miércoles, 5 de febrero de 2020

La carrera





En nada nacerá un nuevo paisaje
Lo anuncia la luz que entra por la ventana
Y la voz del gorrioncillo que en el nido habita

Apremia la arena en este reloj antiguo
Se desprende apresurada
Antes que alcance el vacío…

Uba unta su tostada mientras yo me abrazo a Lorca. «El viento en las vidrieras no me alcanza» y no altera mi ánimo el volumen de las hojas muertas en el suelo del parque. Siempre de lluvia y a veces de otoño, mi invitada muda su piel como las ramas que se desnudan en la copa del árbol.

Parece no haber ya inviernos. La nieve escasea. Arriba en la montaña la tierra del suelo se endurece, y el camino se muestra propicio para la próxima carrera. Las aves huirán despavoridas a otros cielos vecinos; los corazones de los animalillos del bosque palpitarán bruscos y desorientados en las oquedades de los riscos y de los troncos más viejos; los pequeños insectos y las florecillas silvestres que bordean el barranco, marchitos sus colores, perecerán bajo el peso devastador de las suelas que calzan los corredores de la montaña…

Uba adivina la tragedia en el bosque. Impotente toma su café y su tostada untada de mieles y tristeza. Yo, impotente también, la observo, poso mi mano en su hombro y me vuelvo con Lorca a mi butaca.


Fotografía: LEH



lunes, 3 de febrero de 2020

En el ancho camino




EN EL ANCHO CAMINO
JOSÉ MANUEL PEDRÓS
Ed. Olé Libros -2019-

Kefá el romano, El último conde, El códice de María Magdalena, El silencio de Consolación y En el ancho camino. Estos son los libros de este autor —y amigo— que comparten espacio en mi estante de las novelas. Pero hay más, muchos más, ya que José Manuel Pedrós lleva años escribiendo y cuenta con mucha y variada obra: Poesía, relato corto, viajes, artículos…

Entre sus novelas, a la última que cito: En el ancho camino, he dedicado mi tiempo de lectura durante la última semana. En ese tiempo he transitado por la vida de Juanjo, desde sus primeros años hasta sus reflexiones de hombre maduro en su mesa de despacho con orientación al mar.

Para que pudiéramos acceder al Juanjo protagonista, Pedrós, una vez más, como es habitual en su narrativa, ha desmenuzado el detalle descriptivo. Para comenzar la historia que nos llevará hasta el escenario principal de la obra nos pone primero en antecedentes sobre los orígenes del personaje principal, una especie de árbol genealógico que nos permita identificar cada eslabón de los acontecimientos que más tarde se suceden: el pueblo, las tierras, la familia y la diseminación de esta por otros municipios y provincias cercanas hasta fijar el escenario de la novela en la ciudad de Alicante.

Es allí, en Alicante, donde el personaje cobra fuerza. Allí vive, en el seno de una familia acomodada, dueña, por azares del destino de una importante empresa de calzado. La época es óptima para esta clase de negocio en una España que todavía sobrevive con sus propios recursos. Lejos quedaban aún en el tiempo las reconversiones industriales y los convenios comerciales con otros países que darían al traste con más de una de estas empresas.

En ese ambiente de relajada comodidad crece Juanjo: colegio, amigos, vacaciones en el pueblo en compañía de su abuela y, llegado el momento, los ratos de asueto y formación en el grupo católico de la parroquia

Pero algo no acaba de cuadrar en aquella España de los Veinticinco años de paz. Es cuando el joven deja el domicilio paterno para ir a estudiar a Valencia, cuando se encuentra de frente con los problemas que hasta entonces le habían pasado desapercibidos. Allí, en la Universidad, conoce nuevos amigos, y hablan, y reflexionan acerca «de lo que no se ve a simple vista» en esa España de paz maravillosa, playas de ensueño y guateques juveniles. Conoce de primera mano las manifestaciones a pie de calle, y aunque no se manifiesta en primera línea de pancarta, sí forma parte de las protestas estudiantiles que han de salir corriendo con la llegada de Los grises. Los testimonios de sus compañeros torturados en las dependencias policiales, el abuso y la impunidad con que esta policía se entrega a su trabajo y las lecturas clandestinas que compagina con esas otras de los apuntes de su carrera de Económicas, van afianzando en Juanjo su personalidad adulta.



