martes, 11 de noviembre de 2014

Hogar y café con versos.



Es martes y es noviembre, y es también el primero de los días fríos en el interior de la casa. El tacto sobre el teclado es igualmente frío, y se hace indispensable una pausa para una taza de café calentito. Llegó el tiempo del recogimiento, de la observación desde dentro y hacia dentro. El calendario anda ligero de meses y la poesía se acomoda junto a la mantita del sofá.
Con estas letras que transcribo a continuación (con alguna modificación) y que escribí hace ya algún tiempo para la revista «Acantilados de Papel» sobre Ningún lugar de Vicente Velasco Montoya, me dispongo a saborear ese café y unos cuantos versos:

Hay que tachar versos/llenar las papeleras para una hoguera…

La pausa en el trabajo me llama y, como los deberes ya los tengo hechos, el estante donde reposan los versos reclama mi presencia y mimo. Ahí, tímidamente, casi rozando el soporte lateral, como evadiéndose del lugar correspondiente junto al resto de versos con sello murciano, Ningún lugar me chista y me hace una seña para que fije en ella mi atención en esta jornada de martes. Y yo, obedezco dócilmente porque, ya de entrada, la referencia a la propia sangre me augura momentos de cercanía, de arropamiento…

Se trata de una pequeña y a la vez gran obra. Dividida en tres capítulos, Vicente Velasco comienza el poema en el Lugar donde no cabe el naufragio, y nos acerca a la mirada el camino del desierto dibujado en blanco; nos seduce desde la huida misma del poema, partiendo quizás, leyéndose la mano/analfabeta de estrellas, hacia La luz que no cesa.

Ningún lugar llegó un día a mi buzón por una de esas «causalidades» que van tejiendo el día a día en mi vida. Decidí que me tomaría mi tiempo para leerlo porque sabía que se trataba de un poemario que merecía la hora justa y el lugar oportuno para saborear cada verso con más  deleite. Escogí para su lectura varias tardes de la primavera pasada, cuando el aroma de las huertas y jardines vecinos se instala por mi terraza. Mi decisión fue de lo más acertada y además me sentí encantada de contar con la dedicatoria personal del autor en el interior de la obra. Hoy, cuando ya los azahares se han erigido en frutos, me deleito de nuevo con la lectura de Ningún Lugar y me detengo en el preciso momento donde el poeta retrata sus manos:

Aquí, estático ante todos los dioses,
he reescrito mi imagen
sin espejos, sin destellos,
sin pedazos de nada.

Me he encontrado con mis manos,
de cerca, sus dedos,
sus innumerables senderos
e inagotables registros de vida.

He alcanzado a leer mi rostro
y todas sus voces y los verbos
donde pudiera habitar
la definición donde perezco hombre,
solo y único con sus propias manos,
la firma de mi existencia
la prolongación necesaria
ante esta huida que me pertenece.

Aquí me he despertado
decidido a abrazarme.
 
 
 
Ed. “Diputación Provincial de Jaén –Cultura y Deportes–Ayuntamiento de Baños de la Encina, 2012”


domingo, 9 de noviembre de 2014

Al ponerse el sol



 
 
 
El sol se pone
y mudo mi piel de hembra.
Cubro mi figura

con la sensibilidad del verbo
y desayuno de tu pan
mientras espero el regreso
de la primera ola.
 
Del poemario: Espontáneos
Fotografía: Ismael Murria - (Playa Puerto Sagunto)
 

viernes, 7 de noviembre de 2014

Javalambre-Cella-Teruel






La noche se adivina fría. Salimos de casa en la mañana con ropa casi veraniega y ahora se hace preciso un poquito más de abrigo. Un paseo por las escasas calles que conforman Tramacastiel nos reconforta. Atravesamos rincones bonitos, rincones en ruinas y rincones con historia. Es un pueblo limpio, con flores en cancelas y ventanas. Abundan los rosales de diversos colores y extraordinaria fragancia. Los muros de las casas son gruesos, de piedra, silenciosos y pacientes. Quizá conocen lo incierto de los días venideros.

