miércoles, 15 de junio de 2022

BEATRICE -La herida del pintor-


 


Cuando Celso bajó al patio con los demás reclusos lucía un sol inmaculado, y el cielo estaba carente de nubes, pero para él iba a ser un día borrascoso como ningún otro en su vida, porque iba a conocer por primera vez algo que nunca hubiese deseado experimentar: aquel iba a ser el día más negro, el más triste y penoso de su vida, uno de esos días que se desean desterrar de la mente y que, sin embargo, están ahí, torturándonos constantemente y recordándonos algo que querríamos olvidar. […]

Así arranca BEATRICE -La herida del pintor-, última novela de José Manuel Pedrós y publicada, como las anteriores, por Olélibros.

El arte; la prisión tras una falsa denuncia de violación; el pensamiento mismo que se debate entre la reflexión y el odio; el miedo; de nuevo la pintura, ahora como una tabla de salvación, un aliciente para él mismo y para los compañeros de la galería a los que enseña diversas técnicas de dibujo, y a los que va retratando marcando cada rasgo de esos rostros, cada uno con su propia historia afuera, más allá de los muros de la cárcel…Y también el amor que se ha colado entre los muros del penal. Un amor silenciado que, aun disimulado como «interés profesional», no a todos pasa desapercibido. Y entre los colores, los carboncillos, los pinceles y las cartulinas, la magia y la leyenda, la superstición o quién sabe qué. Pero nada hay en esa leyenda en los posos del café que el compañero le vaticina que perturbe su felicidad sabiéndose pronto libre.

Tras los informes que posibilitan su libertad condicional, llega la ansiada libertad. En la reconciliación con su pasado, previo a la entrada en prisión y, de nuevo en el arte, encuentra ahora una mayor fuerza. La contemplación de la luna y su influjo sobre las personas; la reflexión acerca de los retratos realizados a los reclusos, aquellos rostros y el paralelismo con los realizados en su día por el Greco, aquel que saliera en busca de las facciones más desarraigadas y miserables para plasmarlas en sus lienzos… Y libre para amar y ser amado. Ya no hay por qué ocultar el amor, no hay que reprimirlo, sino vivirlo intensamente.

Su incorporación a su trabajo en los museos, el gran éxito en la que es su primera muestra en la galería de Arte, en paz con el mundo y consigo mismo. Nada hay de lo que arrepentirse. Ahora todo está bien y las perspectivas ante un futuro placentero de la mano de su musa y amante colman de felicidad a Celso.

 

***

 

Aún hoy no sabría decir si BEATRICCE es una historia de amor y desamor, una ventana abierta al mundo penitenciario por la que vislumbrar el sistema intramuros y ese círculo casi familiar que se genera entre algunos grupos de reclusos, o si es en realidad una historia en la que el arte todo lo domina: el amor, el odio y el rencor, la paz y el sosiego.

Mi conclusión tras finalizar la lectura y asistir al desenlace de la historia es que se trata de una mezcla de todas esas cosas. Una historia muy bien hilvanada y perfectamente rematada para la que han sido indispensables, desde luego, muchas horas de trabajo y de búsqueda de información.

 


martes, 7 de junio de 2022

AZUL -El diario de Sara-

 







Mi lectura de la última semana ha estado dedicada a AZUL –el diario de Sara-, de Jaime López Fernández. Lo primero que leí de él fue su poesía, Amantes Periféricos, un poemario que me gustó por lo novedoso, por lo valiente…, y es que, a veces, hay que ser valiente para escribir lo que uno quiere y como quiere.

Y valiente ha sido, igualmente, embarcarse en este proyecto «de color azul» en el que el autor se ha despojado de su piel de hombre para enfundarse la de una adolescente, y narrarlo en primera persona, algo que no suele resultar del todo fácil y que ha llevado a buen término con excelente resultado.

 

Jaime López narra de forma clara y bien ligada, desde esa piel adolescente recién llegada de su país de origen, la incertidumbre, los primeros pasos hasta el nuevo instituto, las primeras miradas de la nueva y hacia la nueva. No es sencillo comenzar una nueva etapa cuando se deja tanto atrás, y menos cuando lo que se deja en esa etapa es la infancia y pubertad, y se comienza la que quizá es la más importante en el desarrollo de una persona, «la adolescencia» que nos prepara para los adultos que seremos antes de darnos cuenta.

