sábado, 11 de octubre de 2014

Aragón en Puerto de Sagunto




Grupo de canto de C.Aragonés Puerto Sagunto



A falta de veinticuatro horas para que Aragón celebre su fiesta más emblemática, recuerdo que, hace algo más de un año, cuando el invierno se despedía y las mañanas invitaban al paseo por la playa, decidí acercarme a charlar un ratito con Pedro Villarroya. Mi intención era que me pusiera un poco al corriente de la andadura del Centro Aragonés de Puerto Sagunto. Anteriormente yo había visitado ya a Rubén Villarroya, —quien le precedió en la presidencia de la asociación cultural—, pero Rubén es joven y yo deseaba conocer las cosas de antiguo, las de los primeros aragoneses llegados al municipio.
 
Así, a lo largo de aquella mañana, me encontré como si realmente estuviera caminando por tierras aragonesas. Sin apenas gasto de combustible, en un cómodo paseo y, como si de magia se tratara, con la brisa mediterránea acariciándome la piel.
 
Y es que Aragón se respira en el aire de Puerto de Sagunto con la misma intensidad con la que, en su día, se respiraba la atmósfera de la factoría, origen de este núcleo industrial.
 
Superados los escasos escalones de acceso a la sede del centro regional, ubicada en la calle del Trabajo, mi atención se centró en lo tradicional del local. Allí, la presencia de lo esencial de la tierra aragonesa se percibe en cada uno de sus rincones y, si se presta atención, se aprecian los ecos de los aires arrastrados por el Ebro en su caminar sereno.
 
Con esta agradable sensación, di rienda suelta a mi curiosidad:
 
 
Pregunta.—. ¿Cuándo comienza la andadura del Centro Aragonés en Puerto de Sagunto?
 
Respuesta.— Como «Centro Aragonés» comienza en 1941, pero mucho antes ya era el lugar de encuentro de los aragoneses. La gente que tocaba un instrumento, la rondalla, se reunía e iba de casa en casa donde improvisaban sus cenas y bailes. En aquellos días podías ir a cualquier casa y encontrarte con que unos estaban tocando y los otros bailando con sus mujeres. Después, llegado el año 1941, se funda lo que ya conocemos como Centro Aragonés.
 
P.— ¿Siempre en esta ubicación?
 
R.— No. Cuando llega la época en que ya funciona como fundación, la ubicación de la sede se encuentra en la calle La Libertad. Años más tarde nos trasladamos al domicilio actual, en la calle Del Trabajo, nº 25, a una planta baja que más tarde se convierte en el macroedificio que ya es patrimonio de la entidad.
 
P.— ¿Con qué fin se crea el Centro?
 
R.— En principio no obedece a ningún fin concreto. Simplemente era por la necesidad de los aragoneses de encontrarse a gusto con sus jotas, compartiendo las comidas tradicionales de su tierra —se comía mucho cerdo y embutidos—, allí se conocieron todos y se llegaron a hacer grandes amistades. Por aquellos días había un señor a quien llamaban: El tío Barta; este señor tenía carros y los ponía a disposición de la gente aragonesa, los llevaba de excursión a La Font de Quart o a La Cantera. Cuando llegaban a poblaciones vecinas, como Canet, era como si en realidad estuviera La Ronda pasando por allí.
 
P.— ¿Con qué recursos contaban?
 
R.— ¡Huy…! Recursos ninguno, tan solo con el escaso presupuesto de cada uno. Cuando se llevaba a cabo algún evento —boda, santo o cumpleaños de alguien— pagaba quien invitaba, pero con lo poco que había, con cuatro pastas y poquito más te dabas por pagado. Aún queda gente que me dice: ¿Te acuerdas cuando llegaba el día de San Pedro y te preguntábamos `¿este año hay baile, porque ese día hacían baile en la puerta de mi casa. Venía La Rondalla y se sacaban unas pastas. Todo el barrio se acercaba, y bailaban mientras La Rondalla tocaba. Era muy bonito. Allí todos eran familia. Yo lo sigo siendo de todos mis vecinos de entonces.
 
P.— Pasado el tiempo de las dificultades tras la posguerra, ¿de qué manera contribuye El Centro a la vida social en Puerto de Sagunto?
 
R.— Pues contribuye de una manera muy especial, ya que era el lugar de reunión de todos los jóvenes. Había baile con orquesta, y en esa época, al contrario que ahora, era eso lo que primaba. Pero, además, en el Centro Aragonés era donde se celebraban las bodas, comuniones y demás eventos sociales. Era un local muy grande, y había varias modalidades para poder llevar a cabo los convites: se podía contratar con el Centro todo el servicio, o bien se podían llevar las llandas preparadas en casa; también existía el servicio mixto.
 