En la terraza de La Barbacana varias personas toman su cerveza. Tienen un perrillo blanco que nos mira curioso mientras sus amos conversan en torno a la cobertura de internet. Yo me acomodo en el anorak y mentalmente tomo nota de cuanto me rodea: la casa de enfrente con su hilera de rosales a lo largo de la fachada, las ventanas de madera, el suelo de la calle empinada, el cielo ya de noche… la misma luna y las mismas estrellas que a estas horas iluminan mi playa y mi sierra, apenas unos ciento veinte kilómetros más abajo. El perrillo, atado a una de las sillas, ladra al ver desaparecer a sus dueñas tras la puerta de la hostería. La noche es serena e invita al descanso. Nosotros hemos madrugado mucho y caminado bastante. Es hora de recogernos.

Amanecemos una hora antes debido al cambio horario durante la noche. La mañana también es bastante fresca y se agradece el desayuno calentito a base de café con leche y tostadas untadas con el aceite de la zona. En la mesa de al lado una joven pareja se prepara para el que será su segundo día de ruta. Llegaron un día antes que nosotros y ayer recorrieron la ruta de las minas y de los Amanaderos. Su intención es ir hoy a visitar el nacimiento del Tramacastiel. Les indicamos el camino y les muestro las fotos que saqué del lugar. La chica, a su vez, me muestra la de los Amanaderos y las cuevas del barrio minero, recomendándome que no me vaya sin visitar estas últimas: «Os pilla casi de camino y vale la pena entretenerse» me dice. Pero nuestra ruta de hoy ya está trazada desde hace unos días. «Quizá en primavera» respondo mientras nos despedimos de ellos y de Ricardo.

Mi deseo es ir al municipio de Libros y sentarme a la orilla de su río, aquí ya con denominación levantina: El Turia. Su otro nombre, “Guadalaviar” que tanto me gusta, se quedó cauce arriba, en los lechos próximos al nacimiento.

Todavía no me sale al encuentro pero lo adivino cerca, tras las próximas curvas de la carretera, corriendo en paralelo al municipio que lo separa de los grandes roquedales. No tengo prisa. Llegamos despacio, observando el paisaje, tan bello y tan de otoño, tan dorado y tan húmedo, en contraste con el cielo azul y la superficie rocosa de sus montañas. No nos detenemos en el pueblo, sino que seguimos un poco más adelante, al lugar en el que el río es solo eso: corriente que se desliza sinuosa, saltando aquí y allá sobre las lanchas del lecho fluvial. Y ahí nos detenemos para que yo me acerque a su ribera y hoye con los pies el follaje del suelo, espeso, crujiente, a la espera bajo la arboleda de que algún rayo de sol atraviese las copas y le deposite un haz de luz. Permanezco en silencio, mirando cómo llegan las aguas, escuchando su voz y, de vez en cuando, volviendo la mirada hacia el cielo, hacia las montañas desnudas de enfrente, Así pierdo la noción del tiempo mimetizada con el paisaje.

«La fuente de Cella nos espera», una vez más mi compañero me saca del ensimismamiento que me produce la escena. No sé cuánto tiempo ha transcurrido desde mi comunión con el río, pero a mi llegada hacía frío y ahora ya me desprendo del anorak. Me despido con tristeza de las aguas del Turia y me dejo fotografiar junto a ellas. Quiero recordarlas durante muchos días, evocar cómo bajan por el meandro antes de llegar a Libros. Y esa es precisamente la imagen que conservo durante el trayecto hacia Cella.

Detenemos el vehículo a la entrada de la población y emprendemos el camino hacia su fuente. También aquí caminamos junto a una espléndida huerta, limpia, cultivada con esmero. En dos de sus parcelas hay hombres trabajando, su espalda doblada bajo un sol que, a pesar de ser otoñal, se deja caer con fuerza. «Este calor no es normal en este tiempo, maños…» dice una señora que viene en la dirección opuesta, por nuestra misma acera. «No, no lo es, desde luego» respondemos, en esta ocasión, sin detenernos y sin solicitar un posado. Ahora yo sí llevo prisa. Quiero aspirar de nuevo el aroma de las rosas, disfrutar de los colores de las margaritas, cobijarme del sol bajo el arco de la buganvilla; y deseo volver a ver rebosante la fuente, el gran pozo artesiano.

