miércoles, 3 de junio de 2020

ABRIL 2020





“Ese vaso, enjuágalo y a su sitio”

Es la voz de mi madre. Cada día, varías  veces, la oigo de nuevo, como si todavía estuviera aquí, en mi cocina que adivino como la suya.

Pero no estoy en su cocina. Tampoco estoy en su casa, ni en su calle. Ni siquiera estoy en nuestro municipio. Lo abandoné hace algo más de trece años y cada vez lo siento más lejano, más extraño.

Estoy viviendo el tiempo incierto del confinamiento. A veces tengo miedo. No tanto a la muerte como al dolor que produciré en aquellos que más me quieren. Es su dolor lo que me aterra. Dicen que soy individua en situación de riesgo, o algo parecido. Debe de ser por mis continuas bronquitis. La última la padecí hace apenas tres meses, justo cuando comenzó la pandemia. Me duró más que la anterior. Cada vez dura más y la recuperación es más lenta. Aún no me había recuperado del todo cuando me recluí en casa. Ahora ya estoy tan acostumbrada a no salir a la calle que es como si nunca hubiera salido. No la echo de menos en absoluto.

Es una sensación extraña. No he visto televisión en todo este tiempo. Tampoco he leído un solo libro ni he escrito poemas ni apuntes. Bueno, en realidad sí que he escrito algo, pero nada que estuviera relacionado con mi experiencia del momento. No deseaba regocijarme en mi incertidumbre, mi pena o mi rabia. Me limité a ser testigo de la incertidumbre, la pena y la rabia de los demás.

En mi casa hay mucho ruido de niños, de vajilla, de todo aquello que dota de vida a una casa. No estoy sola en mi confinamiento y no tengo momentos de silencio que permitan centrarme en algo que requiera más de cinco minutos de atención. Cuando he necesitado intimidad me he encerrado en mi habitación, más que por huir del trajín por no aislarme de mí misma. Necesito estar a solas conmigo y hablarme, escucharme, poner mi propia voz a mis miedos, a mis silencios y a mis reproches, a la indignación y a la impotencia que a veces me supera...

Esa voz, ese tono y esa forma de decir que cada vez más se confunden con esa otra voz, ese otro tono y esa otra forma de decir que oigo tras de mí cuando, al volver a la cocina y encontrarme un vaso sobre el banco de granito me ordena: “Ese vaso, enjuágalo y a su sitio”




Desescalada







Nunca pensé que se me pudiera robar la primavera. El olor de los azahares y de las madreselvas…

Me los robó la pandemia. Llegó con todas sus consecuencias: emocionales, trágicas, sociales y económicas.

Me dejó el vacío y me dejó el miedo. Y se llevó de mi lado, junto con los aromas, el verso y los poetas.

Me quedé sin poder disfrutar de los clásicos, y sin la mirada limpia de aquel a quien tanto quiero, conformándome solo con su sonrisa de ángel a través de videoconferencias.

Ahora nos está dando una tregua. Podemos salir a dar paseos, y también a ver a la familia y amigos. Y podemos, también, saborear una cerveza fresca en la terraza de un bar.

No sabemos por cuánto tiempo. Pero aquí seguimos quienes no sucumbimos al drama.

Las mascarillas son molestas. Sobre todo, si se tienen que llevar durante la jornada laboral. Y molesto es, así mismo, comprobar que el esfuerzo de muchos se ve pisoteado por la irresponsabilidad de unos pocos, los suficientes para contagiar en la medida del tres por uno.

Desde el principio me negué a sacar rédito literario —si se puede llamar así— a este tiempo extraño.

No hubo poemas, por mi parte, que mostraran mi forma de vivirlo.
No quise dibujar mis miedos, ni quise transmitirlos a quienes estaban confinados conmigo.

Apenas vi noticias y me negué rotundamente a ver las imágenes que unos y otros hacían circular acerca de los féretros y culpas varias.

No me interesaban las estadísticas de los fallecidos y contagiados, sino las de los curados y dados de alta.

Leí todo lo que pude cuando pude, y lo hice en voz alta. Y luego regalé mi voz a quienes quisieron escucharla a través del grupo de Whatsapp.

