domingo, 24 de abril de 2016

Paseo hasta la casa del escritor



 
 
 
No hace mucho, en uno de esos paseos que a veces me permito acompañada de mis particulares dioses, caminé muy cerca del mar. Era una mañana de primavera, el Mediterráneo estaba precioso, con sus azules más elegantes difuminándose hasta la línea del horizonte. No hacía viento, pero la brisa se dejaba arrastrar por el perímetro lo justo para que los niños pudieran volar sus cometas.
Yo caminaba siguiendo los pasos de esos, mis dioses,  hacia la casa del escritor, una magnífica casa situada frente a ese mar que es también mi mar. Ya en el interior del inmueble, con una complicidad conocida ya desde hace mucho tiempo, ambas contemplábamos los efectos personales del novelista: sus gafas, pluma, petaca, cuaderno de notas… Pero en la casa había más cosas, eran sus muebles, o parte de ellos. Los elementos decorativos que los ocupaban se nos antojaban a las dos mujeres elementos de reciente adquisición, colocados entre los originales disimuladamente para hacerlos parecer igualmente viejos. Disfrutábamos con toda la información que la Casa Museo ponía a nuestro alcance; nos admirábamos de la capacidad del autor, de la cantidad de obra publicada e ignorada por nosotras. Nos dábamos cuenta y coincidíamos en nuestro criterio acerca del silencio en las aulas: unas veces por su condición de republicano y otras por la de la lengua empleada por su pluma.
No era en eso en lo único que coincidíamos… La conozco y la intuyo —a la mujer que es hoy—, desde hace casi veinte años. Siempre la he considerado una persona especial, la quiero por lo que es, y por lo que siente hacia ese otro ser especial. Ambos lo son. A veces contemplo su mirada en las instantáneas que guardo en mis archivos. Veo a través de ella, de esa mirada, la penetro y veo la tierra en su origen; adivino un halo que la transciende hasta el principio de los tiempos, y hasta más allá del instante presente… y del que está por llegar. Cuando camina es la vida que camina; cuando medita, es la razón que ocupa su materia que medita; cuando dirige la mirada hacia un punto indefinido, se embebe de lo mirado, y lo guarda para sí, aumentando el misterio que nos es negado a quienes la observamos en su contemplación… y entonces recuerdo las palabras pronunciadas, en un día ya lejano, por la voz adolescente que se abre al amor, al primero y más intenso: «¿Verdad que es guapa?» y recuerdo mi respuesta que en nada ha cambiado con el transcurrir del tiempo: «Lo es, vaya si lo es…, “y mucho más que eso”», pensé ya entonces.
El tiempo me dio la razón y ahora continúo caminando, observando sus pasos que, delante de los míos, caminan de la mano.

Y hago como que miro al mar…
 
 
Imagen: LEH - Interior de Casa Museo Blasco Ibañez

lunes, 11 de abril de 2016

Las calles que me caminan


 
 
Me caminan las calles sin nombre
mientras acecha la sombra en cualquiera de sus esquinas.
Se deslizan por encima de mi cuerpo
indiferentes al desgarro de mi piel morena.

Soy un ente pavimentado bajo un cielo
estrecho que se dibuja entre dos fachadas opuestas.
Salen de su letargo,
se desperezan tras la siesta del día festivo.

Susurran mientras me caminan
ajenas a cuanto callo
a cuanto grito
a cuanto ofendo y reprocho

Mis palabras no son de este mundo.
Ellas, las calles que me caminan,
hablan para mis oídos palabras muertas.

Qué más me da lo que digan...
Por no tener no tienen ni nombre
las calles que me caminan.


-De: Poemas del desarraigo- 4.16 LEH-
fotografía: Ismael Murria.

lunes, 4 de abril de 2016

Ajena primavera




Como un río que avanza lento me deslizo ante una nueva primavera. La niebla se fue disipando y las campanas que ayer tocaban a duelo ya hace algún tiempo que fueron enmudeciendo. Tan solo un eco lejano se deja oír de vez en cuando arrastrado por el viento. Los árboles del parque verdean tímidamente y los azahares de las huertas colindantes elevan sus aromas que impregnan el perímetro del pueblo.