La lectura me ha resultado muy cómoda y no me ha dejado indiferente. Narrada en primera persona, no se trata de una obra autobiográfica. Sí que es verdad —en palabras del autor—, que muchas de las escenas y acontecimientos que describe están basadas en hechos reales que conoció de primera mano, o descubrió por parte de otras personas cuando se documentó previamente al proceso de redacción. Sin embargo, y esta es mi opinión personal, creo que siempre queda algo de nosotros mismos entre las páginas de nuestros libros. Quizá inconscientemente. Yo que conozco a Pedrós desde hace unos años, he creído ver en el personaje de su novela ese rasgo de serenidad y solidaridad que a menudo he observado en él cuando hemos coincidido. Solidaridad que pone de manifiesto una vez más al colaborar con DISCAMP-MORVEDRE, colectivo de discapacitados de la comarca a quienes van dirigidos los beneficios económicos por la venta del libro.




martes, 21 de enero de 2020

Oda a una borrasca


Playa Puerto Sagunto
 Vicente Cuenca Valiente



Llevo dos días esperando a Uba. Hoy tampoco estaba cuando me he levantado. No había nota sobre la mesa. Después, cuando ya he desayunado —a solas—, he mirado en el buzón y allí estaba: húmeda, muy bien doblada en el interior de un sobre de color ceniza; la letra clara, tal vez alegre.

«Observa –decía- la mañana lluviosa, el parque anegado.
Hoy voy a bailar sobre la cresta de la ola más grande,
de la ola más brava.
Deja que tu casa permanezca en silencio,
que el hombre duerma
y que el libro se quede abierto por donde le plazca;
Que el polvo sobre la superficie de los muebles te sonría
y que la radio enmudezca.
Solo los cristales de los ventanales deberán llorar,
pero con llanto gozoso mirando a las lomas.
Allá, al otro lado, mi mar se rebela.
Corre hacia las calles vacías de gente.
Dejó de dolerle el corazón,
vuelve a latirle el alma y danza su cuerpo de agua.
Se derrama entera sobre las escuelas y plazas.
Nada la detiene. Se siente guerrera.
Llegó con las nubes y el viento hasta lo alto de la sierra,
su mirada de hielo y su mano férrea;
Su voz un rugido en medio de la noche
y su lengua…

¡Ay si su lengua tuviera la fuerza y la voz que se precisa
para gritar las palabras que nacen de las entrañas
de las mujeres más fieras!»

Uba me ha regalado su «oda a la borrasca con nombre de mujer». Para ella es una fiesta grande. Llueve en la costa, llueve en las calles de la ciudad y llueve en los cerros. En la costa es una lluvia dañina, vengativa…
Los niños van con sus paraguas y botitas al colegio; sus mamás, sus papás y sus abuelos con chubasqueros. Algunos van hasta la misma puerta del colegio en coche. Mojarse bajo la lluvia y chapotear en los charcos es contraproducente y anacrónico. Unos se quejan del mal tiempo, otros le sonríen, aunque son los menos.
Es enero, llueve, hace frío y en algunos puntos nieva. ¿Merece eso una queja?


 Fotografía: Por gentileza de Vicente Cuenca Valiente
 -Playa Puerto de Sagunto, temporal 20/1/20

miércoles, 11 de diciembre de 2019

Unas notas de Uba






La mañana invita al paseo. Luce el sol, tímido y sereno. Uba sigue sin venir. Prefiere los días de lluvia, pero yo tengo su cuaderno. Lo leo de forma aleatoria, sin el orden de sus páginas. Lo introduzco en mi bolso de tela, junto con las llaves y el monedero; también incluyo la cámara de fotos. Hoy prescindo del móvil, no quiero que nada perturbe mi paseo.

Rodeo la huerta y llego hasta la zona de El Calvario. Es un lugar tranquilo, idóneo para la lectura y el recogimiento. No obstante, desestimo el acomodo en el recinto. El sol no calienta lo suficiente, hace frío de invierno, aunque aún faltan unos días para el solsticio, y decido caminar un poco más.