Todo es nuevo en los azules de Sara, y cada detalle, por nimio que sea, lo va anotando en su diario.

Bastarán tan solo unos meses, los correspondientes al primer trimestre del curso, para que esas tonalidades azules en las que vive sus días oscilen en una gran variedad de matices que la lleven desde lo más alto al más oscuro de los abismos: El valor de la amistad, la seducción, los celos, el escándalo, la bravuconería machista, el miedo, el rechazo y el aislamiento…

Todo suma y se confunde, y todo obliga a abandonar o a erigirse en la más fuerte. Es cuestión de saber elegir. Y Sara elige.

 

Esta es una historia que, si bien es ficticia, parece ser bastante habitual, aunque no transcienda más allá del entorno del instituto y de las familias vinculadas a ella. Quizá es por eso por lo que el autor ha decidido contarla, a modo de advertencia. Por su condición de profesor de instituto conoce bien el escenario, el léxico empleado por el alumnado y aquellos elementos de los que se sirven los jóvenes de hoy en sus ratos de ocio y sociabilidad. Así mismo ha cuidado los detalles narrativos, las metáforas y citas a las que la protagonista recurre en su diario para ofrecer a sus páginas un mayor conocimiento de cuanto siente y sobre lo que reflexiona: La alusión a la gacela asustada que huye de su depredador o la comparación entre una heroína sin poder y una chica sin autoestima…

 

He de decir que este «diario de Sara» me ha enganchado mucho, y como la redacción está muy de mi gusto —guiones de diálogo, letra en formato diferente para no perderse entre lo que se cuenta y en lo que se reflexiona, buena sintaxis…— me ha resultado una lectura muy cómoda a la vez que muy interesante y recomendable; tanto para adolescentes como para padres y profesores. Y como llega el verano, nada mejor que incluirla como lectura de vacaciones, a pie de playa, piscina o arboleda.

Gracias, Jaime López Fernández, por esta aportación que considero muy valiosa.

 


martes, 24 de mayo de 2022

La Selva de Irati

 



Diecisiete de mayo. Dicen que es san Pascual quienes todavía celebran la onomástica. y nosotros, que ya no la celebramos, salimos de viaje a las ocho de la mañana. ¿A dónde? Aún no lo sé. Es un viaje sorpresa. No me ha querido decir a dónde vamos. «Ya lo verás cuando lleguemos», me dice.

Yo intuyo que es a la comunidad vecina, Teruel. Allí hay un lugar que no hemos visitado y que desde hace algún tiempo venimos mirando. Lugar con encanto, con río, valles y montañas. Aunque por un lado prefiero no saberlo casi estoy convencida: «Es ahí. Estoy segura», pienso, sin decirle nada para no romper la sorpresa que lleva preparando desde hace un par de semanas. 

Sí, mejor cerrar los ojos y no abrirlos hasta llegar al destino. Pero, ¿cómo cerrar los ojos cuando vamos circulando por la autovía Mudéjar, y cuando ya hemos pasado de largo la ciudad de Teruel, y lo que yo supongo es el desvío que debemos coger para ir hacia ese lugar que, según mi intuición, nos está esperando para recorrerlo con botas de montaña y cámara en mano?

Paramos a almorzar en Calamocha, pero solo tomamos un café porque no tenemos hambre. «Deberíamos comer algo porque llegaremos tarde y a donde vamos no nos sirven la comida, solo la cena, y allí no hay ningún sitio al que poder ir a comprar». Yo abro mucho los ojos y, por más que lo intento, no consigo hacerme una idea de hacia dónde vamos. Sigo sin preguntar y él me mira y sonríe.

Está pendiente del GPS del coche y chasquea la lengua. Algo falla y necesita mi móvil para buscar el trayecto en el Google Maps. No podré hacer fotos a través de la ventanilla y me fastidia. Entonces sonríe y me dice mirándome de soslayo: SELVA DE IRATI. ALLÍ VAMOS.