Yo me asomo al día con nuevos ojos. Con mirada de ayer que desea alcanzar los viejos horizontes que ya adivino ajenos. No me reconozco en las calles que pisan mis pies cada día. Sus aceras estrechas y su asfalto mal repartido no reconocen tampoco a mis pasos. Soy una intrusa al pie de las colinas que nunca oyeron mi nombre; no pertenezco a su parroquia ni seré cubierta por la tierra de su Campo Santo.

Mi primer llanto no fue un llanto de tierra. Fue un llanto de fuego y de mar, con la fortaleza del hierro, con la maleabilidad que otorga la tibieza de la sangre. Con agua salada fui rociada en pila de piedra bajo un cielo gris cubierto de humo. A veces me he desgarrado por dentro y he salido en busca de las pequeñas cosas, de los detalles mínimos que dotan de vida a lo cotidiano. Así he rematado las costuras de mi piel herida y rota, mi piel morena.

Habito hoy un hogar extraño, silencioso. En él recibo una nueva primavera, rodeada de almas de diferente credo, de vocabulario impreciso, sin naves ni amarres en sus puertos.

Así convivo entre desconocidos que nada saben de mí, que nada sé de ellos… y así me pliego sobre mis propias alas al llegar la tarde, mientras la nueva primavera, perezosa, se acomoda sobre este escenario que en nada me concierne.
 
 
 
Fotografía: -IME- Amanecer desde casa

miércoles, 23 de marzo de 2016

Otra primavera



 

 
 


El aroma de esta primavera recién estrenada se instala en cada rincón de la casa. Sigiloso se desliza escaleras arriba hasta colarse por entre las sábanas -todavía afelpadas- y acomodarse en el lecho ocupado por las últimas escenas ensoñadas.

Tan pronto se echan los pies al suelo se adivinan los rayos del sol que, tímidamente, buscan su lugar en la terraza, junto a los rosales y el galán de noche. Ahí permanecerán hasta bien entrada la tarde, cuando, con la misma timidez, se despidan y vayan en busca de las altas cumbres de la sierra por donde comenzar su lenta escapada.

Yo, puesta en pie, ya avanzo hacia mi quehacer diario. Las habitaciones todavía duermen y procuro no importunarlas. Lo haré más tarde, cuando la mesa esté puesta con los desayunos y el primer noticiario de la mañana me salude desde la pequeña pantalla. Hoy no habrá clase, ni mañana tampoco. Son las vacaciones de Semana Santa y los colegios descansan por unos días. En las calles se nota. No hay prisas ni largas colas en el turno de la panadería. En las ciudades costeras se preparan para recibir a los turistas de interior y en las de interior para recibir a los de la costa. Así andamos… Los que hemos nacido a pie de playa esperamos estos días de asueto para poder disfrutar de la tranquilidad de la montaña. Para ese fin disponemos de magníficas casas rurales en las que poder descansar a la llegada de la tarde, cuando cansados de recorrer alguna de las rutas de senderismo nos dejemos caer exhaustos, pero satisfechos, sobre la cama, dispuestos al momento para ese baño relajante que nos anticipa la cena en el porche o, tal vez, si la temperatura lo aconseja, junto al fuego de leña degustando quizá unas sabrosas chuletas con sabor a monte.

Distinto será para quienes en busca del mar se hayan acercado hasta la costa. Algunos, previo pago de un módico alquiler pactado con la inmobiliaria de turno, se deleitarán avistando desde su mirador en uno de los pisos superiores la magnificencia de un mar en calma, invadido si la casualidad lo permite por algún coqueto velero traviesamente escabullido de su amarre en el puerto. Algunas familias, compuestas por lo general de cuatro o cinco miembros, llegarán hasta estos apartamentos a pie de playa con sus invitados a cuestas, contribuyendo eso sí, a sufragar una parte del arriendo. Total… por el mismo precio donde cabe una familia igualmente caben dos. No importa acabar durmiendo en colchonetas en el suelo o aprovechando al máximo los poco más de cincuenta metros cuadrados del inmueble, colocando sofás cama allí donde antes había una mesita graciosa con su mantel de crepé y su ramillete de flores secas. Es el turismo de playa, el que abarrota las terrazas y los mercados de fin de semana.

