martes, 21 de enero de 2020

Oda a una borrasca


Playa Puerto Sagunto
 Vicente Cuenca Valiente



Llevo dos días esperando a Uba. Hoy tampoco estaba cuando me he levantado. No había nota sobre la mesa. Después, cuando ya he desayunado —a solas—, he mirado en el buzón y allí estaba: húmeda, muy bien doblada en el interior de un sobre de color ceniza; la letra clara, tal vez alegre.

«Observa –decía- la mañana lluviosa, el parque anegado.
Hoy voy a bailar sobre la cresta de la ola más grande,
de la ola más brava.
Deja que tu casa permanezca en silencio,
que el hombre duerma
y que el libro se quede abierto por donde le plazca;
Que el polvo sobre la superficie de los muebles te sonría
y que la radio enmudezca.
Solo los cristales de los ventanales deberán llorar,
pero con llanto gozoso mirando a las lomas.
Allá, al otro lado, mi mar se rebela.
Corre hacia las calles vacías de gente.
Dejó de dolerle el corazón,
vuelve a latirle el alma y danza su cuerpo de agua.
Se derrama entera sobre las escuelas y plazas.
Nada la detiene. Se siente guerrera.
Llegó con las nubes y el viento hasta lo alto de la sierra,
su mirada de hielo y su mano férrea;
Su voz un rugido en medio de la noche
y su lengua…

¡Ay si su lengua tuviera la fuerza y la voz que se precisa
para gritar las palabras que nacen de las entrañas
de las mujeres más fieras!»

Uba me ha regalado su «oda a la borrasca con nombre de mujer». Para ella es una fiesta grande. Llueve en la costa, llueve en las calles de la ciudad y llueve en los cerros. En la costa es una lluvia dañina, vengativa…
Los niños van con sus paraguas y botitas al colegio; sus mamás, sus papás y sus abuelos con chubasqueros. Algunos van hasta la misma puerta del colegio en coche. Mojarse bajo la lluvia y chapotear en los charcos es contraproducente y anacrónico. Unos se quejan del mal tiempo, otros le sonríen, aunque son los menos.
Es enero, llueve, hace frío y en algunos puntos nieva. ¿Merece eso una queja?


 Fotografía: Por gentileza de Vicente Cuenca Valiente
 -Playa Puerto de Sagunto, temporal 20/1/20

miércoles, 11 de diciembre de 2019

Unas notas de Uba






La mañana invita al paseo. Luce el sol, tímido y sereno. Uba sigue sin venir. Prefiere los días de lluvia, pero yo tengo su cuaderno. Lo leo de forma aleatoria, sin el orden de sus páginas. Lo introduzco en mi bolso de tela, junto con las llaves y el monedero; también incluyo la cámara de fotos. Hoy prescindo del móvil, no quiero que nada perturbe mi paseo.

Rodeo la huerta y llego hasta la zona de El Calvario. Es un lugar tranquilo, idóneo para la lectura y el recogimiento. No obstante, desestimo el acomodo en el recinto. El sol no calienta lo suficiente, hace frío de invierno, aunque aún faltan unos días para el solsticio, y decido caminar un poco más.

Vuelvo a casa por el camino del río, disfrutando del paisaje que me ofrece la sierra. Me detengo un instante para dirigir el objetivo de la cámara hacia los perfiles montañosos. En algún momento varío su dirección hacia el curso del río; adivino su desembocadura, pero está lejos, demasiado del lugar en que me encuentro. Aunque quisiera no podría fotografiar el cauce seco del delta. No importa, lo llevo asido a mí misma, igual que lo lleva Uba. Ella es lluvia y es mar, y es río que recorre valles entre montañas, y es la tierra húmeda de los caminos viejos. Me lo recuerda en sus notas que me acompañan esta mañana en mi paseo.

Escribe esas notas desde hace muchos años. Desde que la conozco. Hoy las leo en mi regreso a casa, mientras tomo el segundo café de la mañana…

«Cuando comencé la primera novela, inconscientemente, me puse a escribir narrando en tercera persona. Fue sobre la vida de un muchacho y no sobre la de una muchacha. Escribí con piel de hombre. Después, cuando escribí la segunda, narré en primera persona y volví a escribir desde la piel de hombre. Y cuando llegó la tercera, también inconscientemente, me desprendí de la piel adquirida al coger la pluma. Ahora lo hacía desde mi propia piel. Narraba en primera persona, desde dentro de la mujer que soy.

Y llegó la poesía, con su infinitud de sensaciones, de terminaciones nerviosas, de caricias y susurros…Desde mis silencios de mujer, desde mis miedos de mujer, desde mi ira de mujer arrebatada…»

Los pies se me han quedado fríos. El invierno se acerca y agradezco el calor del hogar. Guardo las notas de Uba en el cajón del escritorio. Junto a la poesía de otras horas. Tal vez mañana, o quizá pasado; quién sabe si en una madrugada inesperada la encuentre de nuevo junto al fuego, empapada por la lluvia, despojándose de su propia piel y de sus notas inacabadas.


