martes, 9 de febrero de 2016

CASETAS -Cap. Primero.


Capítulo Primero
 

 
Criado en los barrios de la periferia, era amigo de los gatos y de las gentes sin techo. Cada noche paseaba su ronda por los restaurantes de élite de la ciudad. Aquellos coches brillantes y el estilo de las personas que abrían sus puertas para asomar sus lustrosos zapatos sobre el asfalto, le hacían sentirse en la más baja de las miserias.

Observaba sus zapatillas, arrebatadas con gran esfuerzo a un gigantesco contenedor, y su jersey raído por el uso. Los pantalones de pana, heredados de un conocido de su madre, los llevaba arremangados en los camales para evitar los traspiés que le producían los casi veinte centímetros que le sobraban del largo de sus temblorosas piernas.

En su recorrido nocturno le gustaba arrimarse a las prostitutas que ofrecían sus servicios a los noctámbulos necesitados de sexo. De esta forma conseguía hacerse con unos pitillos que más tarde regalaría al abuelo, con los que éste, tras aspirar el humo, lo expulsaría formando los pequeños círculos que producían en el muchacho un éxtasis visual.

Quizá el ambiente estuviera tranquilo en el barrio. Tras el jaleo de la pasada noche  toda la gente permanecía callada. Les bastaban sus miradas para comunicarse. Tendría que aprender el lenguaje de los gestos si en el futuro quería llegar a tener su estatus social en el entorno.

Todo estaba en calma cuando en la madrugada, acudió a la caseta en cuyo aire se mezclaban el olor a orín y a apio. El abuelo dormía en el viejo colchón, ese que constituía el mayor tesoro de los enseres que formaban el mobiliario de la casa. Su perro León dormitaba también junto al viejo y, al entrar Quico, se limitó a abrir un cansado ojo que volvió a entronar en cuanto lo identificó.

Guardó los cigarrillos en una caja de Farias, tan descolorida por el tiempo como el cajón de aquella mesilla que en su día ocupara un lugar privilegiado junto a alguna lámpara, en el salón de quién sabe qué señora.

El sofá que hacía las veces de cama y que quedaba oculto por una cortina, que se descolgaba más cada día, estaba libre. Su madre no había llegado todavía y posiblemente no lo hiciera en las próximas horas o días. Aun así, él dormiría en la colchoneta de goma, abandonada en la playa dos veranos atrás por algún bañista despistado.

Se acurrucó sobre su propio cuerpo y, tras ocultarse bajo la manta verde, se dispuso a esperar a que llegaran sus sueños. Cuando éstos aparecían se convertía en un joven estudiante como los que veía a menudo salir de los colegios de la ciudad. Se contemplaba a sí mismo frente a una vieja señora que, con un libro en la mano, se entregaba a la tarea de enseñarle unas lecciones que él asimilaba con la misma velocidad con la que los gatos echaban a correr, cada vez que los otros chicos de las casetas les echaban el pica-pica en las redondas pelotas que tenían junto a sus patas traseras. Otras veces veía desfilar ante él al abuelo que, vestido con un traje planchado y unos dientes blancos y sanos, se dirigía hacia un gran aparador sobre el que se apoyaba una botella en la que, de alguna manera, había conseguido penetrar un barco velero. Una vez delante del mueble, abría el cajón afelpado donde guardaba sus cigarrillos envueltos en cajitas doradas. Entonces aparecía su madre con aspecto de gran señora. Con la cara inmaculada y la sonrisa complaciente semejaba una diosa vestida de tules de finos colores. El cabello negro,  deslizándose hasta la cintura y formando ondas voluptuosas, parecía tener vida propia. Él la observaba cómo se dirigía hacia el abuelo y lo besaba en la mejilla mientras, delicadamente, le sustraía el cigarrillo que no tardaría en provocarle una nueva crisis de tos.

Cuando Quico despertaba de sus sueños y recorría su alrededor con la mirada, volvía a cerrar los ojos para seguir inmerso en su mundo fantástico.

 
El ruido de los camiones a su paso por la parte alta de las casetas lo devolvió a la realidad y le anunció que un nuevo día lo esperaba para mostrarle cuanto de bueno había en la vida, aunque él nunca llegara a saborearlo, porque su gente era un error de la naturaleza; algo antiestético pero necesario a la vez para demostrar a la sociedad más privilegiada su superioridad.

—¡Abuelo! —llamó— Vaya, ya se ha ido. —Comprobó Quico al echar de menos el viejo cochecito de bebé que el anciano utilizaba para transportar sus tesoros. Tal vez hoy le trajera alguna bicicleta desechada por un niño aburrido de ella. ¡Le hacía tanta ilusión! Los chicos del barrio se habían hecho con dos o tres que sustrajeron de un parque en un descuido de sus dueños, pero cuando se le ocurrió pedírselas prestadas para dar unas pedaladas recibió una pedrada en la cabeza. Además uno de los chicos se abrió la bragueta y le orinó sobre las zapatillas. La humillación superó con creces al dolor, y juró que jamás volverían a orinar sobre él. Estaba dispuesto a matar para escarmentar a quien lo intentara.