Yo, sin embargo, al igual que muchos de mis vecinos, permanezco en el lugar de siempre; de nuevo escucho los ecos de los tambores turolenses, esos que nos indican que existen pueblos que se dejan ver una vez al año y poco más. Si el tiempo lo hace bueno, cuando llegue la tarde,  me acercaré hasta la huerta vecina y tomaré asiento al pie de un frondoso naranjero, respiraré sus aromas y entornaré los ojos satisfecha. Esperaré a que llegue el ocaso y volveré a casa con paso tranquilo, deleitándome con los últimos rayos del sol y recordando antiguas semanas de pascua, cuando, llegado el domingo de Resurrección, los colores invadían de nuevo las calles y la música se podía escuchar otra vez a través de las ventanas entreabiertas de las casas. Los días de duelo habían pasado y la carne volvía, aunque tímidamente en los hogares más humildes, a formar parte de los ingredientes del sustento habitual, dejando el bacalao y los potajes de legumbres para otras ocasiones de ayuno religioso.
 
 
 

Fotografía: Una mañana cualquiera esperando al autobús. LEH

miércoles, 16 de marzo de 2016

ROSA VACAS



 

Durante estas últimas semanas he tenido varios encuentros con una amiga. Ella es Rosa María Vacas, artista nacida en Madrid pero afincada en Puerto de Sagunto desde hace alrededor de treinta años. En el último de estos encuentros he aprovechado para indagar un poco más acerca de su trayectoria pictórica. Así me he enterado de que sus inicios en la pintura se sitúan en el año 1996, de la mano de la profesora Inma Ortega. Posteriormente, serían Carmen Michavila y Pedro García Lozano, entre otros, los encargados de guiar a  Rosa en su proceso artístico.

Su currículo es ya muy amplio. Comienza a exponer en 2010 de forma individual en Canet d’en Berenguer, y de ahí pasa a las exposiciones, también individuales, en Sagunto y Puerto de Sagunto, Soneja…, en las salas de las Casas Culturales de estos municipios y en las de la Fundación Bancaja. De forma colectiva y en apoyo a causas solidarias son muchas las exposiciones en las que ha participado. «Y la realizada conjuntamente con mi compañera de pintura Marisol Romero», me recuerda. Yo aprovecho para mencionar, de paso, sus ilustraciones en distintos poemarios, siendo la última colaboración como ilustradora en una tesis doctoral que trata sobre el cáncer de mama. «Desde hace dos años me atrevo a adentrarme en esa otra disciplina, “la escultura”. En primer lugar bajo la atenta mirada del tristemente desaparecido Pablo Morales, y actualmente con la profesora Beatriz Esteban». «Vaya…, ya veo que no paras», le respondo, y comienzo mi ronda de preguntas:


¿Quiénes son tus referentes en la pintura?

En un primer momento me baso en el impresionismo: Monet, Van Gogh, Kandinsky… A medida que iba aprendiendo, poco a poco fui descubriendo y decantándome por el Renacimiento, como Botticelli, Leonardo da Vinci…, y actualmente me gustan mucho Basquiat y Antonio López. De este último me encanta su realismo, supera la realidad.

¿Con qué técnicas te sientes más cómoda a la hora de trabajar?

Con el tiempo aprendes a incorporar distintas técnicas. Al principio me desenvuelvo bien con el dibujo a lápiz y carboncillo, pero pronto incorporo el óleo y a continuación entro en el proceso de las técnicas mixtas: acuarelas, cretas, acrílicos… Depende del momento.

¿Qué intentas explicar a través de la pintura?

Intento plasmar un poco mis sentimientos, el estado de ánimo en el que me encuentro en un momento concreto. Son diferentes etapas de ese estado anímico. Me dejo llevar por la pintura y voy traspasando al lienzo lo que siento. A veces me sorprendo ante lo que va saliendo. Dejo que fluyan las emociones desde el interior. Emociones y sensaciones en esa etapa de mi vida, o en ese instante en que estoy frente a la tela.