P.— ¿Qué relevancia tiene en la actualidad el Centro Aragonés en cuanto a categoría de cuadros folclóricos?
 
R.— En estos momentos contamos con unos cuadros, tanto de rondalla como de cante y de baile que son extraordinarios. Tenemos grandes primeros premios en Zaragoza, Teruel y otros pueblos en los que hemos concursado. Nuestros cuadros siempre quedan primeros o segundos en los certámenes. Estamos catalogados muy positivamente por la calidad de nuestro folclore aragonés pero, además, también por los actos culturales en pro de su cultura. Nuestro Centro no es uno más de los centros regionales, sino uno de los más destacados. Esto lo dice el Gobierno de Aragón que es quien, en realidad, puede juzgarlo. Allí se tiene notificación de todas las actividades que llevamos a cabo y, verdaderamente, nos tienen en gran consideración. El Centro Aragonés de Puerto de Sagunto ha sido, y sigue siendo, la voz de Aragón fuera de Aragón.
 
En la actualidad están compitiendo en la modalidad de canto, Javier Iserte, Esther Villarroya e Iris Giménez, quienes han conseguido muchos e importantes premios. Por su parte, Javier Iserte ha quedado primero en tres ocasiones en el concurso de Aragón TV, así como en Tarazona, tanto de forma individual como formando dúo con Esther Villarroya. En referencia a esta última, hay que destacar asimismo que ganó el primer premio a la mejor indumentaria femenina. Indicar también que «Mujeres de Jota» ha celebrado ya su séptima edición, en la que han sido premiadas: Carmen Cortés, por Aragón, y Esther Villarroya, por nuestro Centro.
 
Todo esto supone un gran esfuerzo, teniendo en cuenta que se compite con cantadores de probado nivel y, además, actuando fuera de casa. Por otro lado, no podemos olvidar la excelente labor realizada por su profesor, César Rubio, quien les dedica un tiempo extra hasta en su propio domicilio. Precisamente, este profesor, César Rubio, fue el impulsor de la actividad Mujeres de jota, actividad muy celebrada en la que se premia a las mujeres distinguidas en el mundo de la jota, tanto a nivel nacional como local.
 
P.— Ha cambiado mucho el perfil de los socios con respecto a aquellos primeros que vinieron a instalarse al amparo de la fábrica?
 
R.— Sí, claro, porque los tiempos han cambiado. Antes hemos hablado de los inicios. Estos fueron con gentes aragonesas, gente mayor… Cuando ya nos vamos al nuevo local nos encontramos con la euforia del baile por parte de los jóvenes, y entonces cambian los hábitos. La gente joven se hace socia del Centro Aragonés porque ya hay sala de baile y todo eso. Sin embargo, ahora ya no se estila ese tipo de diversión entre la juventud. Hoy la mayoría de los socios somos mayores, aunque contamos con un grupo de gente joven que son los que cantan, bailan, forman parte de la rondalla, asisten a nuestras escuelas de cante y baile de jota. Ellos son nuestro relevo generacional.
 
P.— ¿Con qué recursos cuenta el Centro actualmente?
 
R.— Principalmente con la cuota de los socios y la ayuda que nos proporciona el Gobierno de Aragón. La Generalitat, el ayuntamiento de Sagunto y algunos bancos nos conceden una pequeña subvención, pero, con el momento de crisis por el que estamos atravesando, esta aportación se ha visto reducida. Ahora bien, nadie regala nada por nada. Para que, tanto desde Aragón como desde las instituciones valencianas, se nos conceda una subvención, primero nosotros tenemos que avalar con los proyectos que hemos llevado a cabo, y una vez que han estudiado estos proyectos, si lo consideran oportuno, nos conceden la ayuda.
 
P.— ¿Qué actividades realizan en la actualidad?
 
R.— Además de las propias de la entidad, como son las escuelas de canto, de baile y rondalla, los festivales en honor de S. Jorge (patrón de Aragón), los actos de El Pilar y la Peña Cachirulo —todos ellos enmarcados en el folclore aragonés—, llevamos a cabo las actividades de Corte y confección, fútbol 7, macramé, gimnasia tradicional, Tahi-chí, bailes de salón, teatro y exposiciones. En estos momentos estamos haciendo una página Web para divulgar nuestras actividades y ofertar nuestros servicios (misas baturras, bodas, etc.); tenemos también la concentración que se realiza todos los años en un pueblo de Aragón, en la que nos reunimos los aragoneses que vivimos fuera de Aragón.
 
