequeño volumen.

 
Imagen: Portada de:
NIÑA INVISIBLE - Melisa López -
Ed. SLOPER (2016)

jueves, 15 de septiembre de 2016

El resplandor

 
 




De repente una luz se abrió paso entre las nubes
el trueno brotó del cielo
y eclipsó el sueño de los vivos

Las gotas de lluvia salpicaron los cristales
cuando con voz de niño
le salió al encuentro en mitad de la noche

Ella se aferró a su mano
-que pensó cercana-
         
y evocó un recuerdo...
 
 
De: POEMAS DEL DESARRAIGO
Ilustración: Blas Estal

miércoles, 7 de septiembre de 2016

El equipo.






Es noche oscura. El grupo no duerme. Yo los imagino frotándose las manos para sentirlas menos entumecidas en el interior de los guantes. No fuman. Tampoco comen mientras están de guardia. La luna hace rato que se perdió tras la amalgama de nubes. Ni una sola luminosidad sobre las aguas que, ahora, dejan escapar sonidos subversivos.
Ellos son la luz que se desliza sobre el horizonte, sobre los caladeros y sobre sus propios rostros. Sus linternas de largo alcance avanzan el resplandor hacia el fondo de la noche, como lo hace la lumbre al final de una oscura calle.
Alguien del grupo ha divisado algo a lo lejos: un objeto flota al antojo del oleaje que a cada instante se hace más intenso. Da la voz de alarma a sus compañeros y todos acuden sin demora a la primera fase del rescate.
Desde las últimas horas de la tarde anterior permanecían a la espera, con todo el material localizado y a mano,  señalizado… Apresuradamente completan sus vestimentas. No hablan, se comunican y dan las órdenes mediante gestos y miradas. Todos saben lo que tienen que hacer, hay que actuar deprisa. 
El foco de la luz se detiene en un punto sobre la superficie indicando a los hombres el lugar exacto. Son hombres fuertes, de complexión atlética, preparados para tareas de salvamento en situaciones duras y difíciles, pero no para ser testigos del drama y sus consecuencias.

Su misión es desoír los gritos de socorro, los gemidos de angustia. Tampoco han de prestar atención a los rostros. Sus objetivos están en el agua y en los bordes de la embarcación… Deben actuar con rapidez. Una vez en tierra firme ya tendrán ocasión de mirar directamente a los ojos y valorar los desperfectos de estos seres humanos arrebatados al mar, obra inacabada y rechazada de un dios perezoso; de cualquier dios de cualquier color y raza, del que existe y del que no.
El equipo ha actuado de nuevo durante la última noche. Ahora están exhaustos, no por la labor realizada, sino por la impotencia ante estas almas, padres, madres e hijos invisibles a las miradas de los dioses en medio de un mar profundo y oscuro.

Imagen: Blas Estal.

lunes, 29 de agosto de 2016

Refugiamos




Hace unos días compré un libro de poemas. Al comprarlo no solo quería leerlo. También quería colaborar con el proyecto solidario que llevó a su publicación. No entiendo las políticas, ni las guerras, ni a los hombres que se lucran con ambas. Pero de miradas sí entiendo algo, y muchas de las que contemplo me duelen profundamente.

En una ocasión se me calificó de «buenista demagoga». Quienes me aplicaron este calificativo lo hicieron porque donde yo veía miradas que me dolían, ellos veían invasores. Yo sentía compasión ante aquellos ojos; quienes me llamaban buenista, miedo.  De esto ha pasado más de un año y cada uno seguimos con nuestra mochila de sentimientos: unos, a día de hoy, con su tragedia; otros, con su particular miedo a que en unos años aquellos sean más numerosos y releguen su credo al abismo; y yo, con la misma impotencia.

Por aquellos días me erguí, di la espalda a quienes en los foros se reían de mi compasión. Los dejé allí, comentando entre risas escritas acerca de las voces que se alzaban en apoyo de quienes buscaban refugio al otro lado del mar. Escribí mi pena, como tantas otras veces, la compartí con otros observadores de miradas dramáticas, con aquellos que tampoco entienden las políticas, las guerras y a quienes se lucran con ambas.