Siento una tremenda decepción al ver que la fuente está prácticamente seca. Los setos tampoco están tan tupidos y floridos como yo esperaba. Tal vez la otoñada ha tenido algo que ver en el paisaje. No obstante, me dejo seducir por el ambiente y tomo asiento en uno de los bancos junto al macizo de margaritas.

Paseamos de nuevo, ahora dirigiéndonos hacia el centro del pueblo. Recorremos calles y doblamos esquinas hasta encontrar la panadería donde abastecernos de pan para casa y de unas pastas, de las de pueblo, de las de toda la vida: Rollitos de anís y mantecados.

Nuestra escapada de fin de semana está llegando a su fin. Un último punto nos queda en el que detenernos. Parada de obligado cumplimiento cada vez que visitamos estas tierras. Ahora ya, en silencio, sin apenas un recuerdo para las flores de la fuente de Cella, ni para los dorados de Tramacastiel, el verde de la vega del Riodeva o el susurro del Turia a su paso por Libros. Una imagen se abre ante nosotros nada más apearnos del coche estacionado en el Polígono Industrial, a las afueras de Teruel.

Estamos ante uno de los pozos de Caudé, la fosa que alberga los restos de más de mil personas ejecutadas por la Dictadura entre 1936 y 1939. La otoñada de la jornada anterior ha perdido de pronto el interés y únicamente los nombres y apellidos en las losas reclaman ahora mi atención. Nos detenemos ante la enorme boca del pozo y ahí permanecemos unos minutos. No hablamos, mantenemos la mirada fija en la gran circunferencia rodeada de ramos de flores. Miramos sin ver o, más bien, vemos sin mirar. Contemplamos con ojos de ayer, con duelo de ayer y rabia de ayer. Contemplamos impotentes un pasado que no debió suceder. Y aquí vuelvo a preguntarme por cualquiera de los inquilinos de esa fosa: Si lloró más que rio o fue al contrario, si amó y fue amado, si leyó al poeta o tuvo conocimiento de él, si antes de las descargas en su pecho pudo gritar un nombre, si tanto fue su amor por la democracia y la libertad como para morir por ella…

Damos un pequeño recorrido por el perímetro de la memoria, paseamos la vista por las diferentes losas junto al monolito, cada una de ellas con su ramo de flores artificiales, cada una a la espera de nuestra mirada. Lápidas que me hablan con voces roncas y me dicen: «Aquí nos trajeron y aquí quedamos. Para la vergüenza de unos, para el orgullo de otros, para la indiferencia de algunos y para el dolor de unos pocos… Cerca de aquí nos arrebataron la vida, y aquí vivimos la muerte, con la esperanza de no caer en el olvido»

Impotencia, rabia, tristeza y resignación pugnan por un espacio en mis sentimientos. No anoto nada en mi cuaderno de notas. Todo lo capto sin necesidad de apunte alguno, no poso junto al monolito como antes hiciera ante el macizo de margaritas, no sonrío mientras miro hacia el cielo, demasiado azul para estos instantes que precisan matices más oscuros. De repente siento frío y prisas por meterme en el vehículo.

Sobre las dos y media de la tarde tomamos la autovía Mudéjar de camino a casa, con la mirada triste y en silencio.

 

 
Imágenes: Río Turia a su paso por el municipio de Libros (Teruel) y Monolito dedicado a los vecinos republicanos ejecutados en la zona de Teruel.
 


lunes, 3 de noviembre de 2014

Otoño en Javalambre







Aunque de forma perezosa, los calores tardíos van perdiendo la batalla y ya ceden su espacio al verdadero protagonista del calendario: el otoño. Yo, como viene siendo habitual por esta época, me preparo para mi fase de recogimiento. Pliego mis alas, guardo las botas de montaña y las zapatillas de caminante, las camisetas y demás elementos veraniegos.

Tan solo una última excursión queda pendiente. La que clausura las salidas que desde primavera vengo realizando cuando el trabajo, el clima y la compañía lo aconsejan. Y así, con un tiempo estupendo para finalizar el mes de octubre y comenzar horario nuevo me dirijo, bien acompañada, hacia tierras aragonesas, a realizar la que adivino como mi última salida a disfrutar del aire libre.