Casi doy un brinco en mi asiento de copiloto. «¡No! —le respondo incrédula— ¡No me lo puedo creer!»

Ya íbamos por el puerto Paniza y empecé a hacerme a la idea. «La Selva de Irati» todavía resonaba como un eco en mis oídos. La conocía por los muchos documentales que he visto sobre el lugar, y él sabía de mi deseo por conocerla, pero no entraba en mis planes hacerlo así, de esta manera tan sorpresiva. 

Así, sorprendida y muy, pero que muy contenta, saludé desde lejos a las cúpulas del Pilar cuando bordeamos Zaragoza para ir en busca de aquellas carreteras por las que íbamos a transitar. Nada de autopistas. No teníamos prisa. Carreteras nacionales, atravesando pueblos, con las amapolas abriéndonos paso desde los arcenes; rebaños de ovejas interrumpiendo nuestra marcha; nidos de cigüeñas firmemente custodiados por sus madres sobre las torres de tensión de la luz, ajenas al disparo de la cámara de fotos de mi iPad; parques fotovoltaicos y enormes molinos eólicos girando sus aspas sobre los montículos cercanos a las carreteras, pero lo suficientemente alejados de los pueblos que los albergaban… Y ya, casi al final del trayecto, los municipios navarros con nombres casi impronunciables para mí, con sus casitas blancas de tejados marrones y ventanas abuhardilladas de madera, y con sus carreteras lleeeenas de curvas.

 

Como imaginaba, llegamos a un lugar lleno de magia. A las puertas mismas de la entrada al bosque, «la fábrica de armas», con más de doscientos años de historia entre sus ruinas, y en la actualidad declarada Bien de Interés Cultural, fue el primer lugar que visitamos nada más instalarnos en el hostal Mendilatz, —hostal que recomendamos por su buen servicio y ubicación y al que nos gustaría volver en la próxima otoñada—.

Fotos del lugar, de sus ruinas, de las florecillas que se asoman desde el interior de las grietas de las piedras viejas, y de aquellas otras a ras del suelo, diminutas, perfectas en su simetría; del ganado pastando en las colinas enfrente de donde nos encontrábamos… Rebaños de ovejas, vacas y caballos en su hábitat natural, tranquilos, ajenos a las condiciones de las macrogranjas, al aire libre, hasta que la escasa luz dificultara el regreso a la cabaña, a la granja o al redil. Por más que busqué con la mirada no vi pastor ni perro alguno junto a los animales. Tampoco cableado eléctrico sobre aquellas praderas verdes en que descansaban.

Nosotros también íbamos necesitando ya un descanso. El trayecto desde casa y, en mi caso, también la excitación por el no saber primero adónde iba y por saberlo después, lo merecían. Cena sosegada en el comedor del hostal y copa en la terraza y a dormir, que a la mañana siguiente nos esperaba nuestra ruta por el interior de la selva.

 

 

Tendría que describir detallada y minuciosamente cada sensación: Expectación, asombro, maravilla y, a ratos, temor por la estrechez de la carretera, sus curvas y los precipicios a un lado o al otro.

Dejamos atrás un aparcamiento, y otro más, hasta llegar a un tercero donde nos detuvimos. Ahí estaba la Selva de Irati dándonos la bienvenida. Uno de mis deseos desde hacía mucho tiempo ahora hecho realidad. Nunca se encontraba el momento, y el momento había llegado.

El suelo me atraía, lo caminaba despacio, placenteramente, mirando en todas direcciones, hacia atrás, hacia delante, hacia abajo buscando las aguas del Irati a través de la espesa vegetación; hacia el cielo, de un azul y una luminosidad distintos a los de mi tierra junto al Mediterráneo; un cielo distinto, pero igualmente bello.

Todo lo quería acaparar con la vista; todo quería escucharlo en aquel trinar del pajarillo que se elevaba con un eco envolviendo todo el entorno, y al que se sumaba la voz del río que escapaba mansamente de la presa que lo amordazaba privándolo de libertad.

Él me precede en el camino, como siempre. Es un camino cómodo, limpio. Vamos por una ruta circular que me seduce. El suelo, los colores, las voces de la naturaleza, sus aromas a ramas y flores cuyos nombres desconozco.