Por tus palabras entiendo que es una forma de comunicación…

Sí. Es una forma de hablar. Realmente, a veces, es una forma de decir. «Mi forma de decir», de reivindicar, de manifestar sensaciones o pensamientos que quizá con la palabra no podría expresar. Me dejo llevar por la pintura y, mediante la creatividad y la imaginación, me permito hacer dibujos para los que no se precisa la palabra. Entonces puedo llegar hasta el espectador de la obra sin necesidad de hablar…, es un modo diferente de comunicación.

Cuando expones una obra al público, ¿piensas que en ese momento no te pertenece?

En ese momento creo que no. Me pertenece cuando estoy expresando mi interior, pero luego, cuando es el espectador el que está delante de esa obra y se deja llevar por lo que le sugiere, o por lo que puede encontrar, le pertenece a él. Le pertenece por un tiempo, en tanto y cuanto se deje atrapar por la sensación que le transmite, bien sea de placer o de frustración, incluso de rechazo. Pero siempre que despierte algo en él, que mueva algo en su interior, serán sus propias sensaciones. Creo que ese es el propósito: Mientras la obra esté expuesta, mover el interior del espectador.

Me has comentado que últimamente te has adentrado en el mundo de la escultura. ¿Quizá la pintura tiende puentes hacia esa otra disciplina?

Sí, claro. La verdad es que ha sido sorprendente el poder practicarla. Para mí es toda una experiencia. Es como llevar tu obra a una forma tridimensional. Una forma distinta de poder tocar la obra. Es muy bonito y gratificante. Me gustaría seguir con la escultura más adelante. Seguir trabajando en su aprendizaje.

¿Quizá es por la diferencia de sensaciones al crear formas nuevas sobre una superficie que no tiene nada que ver con el lienzo o la lámina?

Desde luego es una sensación diferente. En la escultura tocas la obra, mientras que en el lienzo no puedes. En la tela plasmas lo que sientes, pero en la escultura puedes tocarla, moldearla, crear a través de la forma física. Es una sensación que me cuesta definir. Es el tacto con la arcilla, con la tierra, el barro, su maleabilidad… Es una disciplina artística muy bonita, preciosa.

¿Crees que ambas cosas —escultura y pintura— se corresponden con otro modo de hacer poesía?

Por supuesto que sí. La escultura y la pintura son otra forma de hacer poesía, pues todo lo que se refleja son sentimientos, y cualquier forma es válida para expresarlos. No importa el medio; puede ser cualquier forma que te pueda sugerir. Incluso en una pared. Cualquier medio es válido.

¿Qué sientes cuando alguien con mucho dinero lo invierte en una pintura como un medio de inversión?

Pienso que es todo muy relativo. Puede haber pintores cuya obra no valga el dinero que pagan por ella, pero claro… hay muchos intereses por medio y gente implicada que quiere llevarse sus porcentajes. Por el contrario, hay gente muy válida a la que se le niega la posibilidad de dar a conocer sus obras por la falta de recursos, como es no poder pagar a un marchante, o exponer en una sala importante. Éstos tienen complicado hacerse con un buen caché, independientemente de la calidad de su obra. Yo no digo que no haya gente que merezca el precio que pagan por sus obras, al igual que pasa también con algunos poetas y escritores que se han creado un nombre porque se han dedicado en cuerpo y alma a su trabajo, gente con una gran trayectoria… Pero es verdad que en ocasiones hay muchos intereses por medio.

Cuando se adquiere la obra como inversión, ¿crees que pierde su condición artística?

Yo creo que no. Puedes comprar una obra de un Van Gogh o de cualquier artista de otra época y ellos tienen un nombre y lo valen. Eso no desmerece la obra de arte como tal. Al contrario, lo que pasa es que no todo el mundo puede acceder a una obra de un pintor famoso. La mayoría se tiene que conformar con comprar en alguna feria algo que esté a su alcance.