Hoy, sin embargo, cuando la tregua nos da un respiro, cuando el orden vuelve a mi hogar y vuelvo a refugiarme en los poetas, cada vez que bajo a mi garaje no puedo evitar vivir de nuevo la pesadilla.

Porque allí me refugiaba, con la excusa de ir a coger algo.

Allí había silencio y estaba oscuro.

Y en esa oscuridad y ese silencio vislumbro ahora la pesadilla. Mis propios miedos y posibles despedidas.

Nada contaba a los de arriba.

Tampoco a las primas que esperaban mis lecturas en voz alta a cada tarde.

Me comí mis temores y con ellos vestí mis risas para mis nietos.

Me disfracé de lo que el momento y el cuento exigía, si de mariquita o de pirata.

Pinté mis labios y puse máscara a mis pestañas. Y canté y conté mil cuentos con aquellos disfraces. Y capté imágenes en la terraza y en el patio.

En las demás casas había mucho silencio. En la mía gritos y golpes en las puertas que se cerraban para que los niños no estorbaran. Con los niños ya se sabe…

Hoy, con la desescalada, tan temida como ansiada, mi casa ha recobrado el silencio de otras horas.

La paz y los versos detenidos en el estante vuelven a mi sala. Lorca ocupa de nuevo mis desayunos, y la tertulia con las primas ha cambiado de hora y la llevamos a cabo durante las primeras horas de la mañana.

Con ellas converso sobre los paseos matinales, los olores del césped recién cortado, los de los azahares y los de las sales que arrastran las burbujas de las olas al llegar a nuestra querida playa.

Y juntas nos lamentamos por ese estallido de primavera robado.

Una primavera extraordinaria de la que sí han disfrutado, como hace años que no lo hacían, las aves migratorias, los insectos y animalillos de bosques y jardines… y aquellas especies tan amenazadas a diario por nosotros, quienes nos hacemos llamar racionales humanos.

Una primavera tan extraña, en la que nosotros fuimos los inquilinos de las jaulas.

Tal vez todo ha sido un aviso más de la naturaleza a la que tanto desoímos y pisoteamos a diario.

Quién sabe, quién me ha robado, en realidad, la última primavera.


Quién sabe…



viernes, 1 de mayo de 2020

Primero de Mayo 2020




Hoy, en medio de este trajín en el que transcurre mi confinamiento, me evado a un rincón solitario de la casa, en busca del silencio. Deseo recordar, a solas, aquellas horas. Las horas de unos días grises. Grises por el humo que cubría la atmósfera, y grises por la incertidumbre que se cernía sobre aquellos que dependían del gran amo. Hoy me habitan las imágenes de los días en los que yo nada entendía cuando los guardiaciviles, con sus armas en la mano, corrían tras los trabajadores por las calles aledañas a la fábrica. Yo era pequeña, pero alcancé a verlos desde una de las ventanas de la casa de la abuela, allá en aquella casa de la calle Andalucía, muy próxima a la Tenencia de Alcaldía.

Por aquella gente que corría huyendo de los culatazos, por aquellos que eran detenidos en sus casas los días previos a este Primero de Mayo que en nada se identifica ya con aquellos otros cubiertos de gris. Por todos ellos, mis Episodios Cotidianos.

«Arriba, cubriendo el cielo, solo humo,
abajo, solo hombres que caminan
con sus miradas perdidas.

Sus trajes de faena son azules
—No, no son trajes…—
Solo unos pocos hablan,
a voces.

«Carne de cuartelillo», los llaman
aquellos que visten de verde.»


Fotografía: Ismael Murria -Horno Alto, Puerto de Sagunto-

viernes, 24 de abril de 2020

Los amigos cuentan... MELISA LÓPEZ







Siguiendo con mi ronda de preguntas a mi círculo de escritores/as, hoy me acerco hasta Melisa López. Ella es Especialista en Políticas de Género e Igualdad. Hace algún tiempo ya os comenté acerca de su libro NIÑA INVISIBLE en el que narraba de forma novelada su propia experiencia y que, a modo de guía, es una de sus herramientas de trabajo en los talleres y charlas que lleva a cabo por distintos institutos, no solo de nuestra Comunidad, sino también de distintas ciudades de nuestra geografía.