P.— ¿Se siguen manteniendo las rondas al estilo antiguo? Es decir, ¿se ronda a los novios la noche previa a la boda o, si por ejemplo, yo quiero regalar a algún familiar cuando celebra sus bodas de oro una ronda o cosas por el estilo como una misa baturra, o un cuadro de jotas simplemente porque celebro algo y me apetece amenizarlo con una actuación aragonesa, ¿puedo contratarla?
 
R.— Sí. Cuando algún componente de los cuadros se casa, la Rondalla va la noche previa a la boda. Cualquier persona que desee contratar una rondalla para sorprender a algún familiar con una ronda, o quiera que en la noche previa a la boda se ronde a los novios, o si alguien quiere un cuadro de jotas para celebrar una misa baturra, se puede poner en contacto con el Centro Aragonés para contratar la actuación. El precio siempre estará condicionado a la cantidad de componentes que desee que intervengan, así como al lugar donde hubiera que actuar, por si tuviéramos que emplear los servicios de un autobús. Los precios siempre son negociables.
 
Por otro lado, desde nuestro Centro siempre estamos abiertos a colaborar con otras asociaciones de forma altruista aportando nuestras actuaciones en festivales benéficos en favor de alguna causa justa.
 
El tiempo apremia y nuestra charla concluye. Se han evocado momentos de gran satisfacción para Pedro Villarroya, actual presidente de la entidad, pero también para mí que he recordado horas de mi niñez. No obstante, al despedirnos, he intuido que el Centro Aragonés de Puerto de Sagunto seguirá ahí durante muchos años, con sus maneras de hacer, transmitiendo la cultura aragonesa en nuestro municipio y, cómo no, erizándonos la piel a más de un vecino cada vez que se escuche la voz de un jotero acompañada del guitarrico o bandurria.
 
                                                                                                                 
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A día de hoy, después del tiempo transcurrido desde que se realizó esta entrevista, y de nuevo cuando las fiestas de El Pilar están en su mayor apogeo, me sumerjo en el recuerdo y busco entre aquellas jotas que tengo por casa, aquella cuya letra nada tiene que ver con nacionalismos patrios ni veneraciones marianas, sino con los sentimientos de uno de nuestros más ilustres poetas: Miguel Hernández y su «Vientos del Pueblo» en la voz de César Rubio, con quien espero poder charlar algún día.



Fotografía: Javier Iserte
 


sábado, 4 de octubre de 2014

QUINQUIS



 
 
 
Hace apenas unos días De Fragua y Yunque rescataba una de mis lecturas comentadas el pasado año para la revista Acantilados de Papel. Hoy, continuando con esa labor, me he detenido en esta novela de Agustín García Meana, excelente narrador y amigo mío. 
No es este el único trabajo que he leído de Agustín. No hace mucho comenté, en la misma revista, su segunda obra publicada y que más adelante os pasaré igualmente por aquí en la sección "Libros de hoy".
Esta que os comento la leí poquito a poco, saboreando cada línea y haciéndome presente en cada una de sus escenas. Después, pasados unos meses, la leí de nuevo. Y si la primera vez me gustó y me atrapó, la segunda, quizá más. Y ya se sabe que no hay dos sin tres. Pero la próxima lectura espero tener ocasión de realizarla en formato tradicional, cuando alguna editorial con sentido común, se dé cuenta de la valía de este escritor. Si no, recurriré nuevamente al monitor, pues realmente vale la pena.
 
 
QUINQUIS
AGUSTÍN GARCÍA MEANA
Editorial Digital CASANDRA 21
 
Paquito recogía un ladrillo del suelo, al pie de la abollada valla metálica que servía de inútil cerramiento a las obras de la calle, y, sin más dilación, lo estampaba contra el cristal del SEAT 850 aparcado en el borde de la acera. La una de la madrugada, ni un alma por una calle cuya farola más cercana estaba a cien metros. Oculto por las sombras de la noche, abría la puerta del coche y se abalanzaba en su interior. Entretanto, “el Piños”, ya se había situado estratégicamente al lado de la puerta, la espalda apoyada sobre el coche, las manos en los bolsillos de su chupa, mirando a uno y otro lado, atento para no ser sorprendidos. Poco después, Paquito se reincorpora —el radiocasete entre las manos—, azuza a su compañero y salen corriendo…

Así arranca esta historia que transcurre en una localidad del norte de España, pero que no es ajena a otros lugares de nuestra geografía y de fuera de ella, pues es una de esas historias que no conocen fronteras; una de esas reales, cuyos protagonistas no son seres excepcionales, sino personas como las que conviven con nosotros —vecinos, amigos o parientes—, cuyas vidas se desarrollan sometidas a las circunstancias que las rodean.