A veces me pregunto qué sentirían los grandes maestros de la pintura y la escultura si pudieran ver sus obras convertidas en moneda de cambio…

Tenemos muchos autores que prácticamente se murieron de hambre, y solo el tiempo los ha colocado en el lugar que merecen. Creo que al final todo es cuestión del marchante que los ha trabajado y conseguido precios desorbitantes. Quizá se sentirían frustrados por no haber visto reconocido su trabajo en su momento, pero también sentirían orgullo al verse finalmente reconocidos.
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En el aire se me quedan un montón de preguntas por hacer, pero Rosa es una mujer muy ocupada. Forma parte de distintas asociaciones socioculturales con las que colabora muy activamente. Su aportación más reciente fue coincidiendo con el Día Internacional de la Mujer. Consistió en la muestra SECRETOS, una serie de pinturas reivindicativas en favor de la igualdad y contra la violencia de género. Una muestra cuya difusión tuve el placer de compartir, virtualmente, a través de las redes sociales.

 
Imagen: ROSA VACAS -Retrato para ella-
 
 

domingo, 28 de febrero de 2016

CASETAS -CAP. SEGUNDO-




CAP. II

 

La habitación se llenó de luz y tuvo que cerrar los ojos durante un rato. Poco a poco la vista se habituó a la claridad. La cabeza le estallaba y no lograba recordar dónde había puesto los zapatos ni la blusa. «Por lo menos no llevo magulladuras —pensaba mientras estudiaba su cuerpo con atención—. Bien, Candela, a ver dónde ha dejado el señorito la pasta y sal de aquí. Hace dos días que no apareces por las Casetas».

La mujer buscaba sus honorarios obtenidos por una noche de placer; una noche de la que ni siquiera recordaba el tiempo utilizado, como tampoco a la persona con la que había empleado su erótica faceta. Eso vendría más tarde, cuando estuviera completamente despejada. Entonces tendría fresca la memoria y decidiría si el cliente en cuestión podía resultar una inversión, o, si por el contrario, no merecía la pena.

«Buen muchacho —pensó. El hombre había cumplido con su parte del trato dejando el dinero dentro de uno de los zapatos de Candela—. Ya empiezo a recordar… Sí, era un hombre simplón. Bastante mayor para estar todavía con su madre; porque, la verdad es que no puede estar casado. Acabó enseguida, no exigió numeritos, fue delicado y tímido a la vez. Y además pagó cristianamente»

—¡Ya puedes subir, Carmen! —gritó mientras se acercaba a la habitación de la planta baja.

—¡Ya voy! —respondió la mujer que ya estaba acostumbrada a la clientela de la casa— Seguro que lo habéis dejao to lleno de mierda. El día que la Carmen se canse os vais a enterar tos. —renegaba entre dientes mientras intentaba, en vano, agilizar sus artríticos huesos.

Carmen rondaba los cincuenta años y estaba al servicio de la casa desde hacía más de diez. Llegó una noche empapada por la lluvia, y con el fruto de una noche de pasión tras las chatarras de una fábrica luchando por aferrarse a sus entrañas. La Señora se esmeró en su labor, y en la gran mesa marmórea liberó a la Carmen de aquel proyecto de vida que, de todos modos, no hubiera conocido la luz del día por culpa de la miseria en la que había sido gestado.

—Toma unas pesetas, a ver si se te alegra esa cara, mujer, que parece que estás seca por dentro. —Candela dio una propina a la criada. Se sentía generosa, hacía un día espléndido y llevaba dinero encima. Le compraría cigarrillos al abuelo, y a su Quico lo llevaría al cine a ver una de esas películas de romanos que tanto le gustaban.

«No es mal chico mi Quico, no —pensaba—. Un poco endeble, eso sí, pero no hace preguntas, y cuando tengo una crisis de tripa me trae los potingues de la tía Juana y se acuesta a mi lado tomándome la mano. El tiempo pasa rápido y pronto cumplirá doce años. Casi los mismos que tenía yo cuando lo traje a este complicado mundo. Nunca se ha preocupado por el padre que no existe, pero no tardará en exigirme respuestas, y entonces… ¿Cómo podré hacerle comprender?»

 

—¡Juana! —llamó el tío Manuel— El Quico dice que quieres verme.

—Sí, pasa; pero no grites tanto que no estoy sorda. ¿Has estao en el barrio de arriba? Me han dicho que hay jaleo con las cabañas.