Nuestro destino es Tramacastiel, en la sierra Javalambre. Allí nos recibe Ricardo, gerente de la hostería La Barbacana, donde nos alojamos la noche del sábado. Me sorprende no encontrar en él ningún atisbo de acento baturro. Pero tampoco me resulta desconocida su fonética. «Ricardo, tú no eres de esta tierra» le digo. «No, soy argentino» responde, y yo sonrío al recordar a mis amigas de aquella parte del gran mar. 

Ricardo ya nos tenía preparada una guía con los puntos interesantes a visitar. Primero nos dirigimos al mirador del pueblo, desde donde contemplamos una magnífica panorámica del entorno. A mi espalda se encuentra el cementerio municipal con sus muros encalados tentándome como en otras ocasiones en otros lugares diferentes. Una vez más resisto la tentación de adentrarme en su recinto para dialogar con los sepulcros. No es mi intención perturbar la intimidad y la paz de los inquilinos, aunque un montón de preguntas bullen en mi interior: «Cómo vivió este o aquel vecino, si lloró más que rio o fue al contrario, si fue mucho o poco lo que amó y fue amado, si leyó al poeta o tuvo conocimiento de él, si se ocultó en las trincheras que permanecen vigilantes en lo alto, allá enfrente…

«Venga, hacia el río» me apremia mi acompañante sacándome de mi ensimismamiento.

Iniciamos el descenso y orientamos nuestros pasos hacia las afueras, en busca del nacimiento del río que otorga su nombre al pueblo. El Tramacastiel es un río de tímido caudal. En su nacimiento a ras de suelo pasa casi desapercibido entre las rocas. Su agua es tan cristalina que apenas se distingue entre la  hojarasca dorada de los chopos. Es un agua silenciosa, fresca y encantadora que transita serenamente hacia el Guadalaviar o Turia, en cuyo cauce deposita su tributo.

Por momentos todo el entorno se vuelve mágico: una brisa suave mece las copas de los árboles, se desprenden sus pequeñas hojas y una lluvia dorada planea sobre nuestras cabezas. Quizá se trata de una invitación a marcharnos. El otoño con sus sonidos y colores solo al bosque pertenece. Me gustaría quedarme un rato más sintiendo el suelo mullido de hojarasca bajo mis pies, y deseo también volver a ser una niña para creer de nuevo en las hadas. Pero el tiempo apremia y perezosamente desando el camino y vuelvo hacia el coche, todavía imbuida de la serenidad y el encantamiento del instante previo, sensaciones de las que no deseo despojarme.

Paralelamente a nuestro recorrido por la carretera estrecha y sinuosa, los mismos tonos dorados nos acompañan hasta la entrada en Mas de la Cabrera. Allí, el Tramacastiel presume ya de caudal, y a su vera se asienta una frondosidad extraordinaria en la que los rayos del sol se introducen con no poca dificultad. Dejamos atrás viejos muros de piedra, ruinas de lo  que un día fueran los hogares de familias humildes y trabajadoras. Me da pena adivinar en esos muros de casas derruidas el posible abandono de todo el entorno. Un entorno en el que todavía se aprecian los aromas de comunidad.

Y continuamos con nuestra ruta… Ahora las montañas nos miran con ojos mineros. Las minas de azufre son las dueñas del paisaje. Por momentos elevan su voz y nos cuentan historias viejas que se introducen en nuestro vehículo a través de las ventanillas bajadas. Y oímos los lamentos del duro trabajo, del poco salario…

Con el pensamiento en el interior de esas rocas, dejamos atrás el barrio minero y nos dirigimos hacia Riodeva. Atravesamos el pueblo en busca de acomodo para el coche. A las afueras, camino de las eras, estiramos las piernas y damos un placentero paseo. Por todas partes hay rosas de diferentes colores compitiendo con el dorado de los árboles. Se ha hecho la hora de comer y, a sugerencia de Ricardo, nos vamos a buscar el restaurante El Salón. Algunos comensales nos miran con curiosidad. Somos forasteros irrumpiendo en su espacio. Yo, todavía con mi cuaderno de notas en la mano y mi compañero de viaje con la cámara en la suya. Pedro, el gerente, advertido por su colega de Tramacastiel, esperaba nuestra llegada. Inmediatamente percibo su acento baturro y la hospitalidad acostumbrada en estas gentes aragonesas.