Vuelvo a casa por el camino del río, disfrutando del paisaje que me ofrece la sierra. Me detengo un instante para dirigir el objetivo de la cámara hacia los perfiles montañosos. En algún momento varío su dirección hacia el curso del río; adivino su desembocadura, pero está lejos, demasiado del lugar en que me encuentro. Aunque quisiera no podría fotografiar el cauce seco del delta. No importa, lo llevo asido a mí misma, igual que lo lleva Uba. Ella es lluvia y es mar, y es río que recorre valles entre montañas, y es la tierra húmeda de los caminos viejos. Me lo recuerda en sus notas que me acompañan esta mañana en mi paseo.

Escribe esas notas desde hace muchos años. Desde que la conozco. Hoy las leo en mi regreso a casa, mientras tomo el segundo café de la mañana…

«Cuando comencé la primera novela, inconscientemente, me puse a escribir narrando en tercera persona. Fue sobre la vida de un muchacho y no sobre la de una muchacha. Escribí con piel de hombre. Después, cuando escribí la segunda, narré en primera persona y volví a escribir desde la piel de hombre. Y cuando llegó la tercera, también inconscientemente, me desprendí de la piel adquirida al coger la pluma. Ahora lo hacía desde mi propia piel. Narraba en primera persona, desde dentro de la mujer que soy.

Y llegó la poesía, con su infinitud de sensaciones, de terminaciones nerviosas, de caricias y susurros…Desde mis silencios de mujer, desde mis miedos de mujer, desde mi ira de mujer arrebatada…»

Los pies se me han quedado fríos. El invierno se acerca y agradezco el calor del hogar. Guardo las notas de Uba en el cajón del escritorio. Junto a la poesía de otras horas. Tal vez mañana, o quizá pasado; quién sabe si en una madrugada inesperada la encuentre de nuevo junto al fuego, empapada por la lluvia, despojándose de su propia piel y de sus notas inacabadas.


Fotografía LEH -Calvario-


lunes, 9 de diciembre de 2019

Del desarraigo





Como un río que avanza lento, me deslizo ante una nueva primavera. La niebla se fue disipando y las campanas que ayer tocaban a duelo ya hace algún tiempo que fueron enmudeciendo. Tan solo un eco lejano se deja oír de vez en cuando arrastrado por el viento. Los árboles del parque verdean tímidamente y los azahares de las huertas colindantes elevan sus aromas que impregnan el perímetro del pueblo.


Yo me asomo al día con nuevos ojos. Con mirada de ayer que desea alcanzar los viejos horizontes que ya adivino ajenos. No me reconozco en las calles que pisan mis pies cada día. Sus aceras estrechas y su asfalto mal repartido no reconocen tampoco a mis pasos. Soy una intrusa al pie de las colinas que nunca oyeron ni nombre; no pertenezco a su parroquia ni seré cubierta por la tierra de su Campo Santo.

Mi primer llanto no fue un llanto de tierra. Fue un llanto de fuego y de mar, con la fortaleza del hierro, con la maleabilidad que otorga la tibieza de la sangre. Con agua salada fui rociada en pila de piedra bajo un cielo gris cubierto de humo. A veces me he desgarrado por dentro y he salido en busca de las pequeñas cosas, de los detalles mínimos que dotan de vida a lo cotidiano. Así he rematado las costuras de mi piel herida y rota, mi piel morena.

Habito hoy un hogar extraño, silencioso. En él recibo una nueva primavera rodeada de almas de diferente credo, de vocabulario impreciso, sin naves ni amarres en sus puertos.

Así convivo entre desconocidos que nada saben de mí, que nada sé de ellos… y así me pliego sobre mis propias alas al llegar la tarde, mientras la nueva primavera, perezosa, se acomoda sobre este escenario que en nada me concierne.


EPISODIOS COTIDIANOS -Libro primero-



miércoles, 4 de diciembre de 2019

Uba como la lluvia





Uba ya ha cerrado las páginas de cuanto libro seleccionó cuando escuchaba caer la lluvia sobre el asfalto. Me invita a un café mientras estira su cuerpo desperezándose tras las horas de lectura. Yo le respondo que me apetece mucho su compañía y ese café calentito, pero que habrá que esperar a otro momento más oportuno.