Anoche mismo, cuando contacté con ella para ver si le apetecía contarme cómo lleva su confinamiento, no lo dudó ni un momento. Y aquí tenemos sus respuestas:

¿Qué día comenzó tu encierro?

Fue el 13 de marzo.

¿Planeaste u organizaste previamente una ruta de tareas?

No tenía planificada porque, entre otras cosas, pensaba que sería una semana o quince días, y tenía trabajo para esos días desde casa. Conforme pasaban los días en esa primera semana las noticias que nos llegaban no parecía que fueran de levantarse el confinamiento. Aunque tenía trabajo no me ocupaba todo el tiempo y empezaba a necesitar salir. Fue entonces cuando planifiqué tiempo para hacer ejercicio, leer, ver series, videollamadas…

¿Sigues esa planificación todos los días o también improvisas?

Para nada. Lo cumplí tres días y empecé a improvisar o a saltarme mi propio planing porque me gustaba también estar sin hacer nada, o simplemente porque cuando era la hora que había planificado, por ejemplo, para leer, no estaba concentrada. Estoy adaptando las actividades a lo que me pide el cuerpo y el estado de ánimo y no al revés.

¿Sigues las noticias sobre la pandemia? ¿Por qué vías?

Sigo las comparecencias y algún artículo de opinión de prensa digital. Alguna noticia también por esta vía e intento no mirar los comentarios que les siguen en las redes con opiniones de personas como yo, que no tenemos ni idea de pandemias.

¿Cómo es uno de estos días?

Pues la verdad es que no están siendo horribles. Son raros, son aburridos a veces y son reclutados… Para mí lo peor es que no me dé el sol, el aire o ir a la playa un rato, a una terraza con mi gente… Tengo la suerte de que nadie a quien quiera está en peligro de salud ahora mismo, ni nos ha faltado nadie. Así que en este contexto me siento privilegiada. Los días no están siendo iguales entre ellos porque hablo con mi familia, mis amigas y amigos, estoy con mis hijxs… y cada persona me va aportando cosas distintas cada día, temas de conversación, cosas que les pasan, recuerdos que traemos para animarnos… y hacen que la mente no esté estancada en un eterno Día de la Marmota.

En cuanto a las rutinas, ahí sí son iguales unas a otras, pero también mis días cuando no había confinamiento eran rutinas: te levantas, te duchas, café, algo de trabajo, niñxs, lectura, redes, música… Para mí lo importante estos días está siendo ocupar la mente más que los tiempos. Esos me preocupan menos. Y te podría asegurar que estoy hablando con mi gente en estos más de lo que hablo en una rutina anterior al encierro.

¿Te vienes abajo en algún momento?

He tenido algún momento de nostalgia, pero no de tristeza ni de asfixia. Sí que he tenido un poquito de pena pensando en las actividades al aire libre, en movernos por los espacios libremente… pero me puede haber durado unas horas. Entonces lo que hago es algún ejercicio de relajación, conecto conmigo, lloro un podo si me apetece llorar y luego estoy como nueva. No evito esas sensaciones porque negarlas no me iría bien y saldrían después por otro lado.

Comentas que una de las actividades a que dedicas tu tiempo es a la lectura. ¿Y la escritura? ¿Estás trabajando en algo nuevo?

Pues lo cierto es que no estoy escribiendo nada. En casa somos cinco, dos adolescentes y un niño de tres años. Mi capacidad de concentración y atención estos días está bastante alterada. Me cuesta incluso leer más de veinte minutos seguidos. Así que me estoy centrando, cuando por algún extraño motivo hay silencio en casa, en hacer ejercicios de escritura, pero en los que me trabajo yo para estar serena. Nada que tenga un hilo conductor; nada que se parezca a una historia o pueda ser mínimamente creativo. Solo lo utilizo para cuidarme; son notas, son ejercicios…. No es escritura en sí como la entendemos en el sentido de crear historias.