Fotografía LEH -Calvario-


lunes, 9 de diciembre de 2019

Del desarraigo





Como un río que avanza lento, me deslizo ante una nueva primavera. La niebla se fue disipando y las campanas que ayer tocaban a duelo ya hace algún tiempo que fueron enmudeciendo. Tan solo un eco lejano se deja oír de vez en cuando arrastrado por el viento. Los árboles del parque verdean tímidamente y los azahares de las huertas colindantes elevan sus aromas que impregnan el perímetro del pueblo.


Yo me asomo al día con nuevos ojos. Con mirada de ayer que desea alcanzar los viejos horizontes que ya adivino ajenos. No me reconozco en las calles que pisan mis pies cada día. Sus aceras estrechas y su asfalto mal repartido no reconocen tampoco a mis pasos. Soy una intrusa al pie de las colinas que nunca oyeron ni nombre; no pertenezco a su parroquia ni seré cubierta por la tierra de su Campo Santo.

Mi primer llanto no fue un llanto de tierra. Fue un llanto de fuego y de mar, con la fortaleza del hierro, con la maleabilidad que otorga la tibieza de la sangre. Con agua salada fui rociada en pila de piedra bajo un cielo gris cubierto de humo. A veces me he desgarrado por dentro y he salido en busca de las pequeñas cosas, de los detalles mínimos que dotan de vida a lo cotidiano. Así he rematado las costuras de mi piel herida y rota, mi piel morena.

Habito hoy un hogar extraño, silencioso. En él recibo una nueva primavera rodeada de almas de diferente credo, de vocabulario impreciso, sin naves ni amarres en sus puertos.

Así convivo entre desconocidos que nada saben de mí, que nada sé de ellos… y así me pliego sobre mis propias alas al llegar la tarde, mientras la nueva primavera, perezosa, se acomoda sobre este escenario que en nada me concierne.


EPISODIOS COTIDIANOS -Libro primero-



miércoles, 4 de diciembre de 2019

Uba como la lluvia





Uba ya ha cerrado las páginas de cuanto libro seleccionó cuando escuchaba caer la lluvia sobre el asfalto. Me invita a un café mientras estira su cuerpo desperezándose tras las horas de lectura. Yo le respondo que me apetece mucho su compañía y ese café calentito, pero que habrá que esperar a otro momento más oportuno.

«Anda, por favor, serán solo unos minutos. La lluvia se aleja y ya no seré la misma cuando el cielo vuelva a cubrirse de azules.», insiste. Yo me acerco hasta la ventana y compruebo que, efectivamente, ya se aprecian claros en el cielo, aunque todavía no se distinguen los azules.

«No puedo, lo siento —le respondo—. Ya hace rato que entró la mañana y hay tareas pendientes». Resignada, me deja sus notas y se aleja.

Ella es lluvia que llega en la madrugada y se marcha cuando los claros se abren dando paso a la mañana. Siempre se despide con la mirada triste de quién no sabe cuándo o si volverá. «Quizá con una nueva borrasca. Ahora la llaman Dana», dice ya desde la calle.

Sobre la mesa, junto a los libros y una taza de café intacta, sus notas y un verso suelto:

«En esta mañana de lluvia mansa, mis notas y un verso a la deriva…
Qué palabra es la que me habita y me seduce
Cuál de todas mis ausencias es la que a estas horas me dirige
En qué lugar dejé olvidado aquel dolor viejo que ya no viste mi cuerpo
Qué nuevo verso se muestra ante mí desnudo en este camino que pasó de ser incierto a expandirse en lo certero»

Se ha ido aferrada a la última nube, porque ella es lluvia, y es un quizá, un acaso y un tal vez. Yo seguiré esperándola en cada madrugada, con sus libros sobre la mesa, con sus notas y un café.


De: Las notas de Uba.
Fotografía, C/Quart -Valencia-



domingo, 1 de diciembre de 2019

Palabras para Julio







Una vez más me visto de noviembre, con esa luz especial de este mes de color gris que a veces me obsequia con un sol espléndido. Y este año lo espero, además, con ansiedad por ese regalo que me trae: esa nueva vida que ya se acerca…

En las redes sociales Leonard Cohen nos hace un guiño con su voz subtitulada

La luz no tardará en llegar y, mientras tanto, noviembre se vuelve aciago en esta tarde de sábado. Yo creí que me traería solo vida… La voz ausente de Leonard Cohen sigue llenando las redes. Los poetas lamentan, lloran su despedida, comparten sus canciones. Yo busco su voz acompañada de imágenes y subtítulos: «El amor mismo se fue…», leo y escucho.