«Anda, por favor, serán solo unos minutos. La lluvia se aleja y ya no seré la misma cuando el cielo vuelva a cubrirse de azules.», insiste. Yo me acerco hasta la ventana y compruebo que, efectivamente, ya se aprecian claros en el cielo, aunque todavía no se distinguen los azules.

«No puedo, lo siento —le respondo—. Ya hace rato que entró la mañana y hay tareas pendientes». Resignada, me deja sus notas y se aleja.

Ella es lluvia que llega en la madrugada y se marcha cuando los claros se abren dando paso a la mañana. Siempre se despide con la mirada triste de quién no sabe cuándo o si volverá. «Quizá con una nueva borrasca. Ahora la llaman Dana», dice ya desde la calle.

Sobre la mesa, junto a los libros y una taza de café intacta, sus notas y un verso suelto:

«En esta mañana de lluvia mansa, mis notas y un verso a la deriva…
Qué palabra es la que me habita y me seduce
Cuál de todas mis ausencias es la que a estas horas me dirige
En qué lugar dejé olvidado aquel dolor viejo que ya no viste mi cuerpo
Qué nuevo verso se muestra ante mí desnudo en este camino que pasó de ser incierto a expandirse en lo certero»

Se ha ido aferrada a la última nube, porque ella es lluvia, y es un quizá, un acaso y un tal vez. Yo seguiré esperándola en cada madrugada, con sus libros sobre la mesa, con sus notas y un café.


De: Las notas de Uba.
Fotografía, C/Quart -Valencia-



domingo, 1 de diciembre de 2019

Palabras para Julio







Una vez más me visto de noviembre, con esa luz especial de este mes de color gris que a veces me obsequia con un sol espléndido. Y este año lo espero, además, con ansiedad por ese regalo que me trae: esa nueva vida que ya se acerca…

En las redes sociales Leonard Cohen nos hace un guiño con su voz subtitulada

La luz no tardará en llegar y, mientras tanto, noviembre se vuelve aciago en esta tarde de sábado. Yo creí que me traería solo vida… La voz ausente de Leonard Cohen sigue llenando las redes. Los poetas lamentan, lloran su despedida, comparten sus canciones. Yo busco su voz acompañada de imágenes y subtítulos: «El amor mismo se fue…», leo y escucho.

Mis pensamientos divagan: 
Noviembre gris, a veces con la calidez tardía de un sol perezoso.
Yo te espero noviembre con la vida nueva entre los ocres llegando a mi encuentro.

Te ansío, pero una ráfaga de viento helado se introduce como una intrusa por toda mi casa, obligándome a cerrar puertas y ventanas.

Hoy es sábado, y este sábado se torna triste, con esa clase de tristeza que nos envuelve cuando el otoño se lleva algo a destiempo.

Hace solo unas horas, dos besos sonoros en mitad de su rostro silencioso a la espera de un adiós definitivo.

Quise acompañar esos, mis dos besos, con un gran abrazo, de esos muy apretaditos.

No pudo ser. Su cuerpo, tendido, arropado bajo las mantas, lo impidió.

No fue él quien rechazó mi abrazo sino la mordaza del cuerpo ya sin fuerzas. No podía mover ni los párpados. ¿Acaso me oía? Me hubiera gustado tanto que percibiera mi presencia y mi voz…

Al fin solo pudo ser eso: dos besos desde el cariño más profundo, llegados con el tiempo justo antes de la partida.

Con eso me quedo, eso me guardo. Pero también conservo el recuerdo de otros noviembres lejanos. Tan lejanos como el lugar por el que ahora, desde hace apenas dos horas, transita.

Nos quedó un café pendiente y una charla en torno al viejo patio con suelo de cemento y carbureros colgados en sus desniveladas paredes encaladas.

Sí, hoy es un sábado muy triste. A través de los auriculares escucho la voz subtitulada de otra despedida que poco me afecta.

Es un sábado de noviembre que me incita al poema, al verso triste de una nueva elegía.


Apuntes de un mes de noviembre que quedaron traspapelados por algún lugar

Fotografía: IME