Paquito, el protagonista, es uno más de esos adolescentes que engrosan las listas del abandono escolar bajo la pasiva mirada de unos padres tan ocupados en sobrevivir, que apenas tienen tiempo para ayudarse a sí mismos y a sus hijos a salir de una espiral de carencias.

Tan solo Nuria, la hermana de Paquito, es consciente de la gravedad de la situación que va tomando cuerpo en el interior de aquella casa. Ella asiste, impotente, a la evolución de un Paquito cada vez más alejado del camino, supuestamente recto, que todo joven ha de seguir. Mientras, la calle será testigo de ese desarrollo en el carácter del adolescente chulo y extrovertido que, lentamente, se va convirtiendo en un hombre duro y seguro de sí mismo, dueño de su propia vida, y dispuesto a cuidar de aquellos que verdaderamente le importan. El sexo, la droga, la delincuencia, el asesinato y el Sida se dan cita en estas trescientas páginas, pero ello no es obstáculo para que el amor y el deseo de superación ocupen un lugar importante en la vida del protagonista. Sin embargo, a pie de calle, la realidad no es una realidad de película, sobre todo, cuando no se cuenta con los recursos necesarios.

Esta es una de esas obras bien narrada, en la que adecuación, cohesión y coherencia, caminan de la mano para que el lector se introduzca en la escena como testigo directo de cuanto en ella sucede. Con registros lingüísticos acordes al ámbito sociocultural en el que se desarrolla la historia, Agustín García Meana, nos ha llevado de la mano a través de una época que, aunque ya se nos antoja lejana, muchos todavía recordamos como una pesadilla vivida hace apenas unos días.  Una historia que yo, personalmente, recomendaría en los institutos para trabajarla con los adolescentes. Pero QUINQUIS, es, asimismo, uno de esos libros de difícil accesibilidad en las librerías tradicionales, pues nos encontramos, una vez más, con uno de esos trabajos ante cuya recepción del manuscrito las editoriales recurren al silencio más absoluto, o son rechazados directamente por no contemplar en ellos la firma de un famoso o el tintineo que produce la “caja”.



QUINQUIS se puede adquirir, de momento, en formato digital, contactando con el propio autor en su página de Facebook, o directamente con CASANDRA 21 Ed. Digital.
 
 

viernes, 3 de octubre de 2014

Alacena Roja Ed.


 
 
De todos es conocido que, para muchas de aquellas personas a quienes nos gusta contar historias, publicar en el sistema tradicional resulta a veces tan complicado como costoso, y las dudas que se nos presentan suponen, en no pocos casos, que nuestros mejores trabajos permanezcan encerrados en un archivo o carpeta de nuestro ordenador o vitrina. Es por eso que Luisa Navarrete, al frente de la editorial Alacena Roja, se entregó hace ya algún tiempo a la tarea de echar una mano a estos  escritores, y lo hizo empleando los recursos que los medios digitales ponen hoy a nuestro alcance.

Y como yo soy una de esas personas con varios trabajos en un cajón —y también con un montón de dudas en cuanto a la forma de liberarlos de la oscuridad y mostrarlos al público—, sentí curiosidad por la edición en digital y decidí  hablar con Luisa Navarrete y que ella misma me diera más detalles acerca de la editorial que dirige. Este es el resultado de nuestra conversación.

 

Pregunta.— ¿Qué es Alacena Roja?

Respuesta.— Alacena Roja es un proyecto digital que engloba una librería digital donde se pueden descargar ebooks a un precio más que razonable; una biblioteca digital en la que «gratuitamente» se pueden leer nuestros libros; y una nueva sección desde la que ofrecemos el libro en formato tradicional —en papel— y que hemos llamado «catálogo de libros crujientes»

P.— ¿Por qué surge?

R.— Fue tras una conversación con la gran poeta Elvira Daudet. El germen surgió de forma espontánea. Publicamos con ella nuestro primer libro «Cuaderno del delirio» y en solo tres meses se consiguió superar los 20.000 lectores. Actualmente hemos superado los 150 mil en la biblioteca digital, cifra que anima a seguir trabajando y ofreciendo poesía de forma gratuita.