—Hace dos días que no voy por allí, pero corren rumores de que los guardias no hacen más que echarlos. Dicen que ayer se llevaron a uno preso porque se cagó en la madre que los parió. Hoy aún no lo han soltao.

—¿Se sabe por qué los echan.

—Unos dicen que porque van a hacer una fábrica allí, otros que unos jardines, y los más que porque les da la gana a los mandameses.

—El caso es que los tiran y no hay bastante sitio pa tos. Son más de veinte familias. Aquí ya estamos bastante apretaos y no tenemos ganas de follones, que de eso nos sobra. Solo nos faltaba lo de la Paqui. ¿Has oído algo? Si el tipo ese se va pal otro barrio, nos van a freír a tos.

—De eso nadie sabe na. A la Paqui no se la pue ver. Se la han llevao pa otro sitio. Yo ya les dije que estaba durmiendo y que no oí na; pero volverán y nos harán más preguntas. Ya verás… Bueno, me voy, que tengo el carro lleno de cosas, no me las vayan a quitar.

—Anda, vete. —Lo despidió la mujer mientras se quedaba con la vista perdida midiendo los acontecimientos que no tardarían en complicarles su ya precaria existencia.

 

Cap. II de CASETAS
Fotografía IME

lunes, 15 de febrero de 2016

El bloqueo





Yo estaba visitando la casa de Raquel, hija de una antigua compañera. Era una casa muy bonita. Se prolongaba al final del pasillo. En aquella prolongación se encontraba el espacio que nadie ocupaba. Era un espacio de más, en el que había cuatro habitaciones preciosas, grandes, decoradas con gusto.

Raquel tenía dos hijos. Vivían bien, holgadamente. Ella ya no trabajaba fuera de casa y se sentía enojada todo el tiempo. Su madre iba a ayudarla para que no se viera sobrecargada con el trabajo que dan los niños. Mi amiga llegó cuando su hija me enseñaba la vivienda. El salón grande —donde comenzó todo—, la habitación del matrimonio, la de los niños, el aseo… Todas las estancias eran confortables, acogedoras. Cuando creí que ya me había mostrado toda la casa, me llevó a través del pasillo y vi aquellas cuatro habitaciones. Pensé que superaban en número a las necesidades de la familia. En aquel espacio, cuya existencia nadie podría imaginar a no ser que le fuera mostrado, eran tan grandes como las anteriores e igual de bonitas, amuebladas con la misma delicadeza. Pero yo las sentí más frías. No vi ventana alguna que permitiera el paso de la luz y el ruido de la calle. Sin embargo, estaban en uso. Las ocupaban varios niños. En una de ellas había un niño y una niña. Ella rubia, bonita y dulce. Él era moreno y tenía la mirada triste.

Recordé que Raquel era una persona muy generosa y que había acogido y adoptado como hijos a unos niños refugiados. Eso me satisfizo mucho. Los abracé e intenté jugar con ellos. La niña se mostró receptiva pero el niño no. El me miraba con recelo y no quería jugar. Era algo mayor que ella, tendría ocho o nueve años.

Seguí fijándome en los detalles. Dije algo acerca de la decoración de la última habitación infantil que vi, ocupada por otro niño pequeño que me miraba y sonreía pero que no hablaba. Del techo colgaban muchas lámparas, al modo en que lo hacen en las tiendas de iluminación. Las había de diversos modelos, casi no se veía la pared. Así se lo dije a ella, y me respondió que formaban parte de la decoración pero que solamente las de la primera línea producían luz. Cuando le dio al interruptor comprobé que así era. Solo aquéllas cumplían su cometido. Las otras estaban de más, sobraban; pero con su oscuridad aumentaban la luminosidad y el resplandor de las activadas.

Volvimos a la habitación donde estaban reunidos los niños adoptados. Raquel se tenía que ir. Yo también porque debía ir a trabajar, pero al consultar mi reloj vi que aún era pronto. Podía quedarme un rato más con ellos. Así, de alguna forma, la ayudaba. Me preguntaba cómo podía ella con tanto trabajo. De la noche a la mañana había pasado de tener dos hijos, a tener seis. Contaba con los recursos suficientes, vivían desahogadamente y había sitio de sobra en la casa. Además, su madre venía todos los días a ayudarla con la comida.