Comemos muy bien, pero la gastronomía de la zona quizá es demasiado para quienes estamos acostumbrados a la de la costa levantina. Por eso, al finalizar la comida, decidimos caminar hacia la vega del río Riodeva que, aquí, también cede su nombre al municipio. Nos encontramos con las indicaciones de un GR que nos lleva a Camarena de la Sierra y a la ruta de los Amanaderos. Tomo nota inmediatamente de esta ruta para realizarla en la próxima primavera.

Caminamos por una pista forestal que bordea la huerta. Lo hacemos impregnándonos del paisaje, tan verde en unos tramos como dorado y florido en otros. El arroyo también camina a nuestro lado, nutriendo la tierra cultivada. Una señora se cruza con nosotros y saluda. Se llama Valentina y viene de regar su pequeña hacienda. Lleva colgado del brazo su cubo de plástico, y de su rostro curtido una agradable sonrisa. La veo proclive a la conversación y aprovecho para pedirle que pose junto a mi esposo. Sonríe ante mi sugerencia y no entiende el porqué de ella. Pero accede, y mientras lo hace nos cuenta cosas acerca de la molienda del trigo allá en lo alto, cerca de la ermita, cuando todavía era una niña. Nos habla de lo bien que ha trabajado su alcalde para adecentar el recinto de esa ermita y la zona de ocio en la misma ubicación, donde encontramos también una piscina. «Vienen gentes de Barcelona a pasar aquí los veranos y suben siempre a la ermita a agradecer cosas a la Virgen, porque ésta ha procurado favores a mucha gente» nos dice sintiéndose orgullosa aunque sin un exagerado fanatismo, como si se disculpara por creer en esos favores marianos.

Valentina emprende otra vez su camino, ahora en compañía de otro lugareño incorporado a la escena. Según nos cuenta mientras se aleja en dirección al pueblo, este señor es el padre de la cocinera que tan apetitosa comida nos ha preparado en el restaurante. Apenas un cruce de palabras para decir lo bueno que nos ha estado todo y retomamos también nosotros la marcha. Nos llevará alrededor de una hora el paseo por la vega del Riodeva, y no será hasta la vuelta que nos detendremos en el complejo de ocio y la ermita.

Un hombre trabaja su campo ajeno a nuestra llegada al recinto. Tan solo su perro repara en nuestra presencia. La ermita está cerrada a estas horas, pero tampoco nos importa, no es ella quien reclama nuestra atención sino el entorno, de una extraordinaria belleza. Tomamos asiento en uno de los bancos y nos permitimos el descanso mientras disfrutamos de los colores dorados y de la paz del momento…

 
Continuará…

Fotografía: P.Murria

jueves, 30 de octubre de 2014

La muda



 



En el aire se nota la ausencia del olor de los jazmines y de los galanes de noche. Los azahares tardarán bastante en vestir de nuevo los campos, pero las naranjas ya pintan en la huerta. Comienza la muda de colores en el paisaje, y el aroma de la tierra, esa tierra nuestra, la de siempre, la que sustenta la vida, parece que nos habla con voz de ayeres.

Ya es otoño y yo cierro los ojos y me pregunto «Qué estaba haciendo justamente en este día de este mes en aquel año…» La mayoría de las veces no obtengo respuesta porque la fecha no es relevante, ni en mi presente ni en mi pasado lejano o reciente. Habré de esperar unas semanas para recordar un acontecimiento ocurrido en esta nueva muda.

Octubre, noviembre o diciembre qué más da. Mi cuerpo se prepara para esperar los atardeceres precipitados y los primeros fríos. Las ventanas permanecen cerradas y las cortinas echadas. Las voces de los niños en la plaza son solo un murmullo apagado y mi camiseta deportiva una intrusa que desde una esquina del ropero reclama la atención perdida.

El rincón de la lectura se ha despejado. Las tardes invitan al paseo por las páginas y, de vez en cuando, si llueve, les dedico un tiempo extra. Algo me dice que es tiempo de flores aunque  no florezcan los jardines. Intento resistirme porque es otoño y no tocan flores, sino libros escolares, caminatas bajo el sol aletargado de la tarde y prisas a la hora de bajar al contenedor del reciclaje para que las últimas luces del día no me echen de menos cuando se despidan tras la última montaña.