P.— ¿Con qué recursos cuenta?

R.— Con kilos de pasión que, aunque no es moneda de curso legal, mueve la maquinaria de este proyecto; y, además con el apoyo de los autores y lectores.

P.— ¿Qué la diferencia de otras editoriales?

R.— Me resulta difícil responder a esta pregunta. Supongo que cada casa tiene su estilo, su manera…, en Alacena Roja intento dar un producto editado minuciosamente, atendiendo a cada detalle y siempre en colaboración con el autor. Es algo así como traducir un proceso artesanal usando los recursos y las nuevas tecnologías.

P.— ¿Qué pasos hay que seguir para poder publicar en Alacena Roja?

R.— Es bastante sencillo: simplemente enviar el manuscrito de la obra y, a partir de ahí, lo estudiamos y si nos ponemos de acuerdo con el autor, el proyecto nace.

P.— ¿Cómo se distribuye?

R.— Alacena Roja es un proyecto digital, con lo cual, es internet nuestro medio natural; los libros se pueden adquirir en nuestra web www.alacenaroja.com y también estamos presentes en otras plataformas de venta online como son Amazon, Google Play, Kobo, Livraria Cultura (Brasil), In Mondadori (Italia), Angus&Robertson (Australia) y seguiremos ampliando.

P.— ¿Quién se encarga de la promoción?

R.— La promoción se realiza a través de las redes sociales habituales, y la hace Alacena Roja. También intentamos estar presentes en medios digitales de difusión cultural. Además, estamos estudiando empezar a tener presencia en algunos actos literarios, presentaciones, etc.

P.— ¿Cómo se pueden adquirir los libros?

R.— En nuestra página web www.alacenaroja.com usamos para ello la reconocida plataforma de pago Paypal; para los neófitos en este mundo digital y de compra online hemos elaborado una pequeña guía donde explicamos cómo realizar todo el proceso. Obviamente se pueden adquirir en las tiendas online que mencioné antes: Amazon, Google Play…

P.— ¿También en formato tradicional?

R.— El formato tradicional, de momento, solo se puede comprar en Amazon, ya que es un sistema de impresión bajo demanda; es decir: el libro físico no se imprime hasta que no se vende. Esto que parece casi milagroso, es un hecho. En menos de una semana tienes el libro en tu casa y, además, a un precio muy bueno.

P.— ¿Se pueden encontrar en las librerías tradicionales?

R.— Es mi deseo, y espero que ese futuro no sea muy lejano; de momento no es posible, aunque ya en otros países se están implantando modelos que incluyen a la librería tradicional.

P.— ¿Qué tipo de lectores optan en Alacena Roja por esta modalidad de edición?

R.— Yo creo que no hay mucha diferencia con otros medios. A mí, personalmente, me sorprende cada día desde dónde nos leen. Tenemos lectores en lugares tan impensables como Indonesia, Japón, Afganistán, Cuba… Por supuesto, hablo de lectura gratuita.

P.—Tal y como están las cosas, esto de la lectura gratuita puede ser muy interesante…

R.—Lo es. Funciona como una biblioteca. El lector puede acceder a los libros gratuitamente; el único requisito es tener conexión a internet. Es el autor quien decide si quiere ofrecer la obra completa o una parte de la misma bajo esta fórmula. Así fue como nació Alacena Roja y es la parte que más nos enorgullece.

 

Algún tiempo después de mantener esta charla con Luisa, salió a la luz, tras permanecer muchos años en un cajón, mi libro Cuentos de El Puerto. Ahora, cuando está próximo a cumplirse un año de aquel alumbramiento, Los gatos de Santa Felicitas asoman ya sus rostros a la luz en formato digital, así como en el tradicional (en papel) bajo demanda. Espero que ambos formatos los tengáis disponibles coincidiendo con vuestras compras de regalos navideños.



Parte de esta entrevista fue realizada para la revista Amaranto Cultural.
 