¿Algo nuevo a la vista para cuando acabe esto? Tengo muchas inquietudes últimamente, así que eso es lo peor porque no acabas de apasionarte por algo en concreto. Tengo algo a medias desde hace tiempo bastante adelantado. Son dos historias que se quedaron colgadas por el camino. No he vuelto a necesitar retomarlas y para mí eso es señal de que no es la historia que quiero contar. Porque cuando necesitas contar algo no te arranca del ordenador ni una pandemia. Eso, ahora mismo, no me está pasando. He intentado provocarlo pensando que ahora, justamente, tengo tiempo. Pero para escribir, el tiempo es un factor, pero solo uno. Cuando he necesitado escribir de forma urgente porque me lo pedía el cuerpo, daba igual que fuera en una cafetería de forma improvisada antes de entrar al trabajo, en el descanso o incluso desvelada, porque había sentido que le quería dar un matiz o una frase a un fragmento concreto.

 Lo que sí tengo claro es que tengo pendiente contar experiencias que me han ido pasando y mi forma de alivio es mediante la escritura. Lo que ando ensayando es el formato, la forma de narrarlo, si será en primera persona o lo contará alguien que no sea yo para, con la escritura, tomar perspectiva. Ando con ese lío, que también me viene bien.



 ***


Siempre es un placer escuchar, entablar conversaciones con mis amigas/os escritores. Y siempre me aportan positividad. Durante estos días en los que decidí apartar la pluma y dedicarme únicamente a escuchar, me siento verdaderamente relajada, satisfecha de contar con todos estos amigos y amigas entre mi círculo de amistades. A través de sus respuestas, de sus experiencias en estos días extraños, compruebo la diferencia generacional que hay entre algunos de ellos —o algunxs de ellxs, como suele escribir Melisa cuando se trata del género—, y también la lucidez  de todos y cada uno de ellos.

Muchas gracias a todxs.

Buenos días




jueves, 23 de abril de 2020

Los amigos cuentan... RUTH SICILIA TORRES





Hoy, 23 de abril es un día especial para quienes disfrutamos escribiendo historias. Unas veces nos decantamos por inventar esas historias, luego les damos forma y, si podemos, las publicamos. Otras, escribimos a modo de novela, nuestras propias experiencias. Este es el caso de Ruth, quien se sirvió de las letras para contar su historia: MI IMPENETRABLE SONRISA.

Yo la conocí a raíz de la publicación de su libro. Desde entonces somos amigas. Y es a ella a quién he dirigido hoy mis preguntas sobre cómo afronta este tiempo de confinamiento.

¿Llevas confinada desde el primer día?

Como madre de dos hijas, una de ellas con una discapacidad del 77%, el 13 de marzo comenzó nuestro confinamiento. Como normalmente hago una compra grande semanal, y la había hecho el miércoles anterior, el día 13 solamente salí para ir a la farmacia a comprar alcohol y mascarillas, y aproveché para cambiar una batidora que se me había estropeado y que la necesito para preparar algunas comidas de mi hija.

¿Trazaste alguna ruta de tareas para los días que se avecinaban o eres de las que improvisan sobre la marcha?

No hice ninguna ruta en especial. Día a día vemos si hace falta algo, hacemos listas y solo sale mi marido de casa a hacer los recados pertinentes los días que sea estrictamente necesario. Cada día improviso todo, hasta lo que vamos a comer. En estos momentos de ansiedad lo que menos necesito es una obligación impuesta por mí para seguir ningún tipo de rutinas.

Tú eres una persona involucrada, no te gusta mantenerte al margen. ¿Sigues las noticias? ¿Por qué vías?

Un par de veces al día vemos noticias. A mí me gusta verlas en el canal 24 Horas, donde suelen salir comparecencias en directo. Me he dado cuenta que luego tanto en redes como en imágenes de las mismas se tergiversa la información, recortan entrevistas y hasta ponen frases que sacadas de contexto cambian mucho la información que daban en directo.

¿Cómo son ahora tus días?