Pero… ¿quién se resiste a unas flores? Me arreglo y miro mi reloj por si todavía estoy a tiempo de coger el autobús. «Si no me entretengo con la brochita ante el espejo, me da tiempo» pienso en voz alta. Y salgo ligera, cargada con mi bolso grande repleto de cosas necesarias como los bolis, la agenda, la libreta pequeñita de notas, el móvil, el monedero, los poemas de mi nuevo contacto de facebook, las llaves…

Ya en la floristería, compraría todas las flores de la tienda, y todas las copas de cristal tallado, y los centros de mesa… ¡Está todo tan bonito y expuesto con tan buen gusto! Pero me reprimo porque no están las cosas para abusos y, además, luego todo son trastos por todas partes. Compro lo esencial para formar mi ramo y me empleo con ganas en su confección: A un lado las azucenas, los dos gladiolos sobresaliendo unos centímetros por encima de los claveles moteados; la rosa roja en el centro, altanera, que para eso lleva el nombre de las mujeres que tanto me quisieron y quiero; y la paniculata salpicando todo el conjunto reposado sobre el lecho verde de hojas de esparraguera.

Ahora, coloco mi ramo en el búcaro, junto a la cruz. Deposito un beso en mi mano y poso ésta suavemente sobre las dos fotografías ovaladas de color sepia que presiden la losa, algo por encima de los nombres y fechas talladas en el granito. Ya no hay cipreses, eso es algo que pertenece a otros otoños, cuando el nombre del recinto se apellidaba Santo.

No, no hay cipreses y, a veces, por el aire se extiende un olor, como de ceniza.

 
Fotografía: Otoño en Javalambre P.Murria

domingo, 19 de octubre de 2014

A través de la ventana - 2

 



Con mi propia mirada inexperta me dejo seducir por otra ventana; en esta ocasión, una ventana mágica. En la abstracción de Patrick Heron intuyo el trazo de mi querida amiga Débora. Me permito soñar que formo parte de la silueta femenina y me asomo hasta el puerto. Los colores y las líneas me guían y siento que alguien contempla mi desnudez desde el interior de la estancia, desde un ángulo diferente. Hago caso omiso del mobiliario y de la indiscreta mirada…, la vida está al otro lado, donde los barcos aguardan pacientes.  Quizá el artista cantó al lienzo su propia historia; tal vez, solo tal vez, llegue yo hasta esa voz mediante un eco lejano. A través de su Ventana al puerto con dos figuras yo vivo mi propia historia. Acaso mi visión del otro lado no está viciada por el interés de la academia, y proyecto mi propia interpretación. Tomo prestados los colores y las formas, pero las sensaciones son mías; y abro y cierro la ventana a mi antojo. Sin permiso previo.

Y me llego hasta el genio y abro una de sus ventanas de par en par. La musa, de espaldas, esquiva mi mirada. No reparo en su presencia hasta que tropiezo con ella. Es la más mágica de las ventanas dalinianas. Tampoco hay cristales, y el hombre domina el espacio a este lado. Allá en el otro, la luz, el mar... Y en ambos, la libertad.
    El canto al amor y al desamor, a la vida y a la muerte, a la madre y al hijo... En el arte pictórico, en el fotográfico y en el literario, en todas sus tendencias son los epicentros del artista. De ellos se parte y a ellos se vuelve una y otra vez. son los elementos abstractos. El instante es otra cosa, en él te sumerges y desde él te asomas al mundo de las sensaciones. Es en ese instante cuando, lentamente, yo me acerco hasta mi ventana y miro a lo lejos, hasta que los perfiles de las montañas más próximas impiden el paso a mi mirada. Ahí la detengo y me deslizo en silencio. Unas veces hasta una esquina cualquiera de mi memoria; otras, adivinando sueños y vislumbrando momentos inciertos en un pliegue del tiempo que está por venir. Es ahí, a través de la ventana, donde aspiro hondo y dejo que el aire de la sierra y la brisa del Mediterráneo se fusionen y me abracen. En ocasiones un escalofrío recorre mi espalda y es mi propio abrazo el que me reconforta.