Y la magia. Esa magia que adivinaba y que ahora siento con la misma fuerza que cuando me adentro en lo que yo llamo «mi sendero de las hadas», en la Calderona, junto a mi casa. Ha aparecido de pronto ante nosotros. Es un espacio amplio a un lado del sendero, escoltado por una inmensa arboleda de troncos altos, rectos, firmes, y hasta diría que arrogantes. El suelo cubierto de hojas desprendidas no permite ver el color de la tierra; es mullido, como el que cubre la hojarasca del otoño.

De repente me doy cuenta de que el canto del ave ya no nos acompaña. Tampoco se oye el sonido de las aguas del río. Ahora todo es silencio, un silencio extraño en un lugar fantástico. Hasta la luz que se filtra por entre las ramas de los árboles es extraña y yo me siento enormemente pequeña, vulnerable, como observada por algo que no sé qué es y que me maravilla a la vez que me intimida. Soy una intrusa en este espacio que no me pertenece y al que no pertenezco. La luz, las hojitas del suelo, la soberbia arboleda que, como un ejército en la vanguardia, parece defender su plaza, y el silencio… sobre todo ese silencio en medio de un entorno natural tan lleno de vida de diferentes especies. ¿Por qué aquí?

Nos empapamos de cuanto vemos y de aquello que no oímos. Hacemos fotos y video y nos dirigimos de nuevo al sendero. Allí han aparecido, en cuanto nos hemos alejado del círculo mágico en el corazón de la selva, el canto del pajarillo y el sonido del agua.

Comenzamos el regreso por el lado opuesto por el que hemos iniciado el recorrido de la ruta. Me siento ligera y feliz. Contemplo de nuevo la presa, pero ahora no me duele, sé que más abajo nos espera el cauce del río, sereno, suave, ofreciéndonos asiento donde comer nuestro bocadillo que acompañaremos con un buen vino, en bota, como nos gusta tomarlo en nuestras rutas.

El pajarillo, cuya especie e imagen ignoro, continúa siguiéndonos sin dejarse ver. Podría decir que es el mismo desde que pusimos los pies en el sendero al comenzar la marcha.  Así será hasta que, alrededor de las cinco de la tarde, nos despidamos del parque y cojamos de nuevo el coche en dirección al hostal, donde echaré un vistazo a las más de trescientas fotos y vídeos que hemos hecho, mientras dejo volar mi imaginación e intento visualizar los trasgos y las hadas del bosque que acabamos de dejar atrás.



Fotografía: P.Murria - En el corazón de la selva de Irati.


viernes, 13 de mayo de 2022

Regreso a la casa

 

 


He vuelto a la casa. El portal tan oscuro como siempre; el primer tramo de escalera de la finca; la puerta aquella, desde hace tiempo tapiada por dentro. La casa vecina en la primera planta, en silencio; el foco de la luz amarillento, «PRIMER PISO».

Al introducir la llave en la cerradura ha sido como dar un salto en el tiempo. La casa me ha recibido como si estuviera llena de vida. Ahí en la cocina, sobre uno de los armarios, el radiocasete peleando por una parcela de espacio entre la bolsa de tela del pan, el frutero, un libro y una pequeña caja «pongotodo» colmada de objetos varios.

Ella está ahí. Canturrea la música que reproduce la casete: Por ella fue la luz y el tormento… Todavía no sabe que un día aborrecerá al intérprete por sus declaraciones, pero también por no poder aborrecer al mismo tiempo esas canciones.

Aún lleva el cabello largo y oscuro. Canta y friega los platos con semblante serio. Se sabe la letra de la canción y el modo mecánico en que ha de administrar el Mistol en el Scotch Brite y de frotar el cazo por dentro para que no quede resto de leche adherida en sus paredes. Ignoro qué estará pensando. Es capaz de realizar varias tareas a la vez mientras en su cabeza ordena cuáles y cómo van a ser las siguientes.