Intentamos levantarnos pronto. Entre semana la niña pequeña tiene clases online y la niña especial va detrás de nosotros. Con ella improvisamos alguna actividad para que haga algo similar al colegio. Mientras tanto vamos poniendo lavadoras, recogiendo, limpiando, preparando la comida… Hasta la hora de comer no paramos. Una vez hemos comido intentamos que la niña mayor, que por su discapacidad toma medicamentos muy fuertes, duerma la siesta. Nosotros aprovechamos para elegir una película de Netflix y verla con la niña pequeña que tiene siete años. Por la tarde preparamos alguna merienda entre todos. Mi hija pequeña ha cogido afición a la cocina y a veces grabo sus recetas y las cuelgo en un canal que se ha abierto en Youtube. Jugamos a algo todos juntos: guerra de cojines, hacer payasadas… Y también hacemos videollamadas con amigos y familiares. Todo eso hasta las ocho de la tarde que salimos a aplaudir. Ese es un momento muy bonito en el que ves que hay vida fuera de tu casa. Después preparamos la cena, pero a veces cenamos más tarde porque en ese tiempo hacemos bailes, ponemos música, pintamos… Un poco lo que más apetezca. Luego toca un rato de televisión hasta que las niñas se quieren ir a dormir. Y ya, cuando se han dormido, mi marido y yo solemos ver alguna película que nos guste a nosotros, ya que pasamos todo el año sin tiempo para ver la tele.

¿Te vienes abajo en algún momento del día?

Me vengo abajo mil veces al día. A veces cuando hablo con mis padres, otras cuando durante los aplausos mandan besos a mi hija, también si mis hijas se pelean o las siento tristes. Pero también me levanto enseguida e intento animar la situación.

Con todo este trajín de las niñas imagino que no tendrás mucho tiempo para leer o escribir. Cuando empezó todo esto ¿estabas trabajando en algo nuevo? ¿Sacas algún rato para escribir sobre lo que está ocurriendo?

Soy una persona muy positiva, doy muchas vueltas en mi cabeza a lo que quiero escribir. De hecho, estoy escribiendo un libro sobre ser una familia con una hija especial. Pero estos días sin intimidad, siempre rodeada de mi familia me cuesta mucho centrarme y tener un rato de silencio sin interrupciones para poder escribir. Sí que quiero introducir en mi libro de Francina cómo ha sido para ella por su condición y para nosotros como padres, este confinamiento, esta situación.

*

No tengo la menor duda de que esta situación está resultando muy complicada para muchas personas, cuanto más, para familias que, como la de Ruth, comparten su confinamiento con aquellas que precisan de una especial atención.

Muchas gracias, Ruth por atender a mis preguntas. Me consta que no andas sobrada de tiempo. Ha sido un placer leerte.




miércoles, 22 de abril de 2020

Un miércoles de abril






22 de abril y llevamos… En realidad, no sé cuántos días de confinamiento. No los cuento. Solo, cuando desconecto por las noches y apago luces, pienso: «Ya tenemos uno más y uno menos»

Es cierto que ya empiezan a pesarme. Esta mañana al despertarme no sabía con certeza si era miércoles o jueves. Me sigo despertando triste. Después, durante el día, la tristeza pasa inadvertida por el exceso de trabajo en casa. Mi familia está confinada conmigo y eso me alivia. Seguimos todos bien que es lo que cuenta en estos momentos. Mi hijo y mi nuera no están lejos y comprobar cada día por teléfono que también siguen bien me tranquiliza.

No escribo. Tampoco leo. Mi déficit de atención es bastante considerable. No me centro en nada. A veces cojo un libro y hojeo sus páginas sin detenerme en ninguna. Otras, leo un fragmento en voz alta, me grabo en audio y lo envío al grupo de «primas». Ellas me envían a mí otros tipos de mensajes: fotos de familia que yo desconocía y en las que a veces aparezco cuando era niña; recetas de cocina de las que hacía la abuela; anécdotas de nuestras madres de cuando eran jovencitas… Nos gusta estar en contacto. Antes no lo estábamos como ahora. Además de que no nos veíamos tampoco nos llamábamos. Quizá, cuando acabe todo esto, si acaba pronto y el drama no nos salpica a ninguna, volvamos a ser por un tiempo las primas de siempre, las que correteábamos mientras nuestras madres coincidían en casa de los abuelos. Personalmente me gustaría, pero tengo la impresión de que una vez finalice todo esto nos olvidaremos de la comunicación que ha surgido a raíz de esta pandemia que nos mantiene a todos encerrados en casa.