A veces compro bolígrafos, envío mensajes por teléfono con fines recaudatorios para esta u otras causas, o compro algún dibujo…

…Hace unos días compré un librito de poemas. Lo han titulado REFUGIAMOS, y en él han colaborado las editoriales Lastura Ediciones y Editorial Juglar. La coordinadora del proyecto ha sido Graciela Zárate Carrió, la cubierta es obra de Goccedicolore y las ilustraciones interiores de Tulia Guisado y Josep Grifoll. Los textos han corrido a cargo de un gran número de poetas, aunque al finalizar la lectura de esta obra he comprobado que no solo hay poesía, sino también artículos y relatos breves. Cada uno de ellos ha contemplado, como yo, el dolor de estas miradas. Y cada uno de ellos se ha dolido con ellas. Son hombres y mujeres que han realizado sus aportaciones a REFUGIAMOS mientras el sabor de la tragedia les lamía las entrañas.

¿Buenistas demagogos? Solo he leído a personas que han puesto su pluma o teclado al servicio de una causa que está clamando al cielo desde hace ya mucho tiempo. ¿Acaso no es eso lo que hacen los poetas? ¿Denunciar las injusticias?

REFUGIAMOS no hará caja, hará esperanza. Esperanza que navega para extender los brazos en un Mediterráneo, en la oscuridad de la noche o en las primeras luces al alba. Los encargados de alargar los brazos son los voluntarios de PROACTIVA OPEN ARMS, organización sin ánimo de lucro que mediante tareas de salvamento y socorrismo está ayudando a los refugiados que llegan a las costas griegas. A ellos está asignada la recaudación íntegra obtenida por la venta de este libro. Estoy segura de que sabrán darle un buen empleo.

Entre estas páginas he reconocido al instante la pluma y las formas de poetas conocidas, pero a la hora de entresacar y transcribir algunos de los versos, en esta ocasión me he decantado por acercaros un fragmento del prólogo que firma Miguel Ángel Blanco. Prólogo al que acabo de dedicar una segunda y reposada lectura.

[…] Sobre las tragedias de los refugiados de todo el mundo siempre surge la poesía, la literatura, el poder de palabra que se rebela y reconstruye imágenes, historias, ideas, sensaciones. La ficción desmenuza las tragedias de la realidad y las pone ante nuestras miradas de tal forma que nadie pueda mirar a otro lado. Y desde esa ficción, que no engaña, resurge la verdad de lo posible. Para que ninguna conciencia pueda esconderse. De ahí, el sentido de Refugiamos, con autores de muchos lugares. En cada creatividad, en cada relato, en cada poesía, en cada escenario, surge una mano tendida para construir un gran puente de acogida. […]

 
Imagen: portada de REFUGIAMOS

jueves, 25 de agosto de 2016

La casa



 

La gente aprovecha las vacaciones para leer, y yo para «no leer». Reconozco que no es lo único que hago contra corriente, por lo menos entre mi gente más cercana.

El mes de agosto lo dedico a salir a pasear por las veredas de los ríos, visitar pueblos con calles empinadas y empedradas o acercarme hasta la playa: esa playa casi desierta a las diez de la mañana —porque carece de arena fina—, que tiende a mis pies un vasto lecho de piedras viejas y erosionadas. Piedras acariciadas tal vez a través del tiempo por manos ajenas que, como las mías, se hacen una y mil preguntas mientras repasan su superficie con las yemas de los dedos.

Mis agostos se parecen mucho unos a otros, a excepción de los correspondientes a los años 2001 y 2008; aquéllos fueron meses para la tristeza, el llanto y la incertidumbre. El presente, de nuevo, ha sido para la armonía y la esperanza, para las excursiones y las visitas recibidas o realizadas.

Aún tengo mucho calor, cada año más que el anterior, pero me siento viva: viva en la calle, en la casa, en la terraza, con mi gente… Quizá es por eso por lo que prescindo de la lectura, de la música, del cine y hasta de la poesía. Y es que la lectura la hallo en esas piedras pulidas de la playa y en las veredas de esos ríos; la música, en el sonido que producen las olas en su viaje de ida y vuelta hasta la orilla, y en el que me regala el curso del agua desde cualquiera de los cauces que visito en los pueblos del interior; así como en las voces de los niños que juegan en el parque y en el canto en las cigarras que me alertan de las temperaturas de las próximas horas, desde lo alto de la arboleda.