 

domingo, 28 de septiembre de 2014

La república mejor





Hace ya bastante tiempo, un amigo que dirigía por aquellos días la revista digital Ágora "Papeles de Arte Gramático" me invitó a comentar en sus páginas aquellas lecturas que ocupaban espacio en mi mesilla de noche o de la sala. «¿Por qué no», me dije. Entonces me dediqué a la gratificante tarea de leer y comentar aquellas historias contadas por personas que, como yo, hallamos un gran placer en la escritura. 
     Son escritores no consagrados, personas que se dedican a otros menesteres además de a la escritura porque no pueden vivir de ella. Son escritores que no hacen caja. Pero muchos de ellos podrían superar con creces la calidad de algún que otro novelista venido a más.
     Al poco tiempo esta revista entró en un paréntesis en cuanto a su publicación. En cambio, otra vio la luz: Acantilados de Papel. Ahí seguí comentando mis lecturas. Hasta que la cabecera de la revista pasó a otras manos y me desvinculé de ella.
   Durante las últimas semanas se ha venido difundiendo por las redes el cese en las Fuerzas Armadas del teniente Luis Gonzalo Segura por la publicación de su libro Un paso al frente. Parece ser (no he leído el libro) que este teniente se ha atrevido a contar lo «incontable» de lo que ocurre en el Ejército Español bajo la pasiva mirada de quienes tienen el deber de velar por la integridad de sus mandos.
     En cuanto me llegaron las primeras noticias al respecto, recordé una de esas novelas que leí y que comenté para Acantilados de Papel: La república mejor cuyo autor Pablo López no consiguió que le publicara ninguna editorial. Pudiera ser porque ninguna fue capaz de "mojarse" por tratarse de una novela con claros tintes de denuncia sobre lo que ocurría en el interior de las instalaciones cuartelarias.
     Esta es una historia que recomendé en su momento y que ahora aprovecho para recomendar nuevamente:
  
 
LA REPÚBLICA MEJOR
Pablo López Gómez
Ed. El autor. Madrid 2009


Narrada con una crudeza impresionante, la descripción de cada detalle traspasa los límites del libro y las escenas se evaden cada vez que este se abre para atraparnos en sus páginas. Con la lectura de cada nuevo capítulo un grito se escapa del formato impreso. Nos convertimos en testigos directos de las secuencias de una vida que se desarrolla en El Alcázar, donde contemplamos, impotentes, las experiencias sufridas en el más absoluto silencio dentro de aquel cuartel: un cuartel como cualquier otro —o quizá como ningún otro— donde el soldado Gabriel Castaño es destinado tras su Jura de Bandera.
Allí conocerá desde el primer día lo que es la humillación por parte de un grupo de soldados bravucones que, sin ningún tipo de escrúpulos, lo convertirán en el centro de sus bromas, cada vez más alejadas del significado de ese sustantivo.
Pero el soldado Gabriel Castaño no es un cobarde y mostrarse valiente sin rendirse a los caprichos del fuerte, sobre todo cuando el fuerte tiene un séquito de matones a su alrededor, tiene un precio. Un precio muy alto que el soldado deberá pagar cada día desde la primera noche en que durmió bajo el cielo cuartelario de El Alcázar. Por eso, porque su familia sabe que el chico no es un cobarde, se cuestiona desde el principio la veracidad de lo que les cuentan a primera hora de la mañana cuando, uno de los oficiales del cuartel, les comunica su suicidio.


Varias fueron las sensaciones que esta lectura me produjo: «dolor, indignación, deseo de devolver el golpe y frustración». En ese orden. También sentí tranquilidad, la misma tranquilidad que me embargó cuando hace unos cuantos años, el Servicio Militar dejó de ser obligatorio.
No resulta fácil encontrarse con este tipo de obras, si no es a través de amigos de los propios autores. Son obras que permanecen en ocasiones en el anonimato porque no son obras destinadas a hacer dinero, sino que surgen de la necesidad de contar historias que suceden a nuestro lado pero que somos incapaces de ver, quizá porque hay que tomarse la molestia de abrir los ojos, pero también, de alzar la voz. Y en este caso ninguna editorial quiso hacerse eco de esta voz. La república mejor es una más de esas historias rechazadas por las editoriales: Una historia contada con vocablos que a algunas personas les vienen resultando ya desconocidos, como bisa, cabo chusquero, retreta, etc. Una historia de «la mili». Una historia con más elementos reales que ficticios; una historia con un principio triste y un final… «Un final como suelen ser los finales en la vida real».
 
Para mayor información acerca de este autor y de su obra, podéis entrar en su blog: la garita del guachiman donde además comparte artículos relacionados con su profesión docente.
 
 

domingo, 21 de septiembre de 2014

ANIVERSARIO




En el interior de la sierra.