Termina el «Por ella» de Soto casi al mismo tiempo que el friegue de los platos, pero ella sigue cantando y a ratos hasta sonríe. El reloj de cocina le avisa. Es la hora. Se desprende del delantal, para el radiocasete y va hasta el aseo para soltarse la pinza de la melena y peinarse. Sin apenas mirarse en el espejo se pone colorete, cubre ojeras bajo y sobre los párpados y pinta los labios. Con agilidad y decisión cambia de calzado y toma su bolso y su chaqueta.

La veo salir apresurada. Casi son las doce. La campana del colegio avisará en unos minutos de la hora de salida.

Ahora la casa se queda en silencio. Yo recorro cada habitación y respiro las presencias que aún permanecen atrapadas, tras las capas de pintura que con el tiempo las han ido cubriendo…


jueves, 28 de abril de 2022

Escribiendo en la cocina

 




Me estoy acostumbrando tanto a escribir con pluma que ya no concibo hacerlo con bolígrafo. Se está convirtiendo en una adicción, tanto como hacerlo en la mesa de la cocina, lo que me lleva a recordar los primeros textos: «primera novela y primeros poemas». Han pasado muchos años, aunque me parezca que fue hace tan solo unas semanas. Era a principio de los noventa y ahora contemplo la imagen como si me transportara en un viaje en el tiempo: la mesa de la cocina, el bloc de notas y el otro más grande tamaño A-4, varios bolis, tipex, la cajetilla de Fortuna, el cafetito y… la máquina de escribir con tecla correctora. A mi espalda, igual que ahora, la comida cociendo a fuego lento, el olor a especias —hoy a laurel—…

Todo cambia y todo permanece, como los aromas de las especias y las notas de un viejo adagio. Tal vez es que el círculo comienza a cerrarse. Quizá aquella primera novela, cuya protagonista escribía su historia aislada del “mundanal ruido” junto a uno de los picos de la Calderona, presagiaba el traslado, casi veinte años más tarde, a este municipio a pie de sierra en el que ahora escribo desde mi ordenador.

Tal vez Alba, como Uba, son dos intrusas que permanecen en mi subconsciente al coger la pluma japonesa o los antiguos bolígrafos de marca superior con los que, con tanta disciplina, comencé las primeras líneas hace ya unos cuantos años, acomodada en la mesa de la cocina.

Quién sabe…


miércoles, 6 de abril de 2022

Los recuerdos se deforman

 




Y un día te das cuenta de que los recuerdos se deforman.

En tu lectura del día, el autor del libro ha escrito acerca de aquella primera casita que todos una vez dibujamos: aquella cuyo techo acababa en pico, con un arbolito al lado y unos escasos cuatro trazos que, supuestament, mostraban all perro.

Una casa baja, nada que ver con los edificios colmenas actuales; un perro que habita en el exterior, alejado del confort del aire acondicionado y del sitio privilegiado en el sofá frente al televisor -«mascotas», los llamamos ahora-; el árbol erguido sobre la tierra que lo sustenta…

Y tú interrumpes la lectura porque quieres recordar aquella primera casa que dibujaste. Y buscas en vano aquellos trazos que debían ser la figura del perrito. Cuando recibes la imagen de tu dibujo compruebas que, efectivamente, el tejado de tu primera casita termina en pico, pero la ves lejana, borrosa. Y ves también la mesa y la silla en aquel cuarto donde te esmerabas trazando las líneas, escogiendo los colores Alpino. Y adivinas el remate de aquel techo en pico, en el que, a modo de punto final del trabajo, dibujabas aquella pequeña cruz.
 
La mañana ha entrado de lleno por la cristalera de la terraza. Es hora de apagar la lamparilla de lectura y subir las persianas permitiendo que el sol se instale en toda la casa. Piensas que el tiempo primaveral que nos acompaña desde hace semanas no se corresponde con la estación actual, pero agradeces el calor del sol que te evita el consumo excesivo de luz.

Aún te queda media hora de lectura, pero cierras el libro y te permites escribir unas líneas en tu bloc de notas, a la vez que buscas en los recuerdos más recientes del pasado fin de semana, esa casita/palacio que dibujaste con tu nieto mientras se terminaba de hornear la lasaña.