Con la ilusión de ver llegar al abuelo se dirigió hacia la caseta de la tía Juana. A medida que se acercaba, el aroma a tortilla de cebolla le recordó que no había probado bocado desde la mañana anterior.

—¿Qué pasa, Quico? ¿No ha aparecío aún la Candela?

—No —respondió el chiquillo indiferente a la ausencia de su madre.

—Anda, ven. Quédate quieto por algún rincón y ahora te pongo un bocao de tortilla; porque… has venío pa eso ¿verdá?

—Bueno…

—Oye, Quico, tú no sabrás na del tipo ese que encontraron la otra noche en la caseta de la Paqui, eh… —preguntó la mujer en voz baja entrecerrando sus ojillos legañosos.

—Lo vi una vez en el barrio de arriba. Iba con otro tipo muy tieso.

—«Vaya, vaya…» Anda, come, que estás ca día más arguellao. Tu madre tendría que ocuparse más de ti. Aquí no estamos como pa dar de comer a los hijos de… Bueno, hijo, quiero decir que lo único que los pobres podemos compartir es eso: la miseria. De eso nos sobra. Hay ratas pa dar y vender. Oye, ¿sabe tu abuelo lo del barrio de la zona norte? Cuando llegue dile que venga a verme porque he de hablar con él. ¡Hala!... ahora vete, no vaya a venir el tío Vicente. Si ve que te doy parte de su tortilla, me tocará la cara otra vez y aún me duele la última tunda.

—Adiós, tía Juana. Me acercaré hasta el puerto a ver si los pescadores me dan algo y te traeré para que hagas una olla bien grande.

—Muy bien. ¡Hala, vete ya!... si me traes algo haré una olla tan grande que daremos un banquete en las casetas.

El chiquillo se marchó y la vieja quedó entre unas prendas de ropa recogidas el día anterior en unos montones de basura. «Hay que ver cómo tira la gente sus ropas… Si parecen mismamente recién salías de la máquina. Hambre les daba yo a esas señoritingas. Hambre y buenos machos de mano dura», pensaba.

 
CASETAS -  LEH -Puerto de Sagunto -1995-
Fotografía: Ismael Murria Estal
 

viernes, 5 de febrero de 2016

CASETAS - Fragmento Cap.VI

 


... A las ocho de la mañana las máquinas demoledoras comenzaron a aparecer en el barrio de Cuatro Caminos. Las cuatro o cinco familias que se encontraban en el interior de sus miserables viviendas se habían hecho el propósito de morir allí mismo. Los operarios no se atrevían a realizar las tareas de demolición y por eso su patrón había ido a otras comarcas vecinas a untarles las manos a las gentes más pobres y necesitadas. Éstas, tan hambrientas como los caseteros, no dudaron en aceptar el trabajo, consistente en allanar un terreno para su posterior edificación.
 
-Ahí dentro hay gente -dijo uno de los peones al ver a un anciano colocarse junto a la puerta de su caseta. Al momento, otros siguieron su ejemplo, y en poco tiempo todos los inquilinos custodiaban sus posesiones-. No se nos dijo que esto estaba habitado.
 
-¡Eh, oigan...! -gritó otro empleado- Tienen que quitarse de ahí. Tenemos que tirar las casetas.
 
-¡Vete a la mierda! -le respondieron desde dentro.
 
-¿Qué hacemos? Estas gentes no piensan moverse y a nosotros nos han pagado por adelantado. No puedo devolver el dinero. Me hace mucha falta.
 
Los trabajadores empezaban a sopesar la situación y se ponían nerviosos. Se les planteaba un problema de difícil solución. Uno de los hombres se acercó hasta la caseta más próxima. Junto a ella se encontraban cinco chiquillos de corta edad, un anciano y un hombre corpulento que tomaba a una mujer desgreñada por el hombro.
 
-Nos han contratado para que allanemos todo esto -les dijo-. ¿Por qué están ustedes todavía aquí?
 
-No les han informao bien. Debieron decirles que no nos vamos a marchar de nuestras casas pa que vengan unos señoritos del tres al cuarto a levantar lujosos chalés pa los ricos. Estas casetas que ustés quien tirar son pobres, pero son nuestra vida. Aquí nacieron nuestros hijos, y cuanto tenemos se encuentra ahí dentro. No tenemos sitio al que ir. Otros se han ido y ahora viven tiraos por los márgenes de los ríos o por los alrededores del cementerio. Se han hecho chabolas con palos y mantas. Al llegar la noche se duermen alrededor de una hoguera y se quedan a la intemperie. Se acerca la navidad, hace frío y la humedad del suelo se cala en los huesos de nuestros viejos y de nuestros chiquillos. ¿Van ustés a decirles a sus críos que pagarán sus dulces con el dinero que les han dao por tirar a otros de sus casas?
 
-Nuestros hijos también tienen hambre y cuando llega la noche nos tenemos que echar todos en el mismo colchón para no notar las heladas. Nuestras miserias no tienen nada que envidiar a las vuestras. Si quieren comprensión para su hambre, comprendan también la nuestra...
 