Me informo poco y mal acerca de los acontecimientos. Apenas veo la televisión. Detesto que saquen las imágenes de féretros amontonados. Y, sobre todo, detesto que las manipulen y las utilicen políticamente. ¿Cuántos muertos vale un voto? ¿20.000? ¿30.000? Posiblemente el gobierno actual no lo esté haciendo todo lo bien que algunos desean. Tampoco todos los ciudadanos están actuando como debieran, y alrededor de unos y otros acuden los necios como los buitres a la carroña. Hay quienes trabajan, aunque no consigan hacerlo bien, para derrocar al virus, y los hay que trabajan incansablemente para derrocar al gobierno. Y juegan sucio, muy sucio. La gente ha confundido la «libertad de expresión» con la «libertad de difamación» Y es triste. Muy triste. La mentira, el insulto y la difamación llenan cada día las redes sociales. Nadie pregunta por cómo van los ensayos de la vacuna, por qué estudios están haciendo nuestros científicos, en el caso de que estén en activo y con los recursos suficientes. Solo preguntan por la cantidad de muertes y contagios. Y algunos hasta se frotan las manos: A mayor número de unos y de otros, más probabilidad de escupir a la cara al presidente y a su equipo.

Y no veo a nadie, absolutamente a nadie, preguntándose si la pandemia ha saltado ya a los países del llamado Tercer Mundo, aquel al que no llegan las mascarillas ni los confinamientos. Tampoco se preguntan ya por los refugiados que huyeron de las guerras, ni si continúan los bombardeos en aquellas ciudades masacradas. Tan poca atención le prestamos a estos países que aún no nos hemos percatado de qué pasará cuando este nuevo virus llegue hasta allí y se sume a los que ya padecen.

Nosotros seguiremos encerrados en nuestras casas con nuestras comodidades, contando los muertos, los nuestros, y culpándonos unos a otros por no poder salir a la calle. Y mientras tanto, el enemigo invisible saltará hasta los países más débiles, perpetuándose por no se sabe cuánto tiempo.






domingo, 19 de abril de 2020

Los amigos cuentan... EMMA FONDEVILA






Cuando se cumple más de un mes desde el inicio del confinamiento impuesto por el Gobierno, mi curiosidad me lleva hasta Emma Fondevila. Ella es traductora y poeta, al igual que Emilio, su marido, de cuyos días encerrado en casa ya os comenté en mi anterior entrada.

Emma, como el resto de mis amigas y amigos del círculo de escritores, acudió enseguida a mi llamada cuando le sugerí la idea de que me contara el modo en que está viviendo estos días de reclusión y aquí tenéis sus respuestas:

¿Qué día comenzó tu confinamiento?

Fue el primer día, el 14 de marzo

¿Previamente hiciste una ruta de tareas para los días que se aproximaban?

No me dio tiempo a programar nada. Aquel fin de semana fue una locura mientras trataba de hacerme a la idea de que no iba a poder salir salvo para hacer algunas cosas que se consideraban imprescindibles. ¡Diferentes concepciones de lo imprescindible! Todavía estaba abierto el jardín de la urbanización y se podían dar algunos paseos a las horas en las que no había nadie. Eso hacía que el encierro fuera más soportable, pero el lunes me encontré con el acceso al jardín cerrado. Creo que fue entonces cuando caí en la cuenta de cómo iba a ser realmente y me vi en la necesidad de planificar las tareas.

¿Sigues esa ruta todos los días o improvisas?

Intento seguirlo. Por las mañanas no me cuesta mucho. Por las tardes es otro cantar. Parece que las horas se van alargando a medida que transcurre el día, y a veces me puede el desánimo.

¿Sigues las noticias? ¿Por qué vías?

Sí, tal vez más de lo que debiera. Nada más levantarme pongo la radio y a lo largo del día voy recurriendo a distintas fuentes: Internet, los informativos de televisión, otra vez la radio… Según… Me molesta sobre todo el clima bronco de las noticias políticas, creo que es lo que más me preocupa de la presente situación. Pensar cómo vamos a salir de esto, si con un gobierno progresista que encare la situación pensando en los ciudadanos o con un gobierno como el que gestionó la crisis anterior pensando solo en hacer nuevos ricos. También me indigna la actitud de la UE y su falta absoluta de solidaridad, que sigan enrocados en las soluciones que se demostraron ineficaces e injustas y de las que no quieren despegarse.