-Febrero 2022


 

jueves, 24 de marzo de 2022

El ojo de Sauron o el ojo mediático

 



De vez en cuando me llegan ecos de otros días. Me llegan con imágenes. Se trata de noticias en los medios que llamaron mi atención en otros momentos.

Desde hace unos días estos ecos, con sus respectivas imágenes, me muestran las Marchas por la dignidad. Fue hace ocho años. Eran unas marchas reivindicativas que salían de todos los puntos de España para confluir en los alrededores del Congreso. Eran columnas de personas caminando por autovías y carreteras comarcales. Pasaban por municipios en los que, a veces, les proporcionaban alojamiento durante la noche. El mal tiempo no les impedía ponerse en marcha al llegar la mañana.

Cuando llevaban quince días de camino silencioso y pacífico ningún medio televisivo se había manifestado aún, ni para bien ni para mal, de aquel acto reivindicativo. No merecían espacio en ninguno de esos medios (oficiales o no­), hasta que, mira por dónde, en uno de los municipios por los que pasaron hubo incidentes y ardió un contenedor.

Entonces sí… Entonces el ojo de Sauron giró bruscamente hacia la marcha y abrió portadas e informativos con los incidentes provocados. De los anteriores días de pacífica marcha nada habían mostrado, pero claro, un contenedor ardiendo siempre es buen reclamo para el ojo poderoso y el televidente aburrido.

Después ya sabemos lo que pasó y, entre otras cosas, pasó que hubo un gran despliegue de policía antidisturbios para recibirlos a su llegada a Madrid e impedir que muchos de los que viajaron en autobús desde sus lugares de origen para sumarse a la concentración frente al Congreso, no pudieran llegar a la hora prevista: controles, identificaciones…

También pasó que, «por error de las porras», estas fueron a golpear con fuerza contra aquellos manifestantes que, para identificarse del resto, portaban banderines rojos. «¡Que somos de los vuestros!», repetían mientras eran golpeados en el suelo.

Y pasó, así mismo, que previamente a la clausura del acto reivindicativo, mientras en Colón se cantaba el Himno a la libertad del maestro Labordeta, los antidisturbios cargaron contra los allí presentes y dio comienzo la caza: hienas hambrientas dispuestas al ataque sin pararse ante nada ni nadie.

De aquella reivindicación de techo y trabajo, han pasado ya ocho años y permanece en el olvido y tan en silencio como cuando comenzó. En los días posteriores sí que hubo, no obstante, mucha cobertura sobre la violencia, pero una vez finalizada esta, el ojo que todo lo puede, miró para otro lado.

El pasado 22-M fue el aniversario de aquellos actos y me han llegado muchas de aquellas imágenes y comentarios de los que circulaban por las redes y, al contemplarlas de nuevo, no he podido evitar evocar esas otras manifestaciones más recientes: Caceroladas desde coches de alta gama y señora de alta cuna —no sé si también de baja cama— portando a la chacha inmigrante para que fuera esta quien golpeara la cazuela. Aquí no hubo contenedores ardiendo ni banderines rojos. No hacía falta. Los mismos policías posaban para la foto en excelente camaradería con los manifestantes. Ahora no se pedía techo y trabajo, ni pan y rosas. Ahora se trataba de una provocación de la clase alta española al gobierno de turno que se estaba comiendo una pandemia sin haber estado preparado para digerirla. Provocaban a pecho descubierto y con la cara al sol, jaleados por una de las oposiciones más rastreras que ha conocido país alguno en democracia.  No exigían, tan solo se exhibían, y el ojo de Sauron les prodigó horas y horas de cobertura.

Y qué decir de la escenificación de apoyo a los cazadores. ¡Con qué majestuosidad se manifestaban —se siguen manifestando— montados en sus caballos, vestidos para la ocasión, sombreros de ala ancha y flexible, armas de mira telescópica y cetrería de ojo ciego sujeta al antebrazo de la primera dama de la montería! A mi marido que fue cazador durante muchos años no lo vi representado en ese escenario, ni tampoco a los otros cazadores que conozco. Eso sí, de Berlanga y de su Escopeta Nacional me vinieron unas cuantas escenas a la mente. De nuevo se trataba de un pulso al gobierno de turno por parte de una élite que añora viejos tiempos. Y el ojo de Sauron no podía perderse ningún detalle para comentarlo con todo lujo de detalles en las diferentes tertulias.