 
Hoy se cumplen seis años de la partida de Blas. Fue él quien me mostró el mundo de los colores y el del verso libre, y también me enseñó con palabras sencillas en qué consistía la necedad, y el abuso de los poderosos, y la falta de criterio por parte de aquellos que nunca se cuestionaron nada de lo previamente establecido... 
Como cada año, en el aniversario de su partida acuden a mi mente nuestros últimos momentos a solas, las manos unidas y los ojos cerrados, intentando no ver para así poder verlo todo. Le acompañé hasta su último aliento. En silencio, tan solo suaves caricias en su mano derecha. Al fondo, La sierra Calderona y la noche. Una noche larga en la que únicamente se oía la música estertórea emitida desde sus entrañas.
Llegó la lluvia y me arrebató su mano y sus ojos, sus colores y sus versos… Después lloré como nunca creí que pudiera llegar a hacerlo. Me aseé, me recompuse frente al espejo y le dije adiós. Tomé mi cuaderno de notas, y antes de comenzar a decirle cuánto le echaba de menos, busqué entre los cajones de mi escritorio los versos que le dediqué tras su primera muerte. Sí, porque Blas murió dos veces. La primera fue en el año 1990. Pero el destino me trajo de nuevo su mano. Albergaba otro corazón y otro brillo en la mirada. Quizás albergaba también una vida que ya no le pertenecía y que ambos no terminábamos de aceptar como propia.
En aquella primera muerte surgieron los primeros versos en mis noches pendientes de la llamada telefónica que presagiaba horas oscuras. Y después, el regreso… y la continuidad de aquellos versos oscuros que ahora iluminaban de nuevo las horas.

Fue un poema que Blas leyó una y otra vez cuando se lo entregué en mi propia casa. En una de aquellas mañanas en las que su visita era habitual a la hora del primer café. Lo leyó mientras yo preparaba la comida en la cocina. Allí, sentado en una de las sillas junto a la mesa preparada con el mantel y las servilletas. Cuando lo hubo leído no dijo ni media palabra. Se limitó a doblar el folio, guardarlo en uno de los bolsillos del pantalón y volverse de espaldas para que yo no le viera los ojos. «Me voy, Loli» me dijo en un susurro al cabo de unos minutos. «Hasta luego» le respondí.
 

REENCUENTRO

Sutil es la llama que aviva la vida,

efímera la hora que viste de risas al alma,

amargo el tormento mío

al ver tu cuerpo dormido.

 

¿Dónde están aquellos sueños?

¿Dónde tus ojos de niño?

¿Dónde está tu corazón?

 

Irónico destino que burla así la razón,

me ha robado tu latido,

me ha apartado de tu mano

y ahora no encuentro el camino.

 

Son largas las horas,

son largos los días

vestidos de rasos blancos

que encadenan a tus sentidos…

 

Al final de mis horas,

mis días.

Al final de mis días,

mis noches.

¿Y al final de tus tardes?

Al final de tus tardes profundos abismos

que gritan tu nombre,

que te seducen…

que enloquecen a tu razón.

 

Ya la impotencia se instala en mi casa,

y el llanto se asoma a su parto

cuando tu aliento se hace despedida…

 

Y me rompo por dentro

y te llamo,

y grito tu nombre con fuerza,

con rabia,

y comienzo tu epitafio

escrito con lágrimas saladas…

 

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Irónico destino que, echándole un pulso a la muerte,

juega tu vida a la oscuridad

y te alumbra…

 

y te devuelve tu luz,

y oigo otra vez tu latido,

un latido extraño ,

un latido ajeno,

desconocido…

que preña de vida tu pecho.

 

Y vuelvo a observar tu sonrisa

y vuelvo a verte soñar,

y vuelvo a verte luchar…

 

De nuevo voy de tu mano.

De nuevo observo el camino.

Las sombras pasan de largo,

y hoy, de nuevo,

te miro a los ojos,

 Hermano.

 

 

En Puerto Sagunto, Mayo-90
Ilustración: Desde el corazón de La calderona (L.Estal)

  

Al Pie de la Calderona -Pág.31-

 



Te has ido, y yo sé que a ningún sitio…  Ese es mi gran pesar, saberte ceniza en el campo. Ya no habrá más versos de tu puño y letra. Punto final es Tu Punto. No más trazos en la tela virgen, ni más rostros delineados por tus minas. Ya no volverás  a recitar mis humildes versos ni recibirás conmigo al primer día del Nuevo Año en jocosa danza.

He crecido con tu escuela, y en ella no hallo la esperanza de que habites  una estrella. Eres, una copa de ceniza en un rinconcito en mi casa. Eres el Arte que decora mis paredes. Y eres poema en mis entrañas.