 
De: CASETAS -  D.Estal.  (Puerto Sagunto. 1995) -
Imagen: Casa en ruinas. LEH

miércoles, 20 de enero de 2016

En la espiral




 
 
El invierno llega lentamente, sin prisa... Los trajes de baño, las bicicletas, las reuniones a la fresca... Todo eso me parece ya un vago recuerdo que forma parte de un pasado lejano.
El otoño ha pasado de largo sin que apenas haya notado bajo mis pies el crujir de la hojarasca. Simplemente se olvidó de mí. De mí, que siempre lo esperé con ansiedad; con esa ansiedad que se introduce en mi garganta y que me impide respirar cada vez que intento trasladar a alguien mis sentimientos más profundos y observo que soy incapaz de hacerlos aflorar.
Una vez más, como cada año, mis horas se llenan de los temarios de los libros; de las flexiones en el patio; de las madrugadas frente a la estufa, bolígrafo en mano... con una sola idea en la mente: Aprobar.
No importa que asimile conocimientos que en el futuro no me servirán para ser feliz. No importa que sepa rellenar los más penosos cuestionarios. Sólo importa aprobar con la máxima nota; demostrar que consigo llegar más lejos que los demás.
Tampoco importa la felicidad, y menos aún la reflexión. La reflexión no me lleva a ningún sitio; si acaso, a encerrarme en mí misma y situar a mi razón en una espiral sin lógica exterior.
Cada invierno más de lo mismo. Unas pautas a seguir, unas fiestas a celebrar, unos días de reposo mental y de acoso afectivo... Un afecto que me ahoga, que me exige un rendimiento al máximo; que me insta a poner precio a mis sentimientos y a envolverlos en papel de oro, para poder así, comprar de paso otros sentimientos acicalados. Cuanto más caro sea el envoltorio más valor se dará a su contenido. El valor del mismo no cuenta. Lo verdaderamente importante es el coste del envase. ¡Y después qué!... Los afectos tasados desaparecerán cuando las hojas del acebo se hayan secado. Entonces cada cual guardará sus excesos afectivos para la próxima ocasión, un año más tarde.
Siento frío... un frío que templa a mi espíritu y que lo alimenta. El frío y la lluvia del invierno me arropan y dan calor a mi alma que los anhela. Me acurruco sobre mí misma y me asomo a mirarme por dentro. A veces me sorprendo al ver una riqueza cuya existencia ignoraba, pero luego, cuando el frío desaparece y quiero compartir mi riqueza, ésta se desvanece con la lluvia.
Por eso la dejo dentro, y su envoltorio le impide manifestarse porque, a fin de cuentas, eso es lo que vale: El envoltorio de papel de oro. Lo que encierra es lo de menos. Se queda enredado en la espiral sin posibilidad de libertad. Sólo si el papel se convierte en polvo la espiral se extiende dejando fluir libremente al sentimiento, a su esencia. Sólo entonces, cuando ya no hay envase, se recoge el verdadero regalo cuando, junto al fuego, se unen en hipócrita comunión los mercaderes de afectos tasados. Únicamente entonces la muerte no puede dar ni recibir afectos; ese es el momento en que verdaderamente se valora al contenido del envoltorio ausente.
Y yo observo a mí alrededor y me angustio. Me veo formando parte del juego y me escapo hasta mi alcoba para ponerme mi mejor vestido y salir a la calle huyendo de mi visión de futuro. En mi carrera no me doy cuenta de que sigo jugando. Sólo cuando me encuentro con mi mundo de juventud y veo a mis compañeros y compañeras con sus mejores galas, contemplo horrorizada que todos nos hemos colocado nuestro saco dorado.
No les pregunto ni me preguntan cómo están y cómo estoy. Nos limitamos a preguntarnos qué ropaje es el más bello y cuánto habremos pagado por él.
Ya todo me da igual. No puedo escapar del juego y mi único consuelo es que pronto acabará y, tal vez al comenzar de nuevo, yo me haya adaptado a él.
Mientras tanto pasarán las nieves y las lluvias. El frío me abandonará y me sentiré feliz al contemplar cómo brota la hierba y cómo los árboles se visten de colores para recibir a las primeras aves.
Seguiré asimilando páginas enteras de mis libros de texto, y luchando hasta el final por conseguir las puntuaciones más altas. Ya no me preguntaré si valdrá la pena el esfuerzo, ni si seré capaz de escapar de la espiral. Simplemente transitaré el camino hasta su último trecho y, tras la última prueba, me sentaré frente al mar y allí trataré de orientar mis próximos años. Me despediré de mi anterior vida y diré adiós a mis trenzas y a mis muñecas; a mis primeros besos ocultos tras las dunas y a mis primeras dudas ante el cruce de caminos.
Hablaré con las olas por última vez y emprenderé un nuevo recorrido: ese largo camino bordeado de rosas espinadas. Intentaré acariciar la suavidad de sus pétalos procurando no dañar mis dedos con sus espinas. Algunas se me introducirán hasta el alma y se quedarán allí eternamente, pero otras sólo me rozarán produciéndome ligeros arañazos que yo misma habré de aprender a curar. Acariciaré mis labios con la textura aterciopelada de sus pétalos, y sus colores darán a mis ojos un éxtasis visual que deberé atrapar para reconfortar a mi espíritu en los momentos de angustia.
Seré una mujer ante el mundo y, ¿quién sabe?, quizás el mundo se dé cuenta de mi existencia y me permita formar parte de él.
 