Aquí tampoco ardieron contenedores, cuando no hay manifestantes con banderines rojos no suele haberlos. Aun así, coparon toda la parrilla televisiva durante horas y días.

Pues sí, desde aquella marcha silenciosa y silenciada del 22-M ha habido unas cuantas protestas, sobre todo durante los dos últimos años, y en ninguna de ellas han faltado los medios para atiborrarnos de imágenes. Los tractoristas conduciendo sus tractores acompañando a los agricultores. Temporeros del campo no había muchos, no. Empresarios y dueños de invernaderos, de esos a los que no les viene nada bien que el ministro o ministra de turno les envíe a sus inspectores de trabajo sin previo aviso, sí que había, o quizá me lo pareció a mí, que de normal soy un poco tiquismiquis.

Disfrazados de agricultores con pecho al frente y cara al sol también había bastantes, alguno hasta posó sonriente condiciendo un tractor. Legonas había pocas.

A veces, conviene recordar que de vez en cuando votamos en unos comicios europeos, y recordar también, de paso, a qué grupo votamos en su momento para que defendiera nuestros productos allí donde se dispone qué debemos comer, de dónde deben llegar a nuestros mercados y qué precio o concesiones hemos de pagar o hacer al respecto. Ah, no… que a los grupos que defienden nuestras naranjas y nuestros productos allí, es a los que linchamos los mismos que luego protestamos.

Hoy es el turno de los transportistas, cuyo derecho a la huelga defiendo tanto como cuando se trata del colectivo sanitario o docente. Alguien decía que se manifestaba porque con el precio que tiene el combustible pierde mucho dinero. Nunca estuvo como ahora, cierto, aunque me consta que nunca estuvieron tan unidos como lo están estos días. Como digo, soy un poco tiquismiquis y mal pensada, por eso me pregunto si no habrá algún elemento más en la avanzadilla de esta huelga, y recuerdo la huelga de transporte previa al asesinato de los abogados laboralistas de la calle Atocha. Pero eso son imaginaciones mías, no me hagáis mucho caso.

Aquí el ojo de Sauron también lo mira, lo cuenta (o lo manipula según le pilla el día), y llena portadas mientras en las estanterías de nuestros supermercados van faltando productos de primera necesidad.

Ellos, los transportistas son ahora la noticia, y Sauron tiene que repartir su mirada entre ellos y las imágenes que llegan desde ese país en el que dos personajes funestos han jugado a medírsela para ver quién de ellos la tiene más larga —voy a omitir “el qué”—, y es ahí, en esa medida, donde Sauron tiene fija la mirada sin apenas un parpadeo. Mientras, yo sigo preguntándome, que ha sido de aquella guerra en la que los niños de Yemen morían masacrados por las bombas que nosotros mismos proporcionábamos a quienes se las lanzaban. «Si no se las vendemos nosotros se las venderán otros», dijo el entonces ministro de Exteriores al ser preguntado al respecto, cuando las muertes de aquellos niños aún interesaban —o parecían interesar— al ojo que tanto poder tiene entre la gente.

No, a Sauron ya no le interesan aquellos niños, ni los de Gaza. Los últimos dejaron de existir cuando alguien dio la orden de invisibilizarlos. «Israel no se toca».

¿Dónde queda la imagen de Elian llegando a la orilla de una playa? ¿Dónde las noticias sobre los niños sirios que malviven en los campos de refugiados soportando las inclemencias del tiempo?

¿Qué resorte es el que falla en el mecanismo del poderoso ojo de Sauron, que le impide mirar en todas las direcciones?

 

Llevo mucho tiempo, más del que me propuse en un principio, sin escribir una sola nota de esas que escribo para mí misma. Me negué a escribir acerca de la pandemia y decidí dar un descanso al teclado. No obstante, los últimos acontecimientos me superan. Ignoro cuál será el próximo foco para el ojo de Sauron, tal vez los campamentos Saharauis, o quién sabe qué otro despropósito por parte de quienes se creen los dueños del mundo y de quienes en él habitamos.

Quién sabe…