Con lluvia o con sol, con el paisaje verde o con el ocre de las hojas desprendidas; siendo testigo fiel de cada amanecer o de cada ocaso, con la vista puesta en la historia o en el futuro de los otros, de los que vienen detrás; con las cortinas corridas y las persianas subidas, constantemente, la ventana susurra mi nombre…


 
 

 
Ilustraciones:
Patrick Heron, Ventana al puerto con dos figuras
Dalí, Muchacha en la ventana
Amparo Gil Martín, Una ventana a la historia (desde la fortaleza romana de Sagunto)
 

A través de la ventana - 1




La ventana me habla con voz de lluvia: «Es hora de que te asomes al día» me dice. Es una de tantas. La casa está llena de ellas. Las más cercanas son las habituales que proporcionan claridad a mi vida. A ellas me asomo para sentir que estoy viva. A través de sus cristales observo la llegada del sol por encima de La Ponera; en ellas agilizo el movimiento de mis brazos cuando su opacidad me indica que es el momento de lavarles la cara; frente a sus hojas entreabiertas me sitúo para aspirar el aire fresco que baja desde la sierra, y para adivinar la brisa que en los días calurosos del verano me ofrece en una larga caricia mi playa porteña. Y cuando llega la noche  las cubro con finos lienzos y me despido de ellas. Tan solo una queda vigía en mis sueños, permitiendo que observe a la luna y las estrellas mientras mis párpados ceden rendidos tras las horas de vigilia.

La lluvia golpea con fuerza, y resbala, vencida. Yo escucho su llanto, desde el otro lado, y me reconforto en su derrota. Es la ventana de Amparo, parida para mis letras, la que me mira llorando. Detengo en ella mis horas y escribo al recuerdo, al tiempo y al pueblo. Estamos en  primavera, y tan pronto pase la lluvia y el cristal seque su llanto, vendrán de nuevo los aromas de la tierra. Es llanto primaveral que pasa raudo y trae consigo efluvios de azahares. Ambas nos reconciliaremos, mi ventana de Amparo soportando la lluvia y yo. Me tomaré un breve descanso para ir a mis quehaceres y quizá mañana rescate del álbum cualquier otra ventana. Tal vez recurra al arte de los grandes.
 
¿Por qué no a Magritte? Él poseyó la Llave al campo. Abandonó tristezas y melancolías; atravesó cristales y corrió por los mágicos caminos del realismo  pisando suelos de tierra, sangrando el alma y olvidando instantes viejos. Desde su ventana dotó de libertad a  pinceles y colores. Se desprendió de etiquetas sujetas a modas y creó naturalezas varias. En esas me sumerjo cuando ansío el aire fresco de los atardeceres verdes. Descalzo mis pies y paso de largo por entre los vidrios rotos que tanto hieren mis plantas. Y vislumbro mi cuerpo que transita ligero. Me río del mundo y de mí y canto con voces que no siempre son mías; y solo a veces, vuelvo la vista hacia atrás para comprobar que la ventana no se movió, que espera mi regreso y mis manos porque hay que limpiar las trizas.
Consciente de que habré de volver a ella y encerrarme a recoger los cristales rotos, me hago la remolona y busco otras ventanas en las que detener la mirada. Me salen al paso unas cuantas. Algunas ya son viejas conocidas, otras, son ventanas nuevas, regalos de amores constantes que comparto con aquellos que desean mi compañía. Ventanas en ruinas de las que no quiero desprenderme, que me obsequian con cielos  azules y vivencias de otros días. Me gusta contemplar la ventana en ruinas de Ismael...
 
 
...Y cuando me paro ante ella y me deleito en el paisaje a través de la vieja madera, me crezco en el orgullo de la madre que reconoce la sangre propia en el hijo. En la podredumbre de sus hojas hallo la belleza del tiempo, y en la ausencia de sus cristales la accesibilidad hacia los azules de un cielo invadido por nubes blancas. Entonces recuerdo otros azules y otras manos. Otros medios y otras técnicas. Aquí no hay telas ni finas cerdas. No hay acrílicos ni sensaciones surrealistas. Tan solo la mirada más allá de la visión; únicamente un pasado que reclama a voces la atención del objetivo, y un instinto que obedece disparando un haz de luz…
 
(Continúa en siguiente entrada)

Ilustraciones: Lluvia en la ventana, Amparo Gil
                         La llave al campo, Magritte
                         Ventana en ruinas, Ismael Murria Estal