De. CUENTOS DEL PUERTO -En la Espiral (Puerto de Sagunto - 1998)
Imagen: Blas Estal.

jueves, 14 de enero de 2016

Querida amiga...





Querida amiga, quizá te sorprenda mi carta, pero a pesar del tiempo transcurrido no has dejado de permanecer junto a mí ni un solo instante de nuestras vidas.

Cuando me despedí de tus veinte años te dije que algún día te volvería a buscar, aun sin tener la certeza de hallarte; y aquí estoy de nuevo, mirando a un cielo gris y en silencio, evocando aquellos momentos en los que decidías tomar el mundo entre tus manos y marcar tu propio destino.

¿Conseguiste tus sueños? Creo que sí, pero ha pasado tanto tiempo que ni yo misma tengo claro ahora, desde mi momento, cuáles eran. Sé que querías sumergirte en las letras y en los números. Parece que te estoy viendo devorando una y otra vez cada párrafo de aquellas Ruinas de Palmira. Te veo lápiz en mano, subrayando todo aquello que te hacía reflexionar en aquella lectura. Subrayaste casi todo el libro; tanto, que, más tarde, yo misma tuve que comprar otro ejemplar. También recuerdo otro que fuiste incapaz de leer hasta el final, y eso que lo intentaste varias veces. Era aquel que hablaba de la familia Alvear. Creo que aún lo conservo en mi biblioteca. Quizá retome su lectura donde tú la dejaste y consiga leerlo de un tirón. Quién sabe…, hasta es posible que ahora me aporte algo positivo que tú, entonces, no fuiste capaz de captar.

Querida amiga, ¿te desprendiste ya de tu piel de analfabeta? Recuerdo cómo te dolía aquella piel. Ahora te veo camino de la academia, con unas ganas locas de aprender a resolver problemas de cálculo mercantil, y con no menos ganas de redactar cartas comerciales. Todavía hoy me sorprendo de la forma en que entraste en aquella clase, preguntando si podías estudiar algo. «Certificado de Escolaridad»: mentiste a la profesora cuando te preguntó si tenías algún tipo de estudios. No tenías ni tan siquiera eso, pues cuando dejaste el colegio a los doce años todavía no habías finalizado la Primaria.

Sin embargo, aquella mentira te permitió meter los pies en la academia y cursar tu Auxiliar Administrativo que tanto te enorgullecía, y que conseguiste acabar en un brevísimo periodo de tiempo, sin apenas esfuerzo, disfrutando del tiempo que dedicabas a aquellos folios y libros, y, además, superando al resto del alumnado en las calificaciones.

¿De qué serías hoy capaz, si tuvieras dieciocho o veinte años?

Ahora te observo de nuevo y te veo más feliz. Estabas al principio de un camino; un camino que estos días se me antoja muy largo. Con muchas curvas y rampas, bordeado de maravillosas flores en unos trechos, pero asaltado de sombras y ráfagas de vientos helados en otros. Tú solamente podías vislumbrar el principio. Bueno, más que vislumbrarlo lo trazabas para las dos. Pero no lo hacías completamente sola…

De: Apuntes del viejo diario o Ensayo sobre los otros días -  (Albalat dels tarongers. 2008) -
Imagen: Con sello de Débora Trachter - 2009

jueves, 7 de enero de 2016

Noche de Hadas




En esta noche de fantasía los tres reyes magos se han quedado rezagados en una esquina del tiempo. La madurez de la magia se disfraza de otros sueños y otros niños. Las Hadas, en el bosque que aún no ha sucumbido a las llamas, trabajan duramente ajenas a los estragos del último incendio. En las oquedades de los árboles más viejos almacenan los deseos de quienes, niños, adolescentes, jóvenes adultos y viejos aniñados, solicitan sus mercedes.

Allí están depositadas las esperanzas, en las entrañas de los troncos más viejos, en esos cuya sabiduría nos alcanza por igual a hombres y mujeres, a credos rojos y azules, a niños de cualquier aldea de cualquier rincón del mundo.

En estas horas mágicas las hadas del sendero tienen mucho camino por recorrer, y yo me acuesto temprano. Sobre la mesa del escritorio dejo mis bombones junto a una extensa solicitud de deseos, al lado de mis sueños y de mis versos, bajo la mirada de aquellos que un día me amaron y que hoy, inmersa en la magia del momento, recupero mientras espero.


De: A modo de diario
Fotografía: P. Murria  -Sierra Calderona-

miércoles, 30 de diciembre de 2015

Un viejo artículo


 Blas Estal Hernández nació en Puerto de Sagunto, el 14 de Junio de 1952. Cursó estudios de Enfermería y desarrolló su trabajo como ATS, primeramente en el hospital Virgen de la Arreixaca de Murcia para, desde allí, pasar al Ruiseñores de Zaragoza, y más tarde a la Residencia Sanitaria La Fe de Valencia. Coincidiendo con su estancia en el hospital valenciano, se manifestaron en él los primeros síntomas de una larga enfermedad cardiaca que le apartaría definitivamente del mundo laboral en el año 1986, no sin antes haber realizado sus servicios en el Laboratorio de Urgencias del Hospital de Sagunto y, posteriormente, de nuevo otra vez en Murcia, en la Unidad de Quemados del Virgen de la Arreixaca.
 