El cine y el teatro me llegan a través de las películas, a veces en blanco y negro, y de las puestas en escena que la misma familia y amigos representan para mi deleite. A cada uno de ellos los contemplo con la mirada de quien la proyecta sobre el personaje principal de un film interesante. Ellos son en todo momento los principales protagonistas de sus reacciones, de sus anécdotas o de las de nuestros queridos ausentes… Ausencias que siempre acaban asomándose hasta casi hacerse presentes físicamente, cuando recordamos agostos viejos, alamedas y onomásticas a golpe de calor con el abanico en la mano. Y así, en el conjunto de toda esta amalgama de sensaciones, es donde la poesía cobra el mayor protagonismo.

Pero la rueda gira y agosto toca a su fin. Para ir entrando en ambiente organizo la agenda de cara al próximo curso que este año viene con una novedad muy importante, ya que el otoño traerá una nueva vida a la mía. Pero de eso hablaré largo y tendido cuando llegue el momento. Ahora aún no. Ahora lo que procede es introducirme poco a poco en el ambiente, y qué mejor que hacerlo de la mano de la lectura.

La obra seleccionada es LA CASA, de Paco Roca. Me la ha recomendado una persona que me conoce muy bien y sabe de mi admiración por los ilustradores. Y si las ilustraciones van acompañadas de un buen texto, mejor que mejor. En LA CASA hay muchas. Toda la obra está compuesta por viñetas con dibujos y  el correspondiente texto, pues se trata de un cómic. En mi opinión, un cómic extraordinario. No creí que pudiera llegar al final de su lectura porque a veces este formato me cansa mucho la vista. Pero a partir de la segunda página y unas cuantas viñetas ya estaba enganchada.

El autor narra una historia habitual, carente por completo de sobresaltos, emoción o sorpresa. Ni tan siquiera es una historia aburrida o divertida. Se trata simplemente de lo que acontece en una casa en la que un par de hermanos y una hermana se reúnen tras la muerte del padre. La casa era la segunda vivienda donde la familia pasaba los fines de semana y las vacaciones. Está deshabitada y ninguno de los hijos tiene interés por ella, por lo que deciden reunirse para asearla previamente a su venta a través de una inmobiliaria.

Me ha sorprendido mucho la forma en que he identificado esa casa con las muchas que veo en mis paseos a pie de sierra; incluso con alguna que he visitado en las playas de Corinto o Almarda, construidas de espaldas a las dunas y ocultas por la vegetación del otro lado de un humilde muro. He reconocido en cada una de sus viñetas a familiares muy cercanos en los momentos en que, con gran trabajo y sacrificio, compraron sus parcelas al pie de la Calderona o de la Espadán; cómo fueron levantando las casas ladrillo a ladrillo, primero una estancia y luego su división en habitaciones, la balsa donde refrescarse en el verano, la pequeña huerta en la que entretenerse los fines de semana y tras la jubilación…

Con tristeza he identificado también el modo en que, con el paso del tiempo, aquél que con tanto esfuerzo levantara su pequeño lugar de descanso, ha perdido la capacidad de disfrutarlo, comprobando cómo la huerta se ha quedado yerma, la balsa vacía y… los sueños ocultos en algún lugar muy atrás de la mirada.

Los viejos mueren y los hijos no pueden, o no desean, seguir haciéndose cargo de ese inmueble entre la arboleda. Es mucho el trabajo y mucha la inversión que requiere su mantenimiento. Pero quién sabe, a veces el regreso y un paseo por cada una de las estancias permite reencontrarse con uno mismo; con aquella tomatera que ayudábamos a plantar, con aquel día en que la balsa se cubrió de agua para regalarnos el primer baño, mientras la paella se terminaba de hacer en el paellero de leña, en su rincón construido a propósito con ese fin.

Si tuviera que dedicar este texto, a día de hoy lo dedicaría, sin duda, a Julio. Pero he reconocido a muchos otros Julios en estas páginas.

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Sobre el autor:

Paco Roca (Valencia 1969) es el autor, tanto de los guiones como de las ilustraciones de LA CASA (Astiberri Ed. 2015).

Entre sus obras: El faro, Arrugas (Premio Nacional del Comic 2008 y Goya al mejor guion en 2012 de la versión al cine), Las calles de arena, El invierno del dibujante, Memorias de un hombre en pijama…

Estas son solo una muestra pero hay más, y muchas de ellas han sido galardonadas en distintos certámenes y salones. Asimismo ha sido ilustrador de films de animación. Con Los surcos del azar ganó, entre otros, el premio Zona Cómic y el de mejor obra nacional del Salón del Cómic de Barcelona 2014.

 
Fotografía: -LEH- portada de LA CASA