Cuando Raquel se marchó, su madre ya había llegado. Iba y venía por las habitaciones llevando y trayendo cosas. Yo permanecí un rato más con los niños extranjeros. El más mayor, que previamente se hubo mostrado receloso conmigo, ahora se acercó a mí y me habló con respeto pero con firmeza. «No salían a la calle para nada. Estaban bien atendidos, no les faltaba la comida, la higiene ni los juegos; tampoco pasaban frío, pero no veían a nadie ni nadie los veía a ellos.» Comprendí que estaban solos, aislados en aquella casa bonita en la que no faltaba de nada.

A mi amiga no la veía ahora por ninguna parte, quizá estuviera por la cocina o atendiendo a sus nietos biológicos. Un hombre bastante mayor, casi anciano, se había quedado ahora con los pequeños refugiados. Me miró con gesto de impotencia, tal vez de resignación, cuando el niño me habló de su aislamiento.

Decidí salir en busca de Raquel para que me dijera el porqué de aquella situación. La alcancé junto a la  puerta de la calle cuando se ponía el abrigo y salía precipitadamente. «Tenía muchas cosas que hacer. Con tantos niños en la casa las tareas se multiplicaban.» Lo dijo enfadada por la falta de trabajo remunerado.

A mí también me entraron las prisas. Tal vez no vi bien la hora cuando me quedé a jugar en la habitación de los niños. Se me había hecho tarde y debía estar ya en el trabajo. Busqué mi abrigo en uno de los armarios. Necesitaba uno más grueso porque decían que el frío y la lluvia habían llegado de golpe.

Ahora el tiempo transcurría velozmente y yo seguía sin encontrar esa prenda para el frío. Desistí y me aventuré a salir a la calle con la que había traído puesta. Al pasar por la cocina vi a mi amiga preparando la comida en la placa de inducción. Me despedí de sus nietos que se entretenían en la habitación de juegos. Los otros, los adoptados, habían quedado en las otras, en las más alejadas, donde la decoración era igual de bonita pero el ambiente familiar menos cálido. No obstante, algo había cambiado: yo los había conocido y ahora confiaban en mí.

Me apresuré por la calle. Debía contar a la gente lo que había de bonito en aquella casa grande: la generosidad de la hija de mi amiga y también la frialdad de aquellas estancias al final del pasillo.

Como tantas otras veces, no llegué al trabajo. Regresé a la casa. A pesar de llevar el abrigo fino no sentía el frío ni me mojaba la lluvia. Volví a la cocina donde la sartén seguía sobre la placa dorando la carne y las verduras. Mi amiga ya no estaba. Yo misma di vuelta a la comida y me dirigí a mirar cómo caía la lluvia sobre el suelo marrón del patio. Caía generosa pero no le presté atención. Desde el otro lado de la puerta de cristales el niño extranjero me miraba, empapado, llorando de emoción. «He visto la calle», me decía entre sollozos. En esos sollozos adiviné un poquito de gratitud, pero al verle tan empapado me preocupó su salud en las horas posteriores. Raquel ya volvía de la calle y se pondría furiosa conmigo. Además, se había quemado la comida en la sartén mientras yo me preocupaba por el niño.

Las horas volaron de repente y era tarde para todos. La lluvia había cesado, yo volvía a mi escritorio en una habitación confortable, en una casa que, aun siendo pequeña, se me iba quedando grande. Una casa en la que los cuartos de mis hijos no estaban fríos y vacíos porque yo no lo permitiría nunca. En mi ordenador, entre mis archivos, varios trabajos estaban pendientes, reclamando mi atención y mi tiempo. Uno de ellos, con su título en mayúsculas, se me mostraba más desafiante que el resto. Me retaba exigiéndome que no lo abandonara a su suerte. Se trataba del proyecto más ambicioso. El que se enfrentaba cada mañana a mi propio bloqueo ante el teclado. La historia que desde ese archivo me apremia constantemente para que la saque a la calle, a la luz.


Imagen: Blas Estal.