En el periodo que abarca desde 1986 hasta 1990, alterna sus horas entre el reposo en cama y su ya vieja compañera: La Pintura. Es por esas fechas, el 6 de Abril de 1990, cuando es sometido a un trasplante cardiaco en el hospital Gregorio Marañón de Madrid.
 
Tras una rápida recuperación, y con unos resultados altamente satisfactorios, se encuentra ante una vida que había quedado interrumpida diez años atrás, en los cuales, ha tenido que superar duros golpes personales, entre ellos la muerte de su padre que lo marcará de manera extraordinaria.
 
Es entonces cuando descubre una amplia gama de posibilidades que le brinda la vida recién adquirida gracias a la generosidad de un donante anónimo, y comienza a disfrutar de los colores de la hierba y del Mediterráneo; pero, sobre todo, de un aire puro que entra libremente en sus pulmones y cuya sensación ya no recordaba.
 
Paralelamente a su reinserción en la vida, nacen en él nuevas formas de ver la pintura a la que tantas horas ha dedicado durante su enfermedad, y va creando nuevos conceptos y añadiendo elementos de diferentes matices y texturas en sus añejos lienzos.
 
Comienzan las exposiciones de sus obras por la región de Murcia, y estas son alternadas con su incorporación a la asociación ALCER como un miembro más de las personas que se dedican a la divulgación de los temas referentes a la donación de órganos y a los resultados que producen en los pacientes que esperan ávidos de vida en las camas de los hospitales.
 
La creatividad se va adueñando de su espíritu, y además de la pintura, comienza a escribir breves poemas y algunos cuentos, en los que sus sentimientos más profundos e íntimos afloran a través de la tinta recordando siempre a su donante desconocido, al padre que él mismo eleva a la categoría divina y, cómo no, a las «ausencias injustificadas»
 
En estos momentos, a su pasión por la pintura y la literatura se suma la escultura, de la que va entrando en detalles a partir de unas sencillas piezas en hierro que elabora mediante su sentido de la creatividad y de la genética aportada por su progenitor, forjador y calderero de los Altos Hornos de Puerto de Sagunto.
 
De entre sus escritos, me gusta entresacar uno que le mereció el Primer Premio de Testimonio de Vida que cada año organiza la asociación ALCER:
 
 
AL DONANTE ANÓNIMO
 
Mi perdido sentimiento
en la intimidad de tu gesto
diluido en los matices
solidarios del instante
 
Desconocido rostro que brillas
desde el alba de tus latidos
pulsa tu luz en mi pecho
y que mis pasos se deslicen
por tus horizontes, a mí ofrecidos
 
Sólo mi agradecimiento
puedo mostrarte
marcando así tu grandeza
que le disputa a la rosa
su aliento
 
Un amanecer me ofreciste
desde tus ocasos siempre presentes
sueños hallados
en el cénit estrellado de tu Aura
 
Con esta humilde rosa pretendo
mantener intacta la belleza
de tu rostro
en el interior de mi alma-
 
 
 
- B.Estal -
 
 
Un viejo artículo para -Taller de Prensa, EPA Miguel Hernández, 1994 -
Imágenes: Blas Estal en Murcia
Óleo: LA OFRENDA (Al donante anónimo) -B.Estal-

 
 
 

martes, 15 de diciembre de 2015

La Misa del Gallo



 




En la calle olía a invierno. Algunas estelas de humo se elevaban por encima y por detrás de las caravanas y de las tiendas. Era el 24 de Diciembre y La colonia bullía de gente. Los niños, ataviados con gorros y bufandas de lana, cantaban antiguos villancicos ajenos al frío y a las nostálgicas miradas de los más ancianos que se perdían en otras navidades, al parecer, irrecuperables en los tiempos actuales.

En una de las caravanas, Isabel ayudaba a su iaia a reciclar lo que en su día fueron cortinas. Metros y metros de tela que servirían para hacerle varias camisas el iaio y alguna que otra prenda a la niña. En un apartado rincón, en el interior del viejo baúl, se amontonaban otros trapos, éstos, ya inservibles  para cualquier uso que no fuera el de enjugar las futuras menstruaciones de Isabelita.

Iaia, cuéntame otra vez el cuento de la travesía de Manu y Sandra —pidió Isabel a su abuela.

—Isabel, sabes que solo me gusta contarte cuentos cuando caminamos por el campo.

—Ya…, pero hasta la próxima primavera no podremos subir al barranco. Y yo me aburro. Aún falta mucho para que venga la feria.

La abuela, se levantó pesadamente de su silla y, con un gesto, la invitó a recoger las telas. El abuelo no llegaría hasta una hora más tarde y el reparto de la cesta no se llevaría a cabo hasta la hora del Ángelus. En la colonia, la gente iba a lo suyo, y lo suyo era: no intervenir en la vida de los demás. Así que, en voz muy bajita, una vez más, la iaia se dispuso a retroceder en el tiempo evocando unos días que, aun cercanos, parecían tan remotos como los de los primeros cristianos, allá en tierras ocupadas por el imperio de Roma.