Mis pensamientos divagan: 
Noviembre gris, a veces con la calidez tardía de un sol perezoso.
Yo te espero noviembre con la vida nueva entre los ocres llegando a mi encuentro.

Te ansío, pero una ráfaga de viento helado se introduce como una intrusa por toda mi casa, obligándome a cerrar puertas y ventanas.

Hoy es sábado, y este sábado se torna triste, con esa clase de tristeza que nos envuelve cuando el otoño se lleva algo a destiempo.

Hace solo unas horas, dos besos sonoros en mitad de su rostro silencioso a la espera de un adiós definitivo.

Quise acompañar esos, mis dos besos, con un gran abrazo, de esos muy apretaditos.

No pudo ser. Su cuerpo, tendido, arropado bajo las mantas, lo impidió.

No fue él quien rechazó mi abrazo sino la mordaza del cuerpo ya sin fuerzas. No podía mover ni los párpados. ¿Acaso me oía? Me hubiera gustado tanto que percibiera mi presencia y mi voz…

Al fin solo pudo ser eso: dos besos desde el cariño más profundo, llegados con el tiempo justo antes de la partida.

Con eso me quedo, eso me guardo. Pero también conservo el recuerdo de otros noviembres lejanos. Tan lejanos como el lugar por el que ahora, desde hace apenas dos horas, transita.

Nos quedó un café pendiente y una charla en torno al viejo patio con suelo de cemento y carbureros colgados en sus desniveladas paredes encaladas.

Sí, hoy es un sábado muy triste. A través de los auriculares escucho la voz subtitulada de otra despedida que poco me afecta.

Es un sábado de noviembre que me incita al poema, al verso triste de una nueva elegía.


Apuntes de un mes de noviembre que quedaron traspapelados por algún lugar

Fotografía: IME



miércoles, 27 de noviembre de 2019

Violencia






Durante esta semana se han realizado distintas actividades dirigidas a plantar batalla a la Violencia de Género. A pesar de los obstáculos encontrados en algunas ciudades españolas nada ha parado a las mujeres, nada las ha hecho callar, nada ni nadie las -nos- callará. 

Desde el grupo Tertulia Poética Puerto quisimos unir nuestras voces al grito de «Ni una menos». Lo hicimos como mejor sabemos hacerlo: a través de la poesía. Sacamos nuestra indignación a la calle, invitamos a las amigas a las lecturas, se proyectó poesía visual aportada por Analía, se escenificó un soliloquio, también de su autoría, que la amiga Ángela representó de forma magistral. Y, cómo no, se leyó la rabia y hasta la esperanza. Sí, esperanza por que llegue el día en que estos actos no sean necesarios. 

De Fragua y Yunque no ha querido quedarse al margen de estas actividades. Porque son actividades que denuncian la violencia, ya no solo la que se ejerce directamente contra las mujeres por ser eso, mujeres sin la fuerza bruta suficiente que les permita defenderse de sus asesinos, sino que para imprimirles más dolor, otra violencia, la llamada «vicaria» ha venido a sumarse a la ya sufrida. A esa violencia alude el poema que a continuación trascribo:


¿Hay dolor más grande que el de la muerte
que nos golpea a destiempo?
Sí…
Aquel que llega en pequeñas dosis
El que se instala por acumulación
y permanece en silencio

Esa clase de dolor precisa su neceser:
Mucha base de maquillaje,
el corrector de ojeras,
sombra oscura sobe los párpados,
colorete,
carmín para los labios
y… sobre todo,
gafas de sol muy grandes,
tan grandes que cubran hasta casi los pómulos.
Y no desembarazarse de ellas
aunque caiga una lluvia torrencial
y el sol se esconda a llorar el drama.

Pero aún hay otro peor:
Uno más grande, profundo e insoportable
que no te deja morir
que te mantiene atada a la vida sucia
ruin y cruel:
Es aquel en que tu asesino se divierte mientras te contempla
cuando lo ves descargar la hoja afilada
sobre la piel delicada
sensible
y amada
de los hijos que has parido.

Bien sabe el asesino que no habrá justicia
para su hazaña de macho.

Ahora te sabe vencida con ese dolor…
Un dolor más fuerte
que el dolor de tu propia muerte.




De: Las notas de Uba (En elaboración)
-El cartel es obra de «Mariachu», amiga y miembro del grupo Tertulia Poética Puerto-

lunes, 18 de noviembre de 2019

Ausencia




Como Carmen Martín Gaite,
yo también, un día,
           me soñé muerta.

Al despertar,
no me dolió tanto mi muerte
como la falta de comunicación con mi hijo
          constantemente a mi lado,
                   sin apenas presentirme.