¿Cómo es ahora uno de tus días?

Después del desayuno hago un rato de gimnasia, aunque a veces me siento antes al ordenador un rato, sin forzarme. Después hago las tareas de la casa. Al principio limpiaba compulsivamente. Le di la vuelta a la casa. Después me calmé y voy haciendo lo que considero necesario. La comida la hacemos mi marido o yo; después de comer vemos alguna serie. Todo esto lo vamos alternando con recorridos ida y vuelta por la terraza que no es muy grande, pero hay que mantener algo de actividad. Después dedicamos un tiempo a la lectura, aunque hay días en que a mí me resulta imposible concentrarme. Por la noche solemos ver una película. Procuramos acostarnos siempre a la misma hora, las doce, más o menos. En cuanto al sueño, tengo altibajos.

¿Te vienes abajo en algún momento?

Sí, hay días que estoy muy activa; otros, me cuesta atenerme a la rutina que he fijado. Depende en gran medida del tiempo. Si está un buen día y no hace frío, puedo estar un rato en la terraza y eso me anima mucho. Si no, me puede el desánimo. También influyen mucho las noticias. Me preocupan las cifras de muertos y contagiados, me apena mucho la forma en que muere la gente, casi siempre alejada de sus seres queridos, y quienes pierden a alguien y no pueden hacer debidamente el duelo, pero también el clima político del país. Creo que a partes iguales.

Seguro que entre las tareas para hacer más llevadera esta situación, la más importante o quizá a la que más tiempo dedicas es a la lecto/escritura. ¿Estás escribiendo sobre lo que está sucediendo con respecto a la pandemia? ¿Algo nuevo a la vista para cuando acabe esto?

Así debería ser, pero hay días en los que no puedo con ello. He estado leyendo libros de poetas argentinos como Javier Galarza, María Malusardi y Natalia Litvinova. Afortunadamente, me llegaron poco antes del encierro. Libros muy interesantes como La noche sagrada, de Javier Galarza, en el que hace un repaso de la literatura desde Holderling y la va encadenando con Rike, Heidegger, Celan, Freud, Kafka… todo un recorrido por el siglo XX que refleja los cambios sociales de esa época tan convulsa. Otros libros como Lo atenuado, también de Galarza, o Artista del hambre, de María Malusardi o Un cesto de trenzas, de Natalia Litvinova, son muestras maravillosas de la poesía argentina actual. Mientras los leía pensaba que es una pena que tan poco de esto llegue aquí. Los libros que se editan en Buenos Aires son imposibles de conseguir aquí, y pocas editoriales españolas se atreven a hacer una reedición. Apenas llegan los libros de María Negroni; el de Natalia sí que está editado en España en «La bella Varsovia». Tenía pensado interesar a algún editor, sobre todo por La noche sagrada, de Javier, que es un libro interesantísimo, pero con todo esto, quién sabe con qué nos encontraremos cuando salgamos.

En cuanto a escribir, voy tomando notas. Yo no suelo escribir sobre lo inmediato, por lo general me tomo un tiempo para reflexionar antes de que surjan poemas o relatos. Me pasa cuando viajo, por ejemplo. Voy dejando apuntes, reflexiones. En este caso tienen tintes filosóficos y son bastante sombríos. En fin… la situación no da para más.

En cuanto a los proyectos para cuando esto acabe… tengo un poemario que tenía fecha de publicación para enero, pero ¿quién sabe? ¿Valen de algo los planes anteriores? Todo es tan incierto, tan impredecible como la propia vida…


*

Todo esto me lo contaba Emma desde su casa de Collado-Villalba, hace apenas unos días, tras un periodo de confinamiento de algo más de un mes.  Aún nos quedan días, semanas… por delante, cuyo final es tan incierto e impredecible como ella siente. No obstante, nosotras seguiremos estando en contacto como hasta ahora, leyéndonos a través de las redes y compartiendo poesía, de aquí y de allá, su tierra al otro lado del gran mar.