—Eran los tiempos en que reinaba la luz en la tierra. Manu y Sandra vivían felices en su casita, en un barrio cercano al hospital en el que Sandra atendía a los niños deficientes que acudían a su consulta… —comenzó a relatar la iaia.

—Iban acompañados de sus papás, en busca de nuevas terapias que atenuaran en alguna medida sus carencias. —interrumpió la niña que sabía la historia de memoria.

—Sí, en efecto. Sandra investigaba los efectos que las nuevas terapias producían en el desarrollo cognitivo de aquellos niñitos. Cuando ella les hablaba, éstos sonreían, o lo intentaban, pues no todos podían hacerlo. Se mostraban tranquilos en presencia de Sandra porque era un ser excepcional. Ella deseaba tener un niñito, pero no podía concebirlo de Manu.

—Y entonces decidió recurrir a la Ciencia que ella tan bien conocía —.se adelantó Isabel.

—Manu, por aquellos días se dedicaba al diseño de muebles. Lo hacía muy bien y le llovían los contratos. Con sus respectivos trabajos se permitían llevar una vida bastante desahogada. Viajaban mucho. En uno de aquellos viajes, Sandra se sometió a una inseminación con el fin de poder alcanzar su sueño de ser mamá.

—Pero no lo tuvieron fácil, ¿verdad que no, iaia?

—No, Isabelita. A las pocas semanas, el hospital retiró a Sandra de sus investigaciones. El trabajo de Manu aún les permitiría seguir con su ritmo habitual de vida durante algún tiempo. Pero el futuro no se presentaba nada halagüeño. No obstante, nunca se vinieron abajo. Lucharon por que el hospital recuperara los recursos que le permitieran a Sandra seguir con su trabajo de investigación, pero todo fue en vano. Los recursos se iban para otro lado.

—Y la luz sobre la tierra se fue apagando poco a poco…

—Nunca se apagó del todo. Quienes lo intentaron jamás pudieron alcanzar su objetivo. Hay cosas que no se pueden comprar ni con todo el oro del mundo, Isabelita. Y aquella batalla por la posesión de la luz la ganaron los débiles. Los fuertes no pudieron apagar jamás el calor del sol ni el reflejo de la luna. Aunque sí se erigieron en dueños y señores de los beneficios que su transformación proporcionaba.

Iaia, ¿el iaio nos acompañará esta noche a la Misa del Gallo? –preguntó Isabelita cambiando de tema.

—Claro. Irá toda la colonia. El alcalde ya nos dijo ayer que este año el Oficio iba a ser especial. «Vendrá un invitado de peso» fueron sus palabras. Los últimos años las navidades han sido muy tristes y desde la Oficina de la Comunidad van a hacer lo posible para que se recupere aquel espíritu navideño de antaño. Aquel en el que las personas vestían sus mejores deseos y desnudaban sus rencores dejándolos en suspenso hasta unas semanas más tarde.

—¿Será eso posible, Iaia? ¿Sería posible que Manu y Sandra regresaran de aquel exilio y retomaran su antigua vida? —la niña ansiaba el momento en que «la normalidad» volviera a las calles. Era un deseo compartido por todos pero silenciado, igualmente, por todos.

—Yo no llegaré a verlo, pero estoy segura de que volverán los días de la luz. Ya seguiremos con el cuento en otro momento, Isabelita. Ahora debemos arreglar la caravana. Ve a jugar a la calle con los otros niños.

Isabel ayudó a su abuela a poner en orden los pocos enseres que constituían el ajuar y se marchó a la calle. Faltaba poco para La hora del Ángelus. Aquella era la establecida por los servicios sociales para repartir la comida a las diferentes colonias que proliferaron en la periferia de las ciudades. En la cesta ese día contarían con una pastilla de turrón y unos mazapanes. A los abuelos de Isabel tan solo les darían la ración de la niña. Ellos se conformarían con los panecillos y las sardinas. Quizá, si todo iba como aseguraban desde la megafonía de la oficina municipal, al año siguiente compartieran algo más que las sardinas y los panecillos. ¡Le hacía tanta ilusión a la iaia elaborar alguno de aquellos manjares que tanto gustaban al iaio!  Pero aquello era cuando las navidades se celebran en el interior de las casas de ladrillo; con la familia alrededor de la mesa; cuando el rey de todos los ciudadanos ofrecía un discurso que solo unos pocos se tomaban en serio, mientras otros muchos lo veían como uno más de los gags humorísticos de los espectáculos que se emitían en la Noche Buena. Porque entonces aquella noche sí que era Buena; las de ahora eran tan solo una imitación. No obstante, la nueva generación las disfrutaba al máximo. Solo unos pocos nostálgicos con la edad suficiente para recordar antiguas festividades con sus correspondientes misas y ágapes, eran conscientes de lo manipulado de las navidades actuales, y asistían a los Oficios tan solo porque era lo que se esperaba de ellos.