Te has ido, y yo sé que a ningún sitio, pero puedo contemplarte en la belleza de unos ojos negros, profundos, Carolinos… en la paz y en la sonrisa de un ángel blanco sin alas, alto, fuerte como tu raíz.

Se ha ido el pintor; se ha ido el amigo de los poetas, el hacedor de belleza,  mas tú, el hermano, permanecerás conmigo y caminarás a mi lado cuando yo emprenda el camino que me lleve a ningún sitio.

 

De: Al pie de La Calderona “Poemas para una ausencia” (Pág.31)
Ilustración: Portada del poemario. Diseño de Ismael con pinturas de Blas.

 

jueves, 4 de septiembre de 2014

El nuevo curso








Como cada año por estas fechas, nuestras calles, cuando asoma la mañana de cuerpo entero, se visten de infancia y se calzan con pequeñas ruedecillas que arrastran mochilas escolares. A estas pequeñas maletitas se las puede ver de los más variados dibujos y colores, y yo desde mi distancia, adivino los objetos que se acomodan en su interior impregnándose de ese aroma especial que desprenden los libros y libretas recién adquiridos en la librería de turno, aderezado con ese otro emitido por las minas y la fina madera de los lápices.

Las puertas de los colegios, ansiosas tras largas semanas de ausencia y silencio, de nuevo sonríen a las voces que, atropelladas en efusivos saludos y miradas que asoman a través de la impaciencia, indagan a su alrededor en busca del amigo o amiga que sin previo aviso no asiste a la cita. Las emociones se escenifican de las más diversas guisas. A la alegría de muchos se suma la expectación e incertidumbre de otros pocos. Son los nuevos alumnos. Aquellos que se aferran a la mano de sus progenitores con una fuerza inusitada y no menos pavor. En sus rostros se aprecia la risa nerviosa que a no tardar desembocará en un estrepitoso llanto cuando, tras el último beso, la seguridad de la mano protectora se desprenda, así mismo, con gran pesar.

En el interior todo está dispuesto: El verde encerado, impoluto y arrogante a la espera de su audiencia; los pupitres relajados, ajenos a la actitud del nuevo inquilino; los radiadores de hierro, bajo los grandes ventanales disfrutando del último sueño; la papelera, a los pies del altar que preside el aula; y afuera, algo alejada del escenario y ultimando los preparativos para la bienvenida a los nuevos alumnos, la profesora –consciente o no de lo maravilloso de su labor– se dispone a abrir «su caja de tesoros» para que de ella emanen los primeros pasos del conocimiento.

En unos minutos la calle vuelve a su ritmo habitual. Es cuando el centro escolar mediante su sirena de aviso, o su melodía, avisa de que la hora de entrada termina y las puertas se cerrarán enseguida. El guardia urbano situado en el cebreado del asfalto da sus últimas órdenes a viandantes y conductores; las mamás y los papás marchan precipitados a sus trabajos o gimnasios, a la cafetería cercana a tomar su café con su grupo de amigas o amigos, o a otros menesteres. Los abuelos, con menos prisa, se dirigen casi todos a la panadería más próxima, y los comercios ya suben sus persianas y acicalan sus mercancías.

Entre tanto, yo intento vislumbrar mi entrada a la cueva. Me entrego a la ilusión de nuevos proyectos y, tras un breve repaso a los meses que preceden a esta nueva hoja del calendario, compruebo que salvo algunos problemas y alguna injustificada ausencia propiciada por Tanatea, todo sigue en orden en mi quehacer diario. Si algún proyecto quedó sin realizar fue, sin duda alguna, porque no le puse demasiado empeño.

He llenado mi mochila del nuevo curso con un montón de bolis y blocs, he seleccionado de la biblioteca algunos clásicos y otros contemporáneos, y me he cuidado de que en mi reproductor  no falte nada de mi música. Comida, la justa; sonrisas, a capazos; sueños, unos pocos de aquellos que me permitan posar mis pies sobre la tierra de tierra de mi cueva; y compañía, la mejor de cuanta pudiera llevar conmigo: «mi gente especial» esa que yo elegí y aquella otra que llegó antes que yo y me tendió su mano.

A medida que pasen los días, todo mi avituallamiento se irá comprimiendo para que  quepa de la forma más cómoda posible. Llegado el momento me despediré de los árboles desnudos, y haciendo un guiño a las primeras nieves me introduciré con mi mochila en la cueva y emprenderé la realización de mis proyectos para el curso que comienza.


Ilustración: Blas Estal, de la serie Libros