A medida que se acercaba la media noche, los vecinos de la colonia se iban preparando para iniciar el recorrido hacia el centro, hacia la iglesia adjudicada al distrito. Los niños, delante de la comitiva portando pequeños cirios aún apagados, candelillas cuyas mechas no prenderían hasta la señal convenida. Detrás, en procesión, los hombres a un lado, con el uniforme de sus respectivos gremios. Las mujeres ocuparían la otra fila, todas ataviadas con negra mantilla, todas ellas con las caras limpias de maquillaje, todas con el reflejo de la castidad en sus rostros. Las  embarazadas ocuparían el centro de la procesión, entre los hombres y las mujeres. Ellas serían sin duda las protagonistas de la noche. A ellas se dirigirían los sermones vinculados a las antiguas leyendas. Sus gestaciones recibirían las bendiciones correspondientes, y, una vez finalizados los cánticos y aleluyas, las vírgenes adolescentes se postrarían ante los cuerpos hinchados de las gestantes. A ellas rendirían pleitesía y a ellas se someterían hasta el alumbramiento.

A las doce en punto de la noche, el Oficiante pediría silencio absoluto. Era el momento esperado por los más pequeños. De pronto, el tañido de campanas daría la firme estocada a ese silencio. Llegaba el instante en que los cirios y candelillas prendían todos al mismo tiempo. Isabel sonreía satisfecha entre los otros niños. Un brillo especial iluminaba sus ojos y con gran alegría desfilaba ante el altar, en busca de su preciado tesoro. Primero comulgarían los pequeños, y después les seguirían en orden los adolescentes, las mujeres adultas y los hombres. Las embarazadas no lo harían. En la Noche Buena no les era permitido. Sí participarían, sin embargo, del abrazo del Oficiante, así como de, el del más alto dignatario eclesiástico, invitado de honor a la ceremonia y cuya presencia constituía todo un privilegio.

La iaia, con semblante triste, contemplaba el regocijo en Isabelita, pero se sentía incapaz de compartir su alegría. El iaio, con más rabia que tristeza en su rostro, disimuladamente contemplaba también, pero no a la niña, sino a su esposa. Por más que lo intentaba no podía seguir aquel juego. Muy a su pesar se había convertido en una de aquellas piezas del tablero. Solo le quedaba apretar los puños y tragarse su rabia.

El Oficiante del ritual lo sabía. Y también contemplaba con gran interés los rostros de los otros adultos, adivinando los pensamientos de cada uno de ellos.  En algún momento de la ceremonia su mirada se cruzó con la del iaio. No era la primera vez que éstas se cruzaban. No hacía muchos años, aquel hombre, hoy envejecido por el orgullo reprimido, le hacía frente dialécticamente desde un inmerecido escaño. El asunto de la mujer científica y su pareja diseñadora ocupaba las páginas de los diarios. La concepción, así como la relación amorosa entre las dos mujeres atentaban contra todas las leyes naturales. Había que impedir aquella abominación. Pero habría que hacerlo sin dañar la vida del futuro ser que se desarrollaba en el interior de aquel cuerpo entregado al vicio y a las malas artes. Urgía la detención de Sandra y Manuela antes de que el bebé naciera. Había que actuar deprisa, pero con cautela para no tener a la prensa internacional metiendo las narices en el asunto.

La ceremonia llegaba a su fin. Poco a poco, los asistentes fueron abandonando la iglesia. El abuelo fue el último en hacerlo. Animó a su mujer a que se adelantara hacia la caravana. «Ve para allá, que yo te alcanzaré enseguida» le dijo. La mujer obedeció preocupada y sumisa. Como cada año, su marido esperaba a que saliera el último de los fieles; aún le quedaba un poco de aquel orgullo del que fue despojado y que le permitía volverse de espaldas al gentío de la calle y mirar de frente a aquel Oficiante ataviado con túnica bordada con hilos de oro y plata. Observaba cada uno de sus movimientos al recoger los sagrados elementos. El Oficiante se sabía observado y se complacía en ello. Lentamente limpiaba la copa sagrada, hacía las genuflexiones correspondientes y se volvía hacia el hombre empequeñecido ante el quicio de la gran puerta. Tan solo quedaba iluminado en el interior el espacio reservado al altar.

Un último cruce de miradas y un recuerdo compartido: «la persecución solapada de Sandra y Manuela. El exilio de éstas hacia países todavía no contaminados con el despropósito; la casita de madera en aquel pueblecito de alta montaña, en la que Sandra alumbró a Isabel con ayuda de la iaia y de la matrona venida desde el otro lado de la antigua frontera. Abuelo y Oficiante recordaban que de eso se cumplían hoy, exactamente a estas horas, los nueve años. Ambos revivían el momento en el que la matrona, una vez cortado el cordón umbilical de la niña, se retiró para realizar una llamada telefónica desde su móvil. “Voy a llamar a casa para avisarles de que no tardaré en llegar”, le dijo a Manuela. Cuando al cabo de una hora, llegaron los hombres del gobierno, las tres mujeres comprendieron a quién había llamado en realidad la matrona. “La urdimbre tejida por la araña siempre tuvo un alcance infinito”, dijo la iaia dirigiéndose a los hombres. Estos hicieron oídos sordos al comentario de la abuela. Presentaron unos papeles a las mujeres en los que se les obligaba a salir del país y dejar a la niña a cargo de los servicios sociales. Manu y la abuela se abalanzaron sobre ellos pero todo fue en vano. Fueron reducidas sin dificultad. La ley así lo dictaminaba. Podían emprender un largo camino judicial, pero no contaban con los recursos económicos necesarios para iniciar el primero de los pasos. Las tasas solo estaban al alcance de aquellos que no necesitaban recurrir a las  leyes porque, precisamente ellos, eran quienes las elaboraban. Pero el gobierno era tan coherente y sus normas tan benévolas con quienes las desobedecían, que estaban dispuestos a que la niña se criara con los abuelos. Por supuesto, bajo la atenta supervisión de los miembros de la Oficina de la Comunidad y del Oficiante correspondiente.

Las mamás de Isabel se rindieron ante esta benévola oferta del gobierno. Asumieron su exilio lejos de su familia y de la niña por la que lucharían desde la distancia. En la madrugada del día de Reyes partieron hacia el país vecino. La iaia y el iaio volvieron a su casa de la costa; él a la serrería que proveía a la multinacional del mueble, y ella, como antaño, a sus labores. En cuestión de un par de años, su casa, como la de tantos otros, sería precintada y puesta a disposición del poder financiero. Más tarde, y gracias a las ayudas estatales, les fue concedida una caravana en la que instalarse en las afueras de la ciudad. Lejos de la playa pero también lejos de la montaña. Ambos núcleos pertenecían ya a las élites, así como los centros de las grandes ciudades donde se preservaba la cultura y los bienes de interés arquitectónico.»

Llegaba el momento de volver a la colonia. El abuelo, a modo de despedida, dedicó una última e irónica sonrisa al Oficiante. Éste, no supo cómo interpretar aquella ironía y, preocupado por ella, en la seguridad de que ocultaba un último mensaje, desapareció dejando en el silencio aquel altar presidido por los símbolos sagrados: A la derecha del altar, un gran mural con el perfil de la gran hoz sobre fondo azul; a la izquierda, en otro gran mural, el de un águila imperial sobre fondo rojo; y en el centro, presidiendo el altar, esmaltado en oro, el símbolo de la banca mundial: Ave y herramienta en el interior de una gran moneda de oro… tres personas distintas y un solo dios verdadero.

—¡Iaio, mira qué bonito!

En la calle, los fuegos artificiales cegaban el resplandor de las estrellas robándoles protagonismo en la noche. La gente era feliz. Cantaban y bailaban, y la mayoría daba gracias a Dios por vivir en un país cuyos dirigentes velaban por el bienestar de sus ciudadanos. Lejos quedaban los días del abuso, del consumo innecesario y de las falsas libertades.

En una de las caravanas, la iaia observaba desde lejos los destellos de colores en el cielo cuando vio la silueta del marido dibujada en el camino de entrada a la colonia.

—¿Y la niña? —preguntó la mujer.

—La dejé con sus amigos para que disfrutara un poco más de la fiesta. Tranquila mujer, que está bien vigilada. No le pasará nada. Vendrá con los padres de los otros niños.

—¿Por qué sonríes, Antonio?

—Por nada, Rosa. Por cierto… En cuanto llegue la primavera, comenzaremos la educación de Isabelita.

La mujer también sonrió. Besó a su marido en la frente y se dispuso a ordenar los trapos del baúl del rincón, aquellos que ya no se podían reciclar. Bien ocultos entre el forro de unos abrigos viejos, acarició las páginas de aquellos libros. No eran muchos, desde luego; algo de Jesús de Nazaret, Sartre, Sampedro… pero, en lo alto del monte, en uno de los voladizos del pico con nombre de diente, se encontraba el gran tesoro. Pacientemente esperaba de nuevo la visita de la familia de Sandra y Manuela. Allí, juntos, en el interior de la cueva, en una esquina de la oquedad, lo suficientemente adentrados lejos de cualquier incidencia forestal que las abrasara, se abrazaban las palabras de los dioses antiguos: Tales de Mileto, Sócrates, Engels, Nietzsche, Volney, Ortega y Gasset … Y en un pequeño nicho bien custodiados, los apuntes recopilados por Rosa sobre las mujeres silenciadas; Diotima, Hipatia, la mística Teresa, Simone de Beauvoir, la Camps y la Zambrano, Ouka Leele, Ana Mª Matute…

—¡Iaia, ya estoy aquí. ¿Has visto los fuegos?! —Isabel llegaba eufórica.

—Claro que sí, Isabelita. Y ahora, como ya hemos asistido a la misa del gallo y hemos cumplido con nuestras obligaciones como ciudadanos, vamos a celebrar tu cumpleaños como a nosotras y al iaio nos gusta celebrarlo.

—¡Bien! —dijo susurrando su emoción—, en secreto, en voz baja, y mirando a las estrellas a través de la ventana de la caravana. —La niña estaba acostumbrada a que sus cumpleaños se celebraran en la intimidad del aquel hogar después de la misa del gallo. Ahora esperaba su regalo, aquel que no podría compartir, de momento, con sus amigas.

—Hoy, dedicaremos unos minutos a los poetas —susurró el iaio antes de comenzar a leer la vida y obra del hortelano—. Nació en un pueblecito de Alicante, llamado Orihuela. En 1910…

 
 
Aportación al colectivo: I CERTAMEN CUENTOS DE NAVIDAD - ÁNGELES PALAZÓN
